Abderramán Dahmane, ex consejero sobre diversidad del presidente Sarkozy, ha declarado que el islam en Francia se ha convertido en “objeto de estigmatización” y, para expresar su protesta, ha comenzado a distribuir insignias con una estrella verde entre los creyentes de su religión, como una reminiscencia de los distintivos que obligaron a llevar a los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial.

La campaña de la estrella verde no es tanto una prueba de la estupidez de su creador, sino de su total insolencia, sobre todo porque son más bien los nativos franceses los que pueden sentirse inquietos en ciertos distritos de sus ciudades al enfrentarse a bandas de jóvenes argelinos y marroquíes.

Y las reivindicaciones de la “estigmatización” del islam suenan grotescas cuando vemos cómo se ridiculiza a los católicos a lo largo del Sena y en muchos otros países de Europa Occidental. No fue en la Gran Mezquita de París, sino en la Catedral de Notre Dame, donde un grupo de activistas gays organizaron una “ceremonia de boda” homosexual hace seis años, durante la cual se oyeron palabras ofensivas hacia el Papa Benedicto XVI.

Un debate sobre el futuro del islam en Europa

Es cierto que el debate sobre la secularidad se centra en el islam. Pero también se trata de un debate sobre el futuro del islam por toda Europa. El partido de Sarkozy reflexiona sobre asuntos concretos que también afectan a Italia, Países Bajos y Suecia. ¿Cómo tratar con los musulmanes que organizan oraciones masivas en las calles de las ciudades? ¿Deben incorporarse los alimentos halal en los comedores escolares? ¿Cómo actuar ante el problema de los estudiantes del Norte de África que protestan contra las lecciones sobre el Holocausto, al considerarlo un disparate inventado por los sionistas? ¿Las piscinas públicas deben reservar horarios distintos para las chicas musulmanas?

Para la izquierda europea, cualquier discusión sobre estos asuntos es una expresión de racismo, para los musulmanes radicales, de estigmatización. Pero si no se discuten estos temas, el resultado está claro: en unos doce años, la mayoría de países del Viejo Continente estarán gobernados por los clones de Marine Le Pen y de Geert Wilders.