Recuerdo una conferencia de prensa tras una de las cumbres de la UE, entrada la medianoche, en la que Javier Solana se sentaba adormecido junto a Angela Merkel. Cuando ésta le pasó el micrófono, no sabía qué pasaba y salió del paso con anécdotas. Y por fin ha decidido decir "ya es suficiente".

"Ha llegado la hora de decir adiós. Diez años son más que suficientes", declaró hace algunos días al periódico español ABC. Ha confirmado que no aspira a desempeñar un nuevo mandato. Oficialmente se marchará en octubre y todo el mundo se pregunta ya quién le sustituirá.

Para los diplomáticos, los periodistas o analistas especialistas en la Unión Europea, Solana es algo más que un español, ex-ministro de Asuntos Exteriores, Secretario general de la OTAN y coordinador de política exterior de la Unión. Solana se ha convertido en la encarnación de la función de supuesto jefe de una supuesta diplomacia.

"Supuesto" porque, en lo relativo a la política exterior, muchos aspectos siguen siendo "supuestos". Las supuestas embajadas, la supuesta unidad, la supuesta consistencia. La auténtica diplomacia se dirige desde las capitales de los Estados miembros de la UE, que mantienen celosamente su soberanía en este dominio.

En este mundo de supuesta diplomacia, Solana se ha manejado con cierta habilidad. Ha dejado una huella muy personal. Se ha convertido en el rostro y los oídos de la Unión e incluso en su negociador, tal y como se ha podido ver con el programa nuclear iraní. Ha sido un emisario infatigable. De los diez años de servicio, ha debido pasar cerca de dos subido a un avión. Extinguía los incendios en los Balcanes y en Oriente Próximo, mantenía la esperanza de que Europa se implicase en las regiones inestables del mundo.

Al hablar en nombre de la UE, debía desenvolverse con un mandato muy limitado. No podía hacer promesas ni hacer gran cosa. Tras él se encontraba una gran organización, aunque dividida, y en lo que respecta a la política exterior, atrincherada detrás de América. Además, sentía tras su espalda el aliento abrasador de las potencias europeas, como Francia, Alemania o Gran Bretaña, que no querían tener un competidor en Bruselas.

Por ello recordamos a Solana como un diplomático jovial, haciendo declaraciones de intenciones, huyendo a menudo de las preguntas y predicando fórmulas diplomáticas vacías. Y por ello no sorprende que sea el presidente Nicolas Sarkozy y no Solana quien ha llevado a buen término las negociaciones de paz entre Georgia y Rusia en 2008.

La debilidad de Solana no era propia, sino que se inscribía en su función de Alto representante de política exterior y de seguridad común. Solo este largo y tortuoso título hacía bostezar a los interlocutores extranjeros. La Unión ha tenido al Solana que quería. Y en todo este contexto, pienso que ha conseguido sobrepasar las modestas ambiciones de la Unión.

Poco importa quién será el sustituto: tanto si se trata de Carl Bildt, ministro sueco de Asuntos Exteriores, de Jaap de Hoop Scheffer, secretario general de la OTAN a punto de terminar su mandato, o de cualquier otro, ya que será más fuerte, al menos en teoría. Tras la entrada en vigor del tratado de Lisboa, el representante de política exterior de la UE será al mismo tiempo vicepresidente de la Comisión. Entonces se resolverá el problema de la superposición de las competencias entre la Comisión Europea y el Consejo Europeo, del que Solana ha sido secretario general.

El nuevo Solana dispondrá de una red de embajadas (denominadas actualmente "representaciones de la Comisión") y de centenares de diplomáticos. El único problema es que los Estados miembros no siempre están dispuestos a forjar una auténtica política extranjera común y a desprenderse de sus competencias en beneficio del jefe de la diplomacia europea.

Por lo tanto, el nuevo Solana deberá seguir fingiendo que significa y puede hacer más, aunque en realidad no sea el caso. O puede empezar a dar codazos a su alrededor, lo que le expondría al conflicto con París, Londres o Berlín.