El Mediterráneo ha vivido en el pasado numerosos periodos de guerra y de paz. El mundo latino podría enorgullecerse de haber logrado imponer en nuestras orillas un periodo de paz excepcional, la pax romana, sin duda la más larga de la historia del Mare Nostrum. Pero la cuenca mediterránea también ha sido testigo de incalculables conflictos entre diferentes Estados, naciones, ciudades, regiones y confesiones.

Por su parte, la historia contemporánea ha vivido una sucesión de fracturas que han desencadenado tensiones, incluso auténticas guerras: en el Magreb, en el Mashreq, en España, en Grecia, en Chipre, en los Balcanes, en la ex Yugoslavia, en Palestina y muchos otros lugares…

La imagen que transmite el Mediterráneo es desde hace tiempo inquietante. Su orilla septentrional sufre un retraso en comparación con el norte de Europa, al igual que sus orillas meridionales con respecto a las costas europeas. Tanto en el Norte como en el Sur, el conjunto de la cuenca mediterránea difícilmente se vincula con las regiones continentales.

Una Europa separada de la "cuna de Europa"

La Unión Europea se creó sin tener en cuenta las singularidades del Mediterráneo, como una Europa separada de la “cuna de Europa”. Como si una persona a la que se priva de su infancia o de su adolescencia pudiera desarrollarse con normalidad… Las explicaciones que se han dado, banales y repetitivas, no han sabido convencer a los que se les exponían. Los que las han propuesto quizás ni ellos mismos creían en ellas…

Los parámetros con los que el Norte de Europa contempla el presente y el futuro del Mediterráneo ya no concuerdan desde hace tiempo con los de Europa del Sur. Constituyen dos perspectivas muy distintas entre sí. Incluso antes de que estallara esta nueva guerra en el Magreb y en el Mashreq, las orillas del Mediterráneo no tenían nada en común, excepto sus insatisfacciones. Desde hace ya algún tiempo, nuestro querido mar se parece a una frontera marítima que se extiende desde el Levante hasta el Poniente y separa a Europa por un lado de África y de Asia Menor por otro.

En repetidas ocasiones, las decisiones referentes al destino del Mediterráneo se han tomado fuera de su territorio o sin tener en cuenta su opinión. Esta situación ha generado un cierto número de frustraciones y de fantasmas. Desde hace tiempo, las divergencias pesan más que los acuerdos. La figura de Sísifo, que volvió a aparecer en el siglo XX, quizás sea la única gran metáfora mitológica que aún define nuestra época.

Una tierra que ha sufrido sus propias mitologías

De vez en cuando, las conciencias mediterráneas se han preocupado y han intentado organizarse, intentando incluir a las orillas africanas en sus discusiones. A lo largo de los últimos decenios, las exigencias que han demostrado se han concretizado en numerosos planes y programas: las Cartas de Atenas, de Marsella y de Génova, Plan de Acción para el Mediterráneo (PAM) y el Plan Azul de Sofía-Antípolis que preveía el futuro del mar Mediterráneo “hasta el horizonte de 2025”, las Declaraciones deTúnezNápoles, Malta y Palma de Mallorca, y lasConferencias euro-mediterráneas de Barcelona, Malta y Palermo. Todos estos esfuerzos, generosos y loables en sus intenciones, fomentados o apoyados más de una vez por comisiones gubernamentales o instituciones internacionales, tan sólo han logrado resultados muy limitados.

Tanto en el litoral como en el interior, tenemos una costumbre persistente que nos lleva a percibir el Mediterráneo únicamente a partir de su pasado. "La tierra de los mitos" ha sufrido en gran medida sus propias mitologías, alimentadas después por otras culturas. ¿Para qué repetir, con resignación o exasperación, las agresiones que no dejan de sufrir las orillas de este mar? Mientras que la cuenca mediterránea es sacudida actualmente por una guerra cuyo desenlace es imprevisible, nada nos autoriza a acallar las consecuencias de estas agresiones: degradación del medio ambiente, contaminación, iniciativas [inmobiliarias] salvajes, movimientos demográficos mal controlados, corrupción, ausencia de orden y de disciplina, localismos, regionalismos y tantos otros “ismos”…

Sin embargo, el Mediterráneo no es el único responsable de esta situación. Sus tradiciones más nobles (las que conjugan el arte con el arte de vivir) en numerosas ocasiones se han opuesto, en vano, a esta corrupción. Los proyectos de la Conferencia de Barcelona, que ante todo impulsaba la idea de una “cooperación”, por desgracia fracasaron. La Europa continental, y Alemania en particular, acogieron con desprecio el intento del presidente Nicolas Sarkozy de crear una nueva "Unión para el Mediterráneo". Además, la propuesta francesa se realizó de forma apresurada.

El Mediterráneo no logra convertirse en un auténtico proyecto

Desde hace lustros, el Mediterráneo se presenta como algo que no se puede cambiar, sin que jamás logre convertirse en un auténtico proyecto. El miedo a la inmigración procedente de la orilla meridional no basta por sí solo para determinar las grandes líneas de una política sopesada. La costa meridional sigue manteniendo sus reservas, pues sigue recordando la experiencia del colonialismo. Desde siempre, las fronteras norte y sur del Mediterráneo han sido más importantes en los mapas de los estrategas que en los de los economistas.

Actualmente, sucede lo mismo con esta guerra que acaba de estallar en Libia. Lo único que esperamos es que pueda salvarse una parte de los “débiles y de los oprimidos” que se han sublevado contra la injusticia y la tiranía. Entonces quizás el destino del Mediterráneo salga cambiado de esta situación. Es lo que se merece el Mare Nostrum en todas sus orillas.