Como norma general, los sindicatos comunistas, los desfiles en los que se mostraban retratos del Che Guevara y los eslóganes socialistas no se asocian a la derecha. En Portugal, sin embargo, éste es el caso en los últimos días. Cuando se les pregunta sobre las causas de los desengaños financieros de Portugal, los camaradas lisboetas de la confederación sindical obrera CGTP y los diputados conservadores proporcionan la misma respuesta: el euro es la causa de todos los males.

Antes de la introducción de la moneda única, en 2002, el país podía superar sus malas etapas financieras devaluando el escudo. La devaluación permitía bajar el precio de una parte de los servicios de la deuda y mejorar la competitividad del país hacia el exterior al proporcionar al mercado productos a precios reducidos.

Esta época ya es pasado, y la situación de Portugal hace aflorar al fin la cuestión crucial: ¿Puede una moneda única funcionar en una comunidad tan heterogénea en el plano económico? En Grecia, se afirmó que las manipulaciones presupuestarias fueron las responsables de la debacle. En Irlanda, los bancos son señalados con el dedo.

Fados dedicados al escudo

En Portugal, no se ha recurrido a ninguna de estas evasivas. Los ciudadanos, el Estado y los bancos se endeudaron en exceso con relación a sus resultados económicos. Tras diez años, el país apenas ha registrado crecimiento alguno. El euro ha aportado tasas de interés bajas, lo que ha conducido a la expansión del crédito, y al consiguiente plan de salvamento de hoy en día. Si se observa bajo este prisma, los portugueses van a dedicarle todavía muchos fados a su querido escudo.

Las elites políticas, no obstante, se aferran todavía al euro. El problema de fondo reside en los desequilibrios económicos y sociales. Los países ricos industrializados, como Alemania o Austria, se encuentran en situación de competencia en las mismas condiciones de mercado con los países que exportan poco, como Portugal y Grecia. Hasta el momento, esto no se ha llevado bien. Si queremos que esto cambie, hace falta cambiar de enfoque.

En primer lugar, los programas de austeridad impuestos por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional deben modificarse. Las medidas puestas en marcha en Grecia e Irlanda no han hecho sino agrandar las diferencias, al hacer caer en recesión a los dos países donde hubiese sido necesario generar crecimiento. En Portugal, una primera rectificación ha tenido lugar, gracias a condiciones más indulgentes. Sin embargo, el país no podrá reconstruir su economía a golpe de recortes presupuestarios y con una presión fiscal en aumento. Una recesión se perfila en el horizonte.

El pacto de competitividad es evasivo y unilateral

No bastará con medidas a corto plazo. Por el momento, la política del Banco Central Europeo (BCE) se ha reducido – conforme a su misión – al control de la inflación. Los efectos al respecto han sido limitados. Únicamente un error de vigilancia ha permitido la explosión del crédito que ha sido fatal en España y Portugal. Propuestas como las del economista estadounidense Roman Frydman, que reclama una injerencia más firme del BCE para frenar la concesión de créditos en periodos de expansión, han sido descartadas por el momento.

En efecto, estas cuestiones serán tratadas dentro del marco del nuevo pacto de competitividad de la UE. Pero el mencionado pacto es demasiado evasivo y unilateral. Penaliza a los Estados muy deficitarios al impulsar a los países con excedentes por las exportaciones, como Alemania, a hacerlo mejor – a estimular su demanda interior, por ejemplo.La buena noticia es que no faltan ideas en la buena dirección. La mala, que Europa parece seguir actualmente una orientación bien distinta, tal y como lo demuestra el éxito electoral de los “Verdaderos Finlandeses”.