En su obra de referencia, “The Collapse of Complex Societies” [El colapso de las sociedades complejas], el antropólogo Joseph A. Tainter desarrolla un modelo global que permite explicar la desaparición de las civilizaciones. La tesis sostenida por Tainter mantiene que la energía juega todavía un papel decisivo en el declive de las mismas.

En el siglo II, la agricultura romana no estaba en condiciones de satisfacer las necesidades de una población en crecimiento, y las tentativas de resolver el problema a través de campañas de expansión cada vez más crueles acabaron por abandonarse totalmente debido a sus altos costes logísticos.

Las riquezas energéticas no son una señal, sino la esencia misma de las sociedades complejas. Las mercancías están sometidas a un vaivén constante. Las personas deben tener acceso a la luz, a la energía, a productos alimenticios, a los sistemas de información. Incluso volviéndose más económica y eficiente, una sociedad moderna y globalizada será siempre necesariamente devoradora de energía.

Todo lo que el petróleo nos permite conseguir

El petróleo concentra una enorme cantidad de la energía, acumulada y comprimida durante millones de años, que proviene del suelo y de las plantas. La energía cinética de un barril de petróleo –159 litros – equivale a 3.625 horas de agotador trabajo físico. Nuestra vida moderna se sustenta sobre esta reserva fósil –la que nos permite ir al cine, de vacaciones o realizar mil cosas que no son obligatorias, pero que deseamos hacer. La energía nuclear multiplica esta eficiencia por cien. ¿Cómo podemos privarnos de este efecto multiplicador?

El aprovisionamiento energético no se resume únicamente a cuestiones relacionadas con las materias primas, sino que es también, y sobre todo, un asunto vinculado al concepto energético. Nuestro sistema energético se sustenta en redes de distribución centralizadas. Las refinerías, las centrales eléctricas, los conductos, las estaciones de servicio – en las que inyectamos cientos de miles de millones. Nada mejor que una central nuclear para simbolizar esta organización centralizada.

Para alimentar una sociedad compleja en energía que proviene de la biomasa, del agua, del viento, de las mareas, es necesario sustituir este sistema piramidal de “red verde” altamente sofisticado que se apoya en una producción y un consumo energético según demanda.Los esquemas de movilidad se verían modificados. Retornaríamos a un modelo de producción regional. El hábitat en sí mismo cambiaría – las casas se transformarían en micro-centrales. Todo ello constituiría un plan de impulso "verde" de gran envergadura. La catástrofe 'a medias' de Fukushima no supondrá un gran cambio energético a escala mundial. De hecho, los hombres y las culturas evalúan los riesgos de formas muy diferentes, y, hoy en día, los caminos tomados divergen.

Hacia la mejora de las tecnología nucleares

Alemania y otros países escogerán la vía laboriosa pero respetable del "modelo verde alemán". Otros jugarán decididamente la baza nuclear, y mejorarán de esta manera la tecnología. La evolución tecnológica es siempre el resultado de fiascos y catástrofes. Si los aviones son tan fiables hoy en día, se debe a que en sus inicios la aviación fue especialmente mortífera. En 1970, únicamente en las carreteras de la República Federal de Alemania, el automóvil fue la causa de la muerte de 21.000 personas.

Desde ahora y hasta 2030, las necesidades energéticas mundiales aumentarán un 40%. Algunos países se convertirán en los defensores de las tecnologías verdes, y puede que liderando este grupo se encuentre Alemania. Sin embargo, la proporción de la energía nuclear –actualmente alrededor del 18% – en la producción energética global apenas se verá modificada.

Los sucesos acaecidos en Fukushima van a hacer que la energía nuclear sea más segura –puede que incluso sea posible evitar la fusión del núcleo del reactor. A partir de ahora, algunos procesos que permiten reducir sensiblemente la cantidad de desechos radioactivos se plantean como casi operativos.

El mundo nunca ha sido tan seguro

El riesgo no podrá eliminarse nunca totalmente, sino que se reducirá progresivamente. En 1986, el sociólogo Ulrich Beck publicó “La sociedad del riesgo”[ed. Siglo XXI] – una de esas tesis agradables que proporcionan una explicación global y definitiva del mundo. La era moderna, según la tesis principal, aumentaría sensiblemente los riesgos mortales para el individuo. ¡Tonterías! Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más altos eran los riesgos. En las sociedades cazadoras-recolectoras, hasta un 50% de los hombres eran asesinados por sus congéneres. En la era de la agricultura, nuestros ancestros morían de gripe, de peste y por las guerras.

En el último siglo, dos guerras atroces han segado vidas. ¿La sociedad del riesgo? El mundo nunca ha sido tan seguro. Puede, sin embargo, que nosotros seamos incapaces de reconocerlo. Odo Marquard ha bautizado finalmente este fenómeno como la "tesis del mal que permanece": "Cuanto más se difuminan las desgracias del mundo, se juzgan como más graves – precisamente porque desaparecen. En la medida en que se tornan más raros, los males se vuelven más preciados".

Para el mundo y su futuro, la creación de un escenario energético doble no es necesariamente algo negativo. La oposición entre la "red verde" y el panorama "nuclear nuevo" genera una competencia beneficiosa que a largo plazo confirmará la buena salud de nuestra civilización. A partir de 2030, los dos modelos convergirán. Asistiremos entonces al nacimiento de una civilización más limpia, más segura, altamente energética y más verde. Quizá sea esto lo que más dudas nos suscite. ¿Que será entonces de nuestros deseos de decadencia?