Un creciente número de investigadores considera que Waterloo fue un hito determinante para Europa. La canción, no la batalla.Este éxito resonó en el mundo entero y con él, el grupo sueco ABBA ganó en 1974 el Festival de Eurovisión, un concurso de canciones que dio a conocer al gran público a Olivia Newton-John, Julio Iglesias, Céline Dion y la canción 'Nel blu dipinto di blu'.Todos los años en el mes de mayo, unos cuarenta países, desde Islandia a Azerbaiyán, envían a un grupo para que les represente en el Festival, cuya primera edición se remonta a 1956. Actualmente, ven en directo este evento más de 125 millones de personas, que pueden votar su canción favorita por teléfono.

Los árbitros del buen gusto se avergüenzan del Festival. Eurovisión es objeto habitual de críticas feroces: los calificativos que se le atribuyen van desde “chapuza de pop idiota y banal” a “mal gusto en estado puro”. El 1998, el ganador fue un transexual israelí llamado Dana International con una canción titulada Diva; en 2006, fue Lordi, un grupo de heavy metal finlandés cuyos miembros iban disfrazados de monstruos, con el tema Hard Rock Hallelujah; en 2008, el representante de Irlanda era una marioneta que representaba un pavo.

Para el bloque del Este es un signo de integración

Sin embargo, desde hace algún tiempo, una nueva corriente de investigación universitaria considera que 125 millones de fans no pueden estar totalmente equivocados. En lugar de concentrarse en las cualidades musicales de Eurovisión, estos investigadores estudian cuestiones como “el concepto de comunidad europea”, las victorias de las “naciones culturalmente periféricas” y el refuerzo de la “identidad paneuropea” mediante la prohibición de votar a su propio país.

Terry Wogan, que ha retransmitido los Festivales de Eurovisión en Gran Bretaña durante treinta y siete años, es uno de los escépticos. “Es un concurso de canciones”, declaró en 2009 a la Unión Europea de Radiotelevisión (UER), que organiza el evento. El objetivo no es que cada país “afirme su lugar dentro de la comunidad [europea]."

Desde hace unos años, decenas de investigadores procedentes de todos los lugares, desde la Universidad de Georgetown hasta el campus de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi, se dedican a analizar Eurovisión, organizan coloquios y escriben publicaciones académicas en revistas científicas que van desde el European Journal of Political Economy al Journal of Queer Studies in Finland.Para unir a estos eurovisionarios, Karen Fricker, una estadounidense que imparte clases de teatro en la Universidad de Londres y gran especialista en Eurovisión junto a Milija Gluhovic, profesora de teatro en la universidad británica de Warwick, crearon en 2009 la Red para la Investigación sobre Eurovisión, cuyo sitio web registra actualmente cerca de 900 miembros.

Objeto de estudio por parte de investigadores

Durante el Festival del año pasado, celebrado en Noruega, la red organizó en la Universidad de Oslo un seminario de un día titulado "Establecimiento del programa de investigación sobre Eurovisión". Una de las intervenciones exponía un estudio de caso sobre los candidatos presentados por los antiguos países del bloque del Este, donde el Festival se considera un signo de integración con Europa Occidental. Milija Gluhovic y Karen Fricker recibieron en julio de 2010 más de 50.000 dólares del Gobierno británico para organizar una serie de conferencias en 2011 sobre el tema “Eurovisión y la ‘nueva’ Europa”.

El primer taller, titulado “Márgenes europeos y modernidades múltiples”, se celebró el 18 de febrero cerca de Londres. En él se examinó “el binomio Este bárbaro-Oeste civilizado en la vida pública europea actual”, tal y como se explicaba en un folleto. El segundo taller, “Homosexualizar Europa”, se centrará en cuestiones de género y en el vínculo entre Eurovisión y la comunidad gay, en la que el Festival goza de gran popularidad.

El Festival se ideó en 1955 con el fin de establecer vínculos entre antiguos rivales gracias a una nueva tecnología. Los representantes de la UER de veintitrés países de Europa Occidental se reunieron en Mónaco y decidieron organizar un concurso internacional de canciones, un objetivo ambicioso en aquella época. La primera edición, que se celebró el siguiente año en Lugano, Suiza, tan sólo reunió a siete países.

Un "barómetro de las fronteras de Europa"

Hace diez años, dos universitarios estadounidenses volvieron a tratar la cuestión. Ivan Raykoff, profesor de arte en la New School de Nueva York, y Robert Tobin, profesor de lenguas y civilizaciones extranjeras en la Clark University de Worcester, en Massachusetts, estaban intrigados por la victoria de Dana International. Comenzaron a escribir artículos sobre Eurovisión y a hablar del Festival en conferencias internacionales, aunque el evento jamás se ha retransmitido en Estados Unidos. Con ocasión del cincuenta aniversario del Festival, hicieron en Internet un llamamiento a la investigación universitaria.“Recibimos una avalancha de artículos”, comenta Ivan Raykoff con una sonrisa. Con ellos se publicó el libro A Song for Europe [Una canción para Europa], publicado en 2007 y presentado como el “primer estudio universitario interdisciplinar” sobre Eurovisión.

Entre los autores se encuentran Lutgard Mutsaers, que explica que Países Bajos derribó las barreras raciales al presentar al primer candidato que no era blanco en 1964, y Alf Björnberg, que se interesó por los artistas que optaron por afirmar su pertenencia étnica. La obra contiene pocos artículos procedentes de países de Europa Occidental, donde comenzó Eurovisión y donde actualmente los intelectuales lo desprecian. Para Robert Tobin, Eurovisión es un “barómetro de las fronteras de Europa”, ya que es menos exclusivo que la UE o la OTAN. “Incluso los bielorrusos pueden decir que forman parte de una organización europea”, precisa.