Bucarest se ha ganado sin quererlo la fama de una ciudad no querida por sus habitantes. Pero ¿cómo se puede amar a una ciudad? Y ¿se puede amar a Bucarest hoy, con su rostro magullado por veinte años de urbanismo totalitario y de especulación inmobiliaria? El primer paso que habría que dar consistiría en intentar comprender a qué representación remiten la nostalgia y la languidez que nos atrapan ante las fotos del "Pequeño París". La respuesta más cómoda sería evocar el romanticismo intrínseco que sugiere la imagen sepia de un Bucarest pasado. También nos seduce la escala humana de la ciudad de entreguerras. Desde el detalle del adoquín de la calzada a la virtuosidad de las rejas de hierro forjado, pasando por la estética de la iluminación urbana, la ciudad rebosa "sensatez" arquitectónica.

Los edificios contribuyen con sus fachadas sin duda "preciosas", pero que no los recargan con decoraciones excesivas ni por su tamaño. Incluso el Palacio Real o el Ateneo Rumano [la principal sala de conciertos de la capital] se han construido a escala humana. Me atrevo a afirmar que el encanto del "Pequeño París" no estriba únicamente en la influencia de la arquitectura francesa de finales del siglo XIX, sino también en su dimensión humana y cálida, que contrasta con la opulencia del "París Grandioso" haussmanniano, que intimida a los visitantes por la monumentalidad de los edificios y la anchura de los bulevares. Si logramos comprender el valor cualitativo del término "pequeño", podremos identificar con más facilidad los errores que hemos cometido desde hace 50 años.

Una gran capital europea "en pequeño"

¿Se puede construir una gran capital europea pensando en "pequeño"? A la sociedad rumana parece que le cuesta aceptar este concepto, aunque sea el modelo europeo actual más significativo. Seguimos siendo (¿reminiscencias comunistas?) esclavos de "lo más grandioso": el edificio más grande [el Palacio del Pueblo], la catedral más grande, el puente suspendido más grande [estas dos construcciones se encuentran en construcción]. Pero en el vocabulario del urbanismo moderno, lo "pequeño" se traduce en un diseño cercano al hombre, en una funcionalidad integrada en lo emocional, como lo que se hacía en el periodo de entreguerras, en la época en la que el "Pequeño París" estaba en pleno auge.

¿Estamos aún a tiempo de dar marcha atrás? Por supuesto, pero con los instrumentos de 2011. No se trata de copiar la ciudad de antaño, pues no sería posible, sino que debemos empezar reconsiderando la importancia del patrimonio que aún amamos. Así podríamos volver a descubrir lo que aún tiene valor en el Bucarest actual. El trazado de las calles de la ciudad de entreguerras, que se ha extendido orgánicamente, es uno de los elementos fundamentales para volver a recuperar la memoria cultural. Los "incidentes" en esta trama orgánica, generados por los nuevos bulevares, la ampliación de las calles o el exceso de demoliciones, se deben volver a "acomodar" con ayuda de las herramientas innovadoras del diseño urbano. Los bulevares ya no nos atraen por el tráfico, pero nos gustan las calles pequeñas, sobre todo el fin de semana.

Ejemplos preciosos de arquitectura a escala humana

El eclecticismo de la ciudad impone lugares con una identidad y funciones bien definidas. Funciones resultantes de la tradición aceptada por los habitantes y no de decisiones políticas circunstanciales tomadas por un oportunismo festivo. La restauración de la red urbana según los principios modernos, mediante los que los peatones, los ciclistas y los transportes públicos tengan prioridad sobre los vehículos, implicará una asombrosa efervescencia económica y cultural.

Aún existen en Bucarest ejemplos preciosos de una arquitectura a escala humana. Basta con observarlos de otro modo. El Triángulo de los Museos (Antipa, el museo de historia natural, el Museo del Campesino Rumano y el Museo Geológico) es un ejemplo de intervención inteligente, que puede transformar tres lugares en un nuevo espacio público con un gran valor añadido. Lo mismo ocurre con el redescubrimiento de la calle Griviţei y de la conexión entre la Estación del Norte y la calle Victoriei.

El mercado de las flores, así como los almacenes Vama y la fábrica Bragadiru, esperan a que se vuelvan a descubrir e integrar en el cuerpo de la ciudad. El Parque Carol, con sus edificios únicos de arquitectura industrial, la Central Eléctrica y la estación Filaret, la Fábrica de Cerillas (edificios que han conservado el recuerdo de la exposición internacional de 1906), el circo romano y el Observatorio Astronómico, el Palacio de la Metrópolis (que, en 2010, estimó pertinente rodearse de muros y de barreras de acceso)... Todos estos lugares son guardianes de la energía vital de nuestra redención urbana. O en términos más sencillos, lugares que amar.