El pasado 4 de abril, la radio pública sueca anunció que los holandeses quieren endurecer las condiciones de entrada de los solicitantes de asilo en la Unión Europea. El Gobierno de La Haya opina que un refugiado debe poder demostrar que no tiene la posibilidad de ponerse a salvo en otra región de su país de origen.Pero esta propuesta es absurda.

En la mayoría de las ocasiones, las personas que huyen de persecuciones no tienen ni el tiempo ni la posibilidad de analizar la situación en todo el país antes de marcharse. La obligación de presentar este tipo de pruebas parece contraria a los principios fundamentales del derecho de asilo. Por eso hay que celebrar que Cecilia Malmström, la comisaria europea de Interior, haya desaprobado rotundamente esta idea descabellada.

La petición de los holandeses demuestra que la atmósfera de las negociaciones sobre la política de asilo de la Unión Europea está muy cargada. El año próximo, la Unión sustituirá las prescripciones mínimas en vigor en sus distintos países miembros por un arsenal legislativo común y apremiante. En cualquier caso, esto es lo que se prevé.

Son necesarias ciertas reglas comunes

Hasta ahora se ha hablado relativamente poco de estas negociaciones en el debate público. Pero entre bastidores, los ánimos se caldean. La futura política de asilo inspira sentimientos contradictorios y exacerbados en toda Europa. En los países miembros cuyos partidos xenófobos han llegado a imponer sus consignas, el tema está a rojo vivo en el debate político.

Por lo tanto, no cabe ninguna duda de que la creación de una política de asilo común implica riesgos. El riesgo es que los países favorables a una mayor flexibilidad de las reglas no se vean eclipsados por los partidarios de la línea dura. Aunque —y es lo que se espera— también pueda ocurrir lo contrario.

Sería positivo, por varias razones, que los países miembros de la UE tuviesen unas reglas comunes en materia de asilo.Los Estados miembros poseen fronteras comunes con el resto del mundo, y las personas autorizadas a permanecer en la UE disfrutan de la libertad de circulación. Por lo tanto, todos los países se encuentran influenciados por la concepción que tienen los demás países miembros de la política de asilo e inmigración. Por ello también sería lógico y estaría justificado el hecho de disponer de ciertas reglas comunes.

Los países europeos tienen poca prisa en ofrecer su cooperación

La cuestión es cómo conseguirlo. El riesgo no solo radica en que países miembros como los Países Bajos deseen reforzar aún más los obstáculos a las fronteras endureciendo las condiciones de entrada para los solicitantes de asilo. Los campos de refugiados sobrepoblados de África del Norte también son la prueba de que a la UE todavía le queda un largo camino en materia de asilo.

Por ejemplo, las autoridades tunecinas han dado cobijo a un total de 220.000 refugiados. Sin embargo, gran parte de ellos no necesitaban protección. Estaban en Libia para trabajar y deseaban ante todo volver a casa. Así, unas 100.000 personas se han beneficiado de una ayuda —especialmente europea— para volver a sus países. Pero todavía hay miles de refugiados bloqueados en los campos tunecinos. Se trata, por ejemplo, de somalíes o eritreos que corren el riesgo de ser perseguidos en sus países de origen y que, en consecuencia, deberían beneficiarse del derecho de asilo.

En teoría, la Unión Europea ya ha aceptado concederles protección. Pero hasta hoy, solo seis Estados miembros, entre ellos Suecia, se han ofrecido a acoger a algunos cientos de estos refugiados. La poca prisa de los países europeos para ofrecer su cooperación hace también augurar la futura dificultad en las negociaciones sobre la política de asilo en el seno de la UE, ya que muchos de estos países prefieren velar solo por sus intereses.