Estamos ante un dilema. Mientras Japón lucha por mantener a raya el desastre nuclear, el debate público sobre esta energía se limita a generalizaciones variadas. Y para simplificar las cosas, trae consigo acusaciones de insensibilidad. Tomemos como ejemplo la imprudencia de Spiegel al afirmar que “Fukushima está en todas partes”, y las teatrales muestras anti-nucleares que se produjeron durante la protesta espontánea en la Puerta de Brandeburgo, cuando las imágenes reales que llegaban de Japón eran más que suficientes.

Después se han extendido los debates con un tono sensacionalista entre los ciudadanos preocupados y las autoridades civiles sobre la exposición a la radiación local (en Alemania, a varios miles de kilómetros de Fukushima). Esto hizo que Klaus Hartung en el Tagesspiegel diagnosticara un cierto Angstlust entre los indignados, que no dejaban de dar vueltas al desastre. Los psicoanalistas denominan esto como una “obsesión con experiencias imaginadas de pérdidas”, que se recompensa con un tranquilizador paso hacia atrás, hacia un terreno seguro. La reacción de Angela Merkel de cerrar de inmediato las centrales nucleares en Alemania fue objeto de burlas y tachada de absurda, tanto en el país como en el extranjero.

Esta indignación con indignación, por llamarla de alguna forma, es en sí misma insensible. Porque desvía la atención de la amenaza de Tokio, que durará mucho tiempo. Y peor aún, se revela como un ataque maligno a los que se oponen a la energía nuclear porque no reparte al mismo tiempo críticas a los que están a favor de esta peligrosa tecnología.

Monbiot o el arte del autoengaño

Los dos términos alemanes, Angst y Lust, son también conocidos en el mundo anglosajón: el concepto de Angstlust también lo desarrolló el psicoanalista británico Michael Balint. A su vez, en el idioma inglés, en los últimos años se ha introducido la frase “dar la vuelta a la tortilla”. Se refiere a la técnica de dar la vuelta a un argumento rápidamente de forma que el oponente no se dé cuenta del ello. Y de repente, se encuentra en la parte perdedora. La mayoría de los seguidores de esta técnica ni siquiera son conscientes de lo que están haciendo. Sin duda se trata de una vuelta a la tortilla cuando, entre todas las personas, los oponentes de la energía nuclear son acusados de insensibilidad ante el destino humano y de disfrutar con el Apocalipsis del que están advirtiendo.

Para acabar con el motivo del malestar lo antes posible, lo primero que hay que hacer es reducir al silencio a los agoreros. Después de todo, llevan décadas repitiéndose, con una nota de desesperación en sus voces, un círculo vicioso. Francamente, ¿quién quiere estar en contra de la energía nuclear? Solo alguien a quien le guste sacarnos de quicio. La mayoría de las veces están en contra de la fusión nuclear y además lloran por la muerte de los pájaros bajo los aerogeneradores. En comparación con esto, la cómoda postura de no estar en contra de la energía nuclear parece tranquila e incluso sexy.

El periodista británico George Monbiot consiguió llegar al súmmum en el arte del autoengaño, al escribir un texto bastante predecible para el Guardian en Londres, con el título: Con Fukushima dejé de preocuparme y empezó a gustarme lo nuclear. Su razonamiento es sencillo: “Una planta antigua y con medidas de seguridad inadecuadas se ha visto afectada por un terremoto monstruoso y un gran tsunami. Falló el suministro eléctrico y el sistema de refrigeración quedó dañado. Los reactores comenzaron a explotar y a fusionarse. El desastre reveló una conocida herencia de diseño precario e imperfecto. Aún así, por lo que sabemos, nadie ha recibido aún una dosis letal de radiación”.

La radioactividad es una asesina insidiosa

Qué cínico. Monbiot escribía esto mientras los bomberos arriesgaban su salud y posiblemente sus vidas para proteger a Tokio. Escribía esto mientras la central nuclear emitía radiaciones con niveles cada vez más altos y sin perspectivas de poder poner fin a las fugas. Escribía esto mientras la gente de Fukushima veía desde los alberges de emergencia cómo sus vidas se habían destruido, posiblemente durante generaciones, mientras se prohibía dar de beber agua del grifo a los bebés en Tokio. Mientras, la amenaza del plutonio en el reactor número tres sigue sin estar bajo control. Sí, espero que el reactor pueda soportar miles de toneladas más de agua marina, si es necesario, aunque ésta vuelva a fluir hasta el mar contaminado. Porque aún no sabemos hasta qué punto que puede empeorar la situación.

La radioactividad, algo que no tiene nada de bonito, es una asesina insidiosa. Por este motivo, los japoneses a los que entrevistan en las calles las cadenas de televisión expresan sus miedos, perdón, sus preocupaciones. Por cierto, primero te hace enfermar. Y cuando digo esto, no estoy sufriendo un ataque de ansiedad, de Angstlust. Al contrario, llevo décadas preguntándome qué es lo que empuja a los apaciguadores a tirarse flores mientras montan la pasarela hacia el Arca de Noé. ¿Es el anhelo del Apocalipsis, el deseo del abismo ahora que se encuentran de nuevo a salvo?

Sí, Alemania es un país con ventajas y desventajas y los motivos de Angela Merkel [desconectar los reactores de Alemania] son transparentes. Pero el próximo accidente será totalmente distinto. Así que es algo positivo que unas cuantas centrales nucleares se desactiven. Sólo podemos esperar que se cuiden bien mientras se enfrían. Porque es algo que lleva mucho tiempo.