“Hoy ha habido muy buenas ideas”, se felicita Dragana Jovanovic. Nos habla de los jóvenes que participan en uno de los talleres de creación de empresas: “Estamos ayudando a tres de ellos a diseñar una estrategia empresarial para sus proyectos: una explotación apícola, un taller mecánico y una carnicería”. Jovanovic es la directora de Prijatelji Srebrenice (Amigos de Srebrenica), una organización multiétnica financiada con fondos procedentes de los Países Bajos y que pretende convertir Srebrenica en una ciudad atractiva para los jóvenes. Cabe recordar que la ciudad bosnia, declarada zona de seguridad por las Naciones Unidas, estaba protegida por cascos azules holandeses cuando cayó en manos de los serbios el 11 de julio de 1995. La sede de la organización se encuentra en el centro, en lo que antes eran unos grandes almacenes. Antes de la restauración del edificio, la fachada, duramente castigada por los bombardeos, se había convertido en un emblema de la ciudad; el amarillo que luce en la actualidad alegra toda la plaza.

“En los últimos años se han restaurado muchos edificios, pero sigue habiendo viviendas vacías.” Según la directora, las causas del éxodo no son de índole étnica sino económica. En Srebrenica, cuya población asciende a 10.000 habitantes si sumamos la de los municipios cercanos, falta trabajo. El 60% de los vecinos son serbios, el resto son bosnios musulmanes.

Los que tienen más dificultades para encontrar trabajo son los jóvenes con escasa formación. La asociación organiza talleres para ayudarles en esta tarea; les enseñan, por ejemplo, a redactar cartas de presentación y a preparar un proyecto empresarial. De este modo pretenden también potenciar el desarrollo de la ciudad. “Una vez al año se habla de nuestra ciudad en todo el mundo, pero Srebrenica existe más allá del 11 de julio. Me gustaría que también nos prestaran atención el resto del año y por cosas positivas.”

El deseo de Jovanovic no lo comparte todo el mundo. Para muchos bosnios, Srebrenica es sinónimo de genocidio y el futuro de la ciudad se reduce a guardar el recuerdo de lo ocurrido. Tratar de ligar la localidad a otra cosa se suele considerar como una negación de los crímenes que cometieron los serbios.

Jovanovic cree en un futuro distinto, pero sin olvidar el pasado: “Debemos ser conscientes de lo que pasó para evitar que la historia se repita”. El pasado no es un tema tabú, pero suele tratarse sólo entre miembros de un mismo grupo: “Hablamos mucho de nuestro sufrimiento, pero no de lo que han sufrido los demás”.

Se lamenta de que la clase política no esté por la labor de tender lazos entre las distintas etnias. Algunos políticos serbios piden más autonomía para la República Serbia de Bosnia (una de las dos entidades políticas que conforman la República de Bosnia y Herzegovina), lo que irrita a los bosnios. Los serbios, por su parte, se ponen a la defensiva en cuanto algún político de Sarajevo sugiere la posibilidad de conceder un estatuto especial a Srebrenica. Para Jovanovic, este tipo de argumentos tiene especial calado en aquellas personas con peores expectativas económicas, de ahí que la asociación se esfuerce por solucionar los problemas primordiales: el paro y el bajo nivel de formación.

Como todos los años, Jovanovic ha asistido a la ceremonia de conmemoración de la masacre del 11 de julio de 1995, que siguió a la caída del enclave de Srebrenica y en la que fueron asesinados miles de musulmanes (hasta el momento, de los cerca de 8.000 cuerpos se han identificado 6.186). No lo ha hecho para demostrar que es una serbia “buena”, sino “porque es importante reconocer lo que ocurrió”, concluye.