Esta constitución es fruto de un poder que posee legalmente el poder: el de la dictadura de una mayoría parlamentaria [el Fidesz, partido del primer ministro Viktor Orbán, ocupa dos tercios de los escaños en el Parlamento]. Sin embargo, es tan anacrónica que debemos remontarnos a las ideas de Tocqueville, un pensador del siglo XIX, para darnos cuenta de que la dictadura de la mayoría es un peligro vivo para la comunidad.

Esta mayoría confunde los términos "pueblo" y "nación" y los sacrifica en aras de la lucha de poderes. Cuando lo juzga oportuno, sitúa al Pueblo (es decir, a la nación en el sentido del siglo XIX) ante el Estado, se remite a él y construye un Estado sólido que no puede sino hacer bien al pueblo, a la nación ("a las personas"). Imagina el Estado (el Interés de todos) como una construcción que se puede imponer desde lo alto a la comunidad de los ciudadanos. Deja a un lado las tradiciones europeas y crea las condiciones de una política autoritaria.

Según las tradiciones europeas, la Constitución es el marco definido por la comunidad de ciudadanos para que sea el principio de la vida en común. Puesto que no vivimos en una época revolucionaria, este marco no puede definirlo una mayoría parlamentaria, ya que lo característico de la democracia es que la mayoría parlamentaria cambie, mientras que lo propio de la Constitución es que sea permanente y vele por los intereses de toda la comunidad, independientemente de las fluctuaciones políticas. Los países prudentes confían esta labor jurídica a los diputados procedentes de diferentes tendencias y no la someten a un referéndum cuya validez es discutible.

Nacionalismo monocolor frente a patriotismo multicolor

La nueva Constitución no es la Constitución de los ciudadanos. Ésta sería, según Hobbes y Locke, el consenso de una comunidad basada en la libre voluntad de los ciudadanos y en la que se basa su vida común. Se ha reprochado a Hobbes y a Locke que una comunidad organizada según estos principios no sería sostenible, ya que el contrato social también debe incluir la herencia cultural propia de la comunidad.

Los redactores de la nueva Constitución eran conscientes de ello y su responsabilidad es aún mayor en este sentido, cuando definen el espacio cultural en el que deben (deberían) vivir los ciudadanos húngaros. Este espacio es fruto de la victoria de la actual mayoría dominante en una lucha cultural, como si pudiera salir un vencedor en esta Kulturkampf. Se intenta insuflar un soplo de aire nuevo a una serie de principios que, en el siglo XIX, desempeñaron una función revolucionaria pero que actualmente tan sólo son eslóganes populistas.

Los símbolos de antaño ya no son más que alegorías. Intentan imponernos un nacionalismo monocolor que hace referencia a la corona de San Esteban [el fundador del reino de Hungría a finales del siglo X] en lugar de un patriotismo multicolor, aunque Hungría forme parte de la comunidad europea, cuyos Estados naciones han dado paso a los Estados culturales.Recordemos a San Agustín y una de las ideas fundamentales de su De civitate Dei [La ciudad de Dios]: "Las constituciones y las leyes escritas no confieren ninguna obligación moral si no son la expresión de una constitución grabada en la mente de los ciudadanos. Ante la ausencia de este apoyo moral, la fuerza del Estado puede constituir una gran amenaza".

La gran mayoría de los húngaros aún observa con indiferencia la nueva Constitución. Esta mayoría empezará a protestar cuando, según el Credo patriótico [inscrito en el preámbulo de esta nueva Constitución], veamos nacer las leyes en cuyo espíritu deberán vivir los ciudadanos. Será una vida incómoda y no será del agrado de nadie. Y cuando la comunidad busque marcos legales para expresar su descontento y no los encuentre, echará de menos la constitución abandonada de la Tercera República. Será el descenso a los infiernos de la nación.