En ocasiones, el azar juega bien su papel. El hombre que encarnó el yihadismo internacional muere en el momento en que la "primavera árabe" acaba de asestar un duro golpe a este fantasma totalitario. Desde que los pueblos árabes se rebelan en nombre de la democracia y no en el del islamismo ni a favor del regreso del califato preconizado por Al Qaeda, Osama bin Laden era un moribundo, políticamente hablando.

La noche del uno de mayo, el presidente Barack Obama anunció la que es casi la segunda muerte del fundador de Al Qaeda, e indicó que un comando estadounidense había matado a Bin Laden en Pakistán.

El primer aviso de la muerte, política en este caso, del disidente saudí, se podía leer en los eslóganes de los manifestantes en Túnez y El Cairo. Allí se traslucía algo diferente de la ira contra Occidente, "los cruzados y los judíos", o del odio hacia América, los gritos de adhesión de Bin Laden, era el deseo de libertad y de democracia, dos "valores" aborrecidos por el líder yihadista.

En el mundo árabe, al menos, Bin Laden había perdido la batalla: la revuelta en curso no abrazaba el islamismo, esta ilusión mortal a la que aspiraba el jefe de Al Qaeda, para quien el regreso al califato y a los orígenes del Islam era la respuesta a todos los problemas de los países musulmanes – es decir, a los del mundo entero.

Bin Laden muere en el momento en que la capacidad de movilización y de entrenamiento del islamismo está en declive. Esto no quiere decir que no habrá más atentados. Ni tampoco que Al Qaeda y sus filiales en el Magreb y en el Sahel dejarán de actuar. Siempre habrá grupos que se adscriban a esa marca para matar y secuestrar, aquí y allá. Marruecos acaba de servir de ejemplo.

Este culto a la violencia más ciega no es el único legado que deja Bin Laden tras de sí. El hombre que ha desaparecido ha marcado – para lo peor – este arranque del siglo XXI. Osama bin Laden, hijo de una rica familia saudí y que se adiestró al principio en la lucha contra los soviéticos en Afganistán, ha configurado el paisaje estratégico en que vivimos.

Por creer que era su deber responder con la guerra a los atentados del 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos están todavía inmersos en dos conflictos: en Irak y, sobre todo, en Afganistán. Estas aventuras les han agotado militarmente, presupuestariamente; han empañado a largo plazo su imagen en el mundo árabe-musulmán.

Obama va a poder sacar provecho para Estados Unidos de la eliminación de Bin Laden; no obstante, no están por ello menos enrocados en el embrollo afgano. Todavía queda legado: Al Qaeda ha demostrado que un pequeño grupo podía perpetrar un crimen masivo. Si Bin Laden hubiese dispuesto de un arma química o biológica y hubiera podido matar no a 3.000 sino a 3 millones de personas en Nueva York, lo habría hecho.

Esta perspectiva hizo que la lucha contra el terrorismo se convirtiese en la prioridad absoluta. Y, en su nombre, la obsesión por la seguridad ha conducido a limitar las libertades públicas en América, en Europa y en otros lugares. No todo se ha acabado con Bin Laden.