El asunto de DSK no afecta únicamente a la vida privada de Dominique Strauss-Kahn. No podría ser únicamente un suceso sórdido: una personalidad acusada de agresión sexual, intento de violación y de secuestro; un hombre de 62 años acusado de haber forzado a una joven de 32 años en la suite de un hotel de lujo y que hoy tendrá que responder de sus actos ante el tribunal penal de Nueva York.

La estupefacción que parece haberse apoderado del país ante las imágenes de un Dominique Strauss-Kahn compareciendo ante el tribunal de Nueva York, entre delincuentes comunes y traficantes de droga también debe servirnos como brutal recordatorio de la realidad.

Sí, uno de los hombres más influyentes, más poderosos y más conocidos del planeta debe responder por su conducta como un ciudadano normal. Es una buena noticia, aunque nuestro país se haya acostumbrado a considerar, por puro cansancio y a veces sin razón, que la impunidad era un privilegio reservado a los poderosos.

Puede considerarse "una pesadilla" (Pierre Moscovici), "una crueldad" (Elisabeth Guigou), "una tragedia griega con tintes de serie estadounidense" (François Bayrou). Pero la violencia simbólica de esas imágenes de un DSK esposado y decaído no es sino el eco de la violencia psíquica tan real que constituye un intento de violación. Y la denuncia de la acusación, en su texto brutal, deja entrever lo que podría haber sido esta violencia. Sí, nadie duda de la presunción de inocencia del acusado. Pero también hay una mujer que es supuestamente víctima y nadie puede olvidarlo.

Seductor o predador sexual

El partido socialista, cuyos dirigentes se reúnen este martes en una junta extraordinaria, ya ha cometido dos graves errores de apreciación en cuanto al alcance y las consecuencias de este escándalo.

1.- El primer error procede del entorno más cercano de Dominique Strauss-Kahn. Consiste en una defensa ciega y sin distancias del inculpado, con el riesgo de agravar el mal. Relativizar la acusación, fomentar las teorías de complot, negar en bloque o afirmar sin meditar que hay "numerosas contradicciones en el caso", dando a entender que se caerá a pedazos no es precisamente la mejor estrategia para mostrar su apoyo a Dominique Strauss-Kahn.

Porque esta negación brutal, también alimentada por una imagen extraña que describe una vez más a un Dominique Strauss-Kahn como "seductor", " libertino", "amante de las mujeres", corre el riesgo de plantear preguntas terribles sobre los años pasados. Al jefe del FMI se le acusa hoy, según el vocabulario del crimen, de ser un "depredador sexual". Las personas más próximas le calificaban hasta ahora de "seductor". ¿Se trataba en este caso de un eufemismo para ocultar una realidad totalmente distinta? La pregunta es devastadora pero por desgracia no dejará de plantearse.

Ya es una realidad y más desde el domingo por la tarde, cuando la madre de Tristane Banon (que además es candidata socialista y amiga de la familia Strauss-Kahn) explicó haber disuadido a su hija, una periodista convertida en escritora, de denunciar a Dominique Strauss-Kahn por un intento de violación que se habría producido en 2002. Esta madre, Anne Mansouret, consejera general y regional socialista, afirma hoy arrepentirse de su actitud y añade a propósito de DSK: "Existe un auténtico problema: una adicción al sexo, al igual que otras personas tienen problemas con el alcohol, la droga o el juego". Algunos se indignan por el resurgir repentino de esta historia (Bernard-Henri Lévy, por ejemplo) pero olvidan que si la duración de la prescripción se ha fijado en diez años para estos hechos, es precisamente para dejar constancia de la dificultad de las víctimas para solicitar una reparación en estos asuntos.

También se ha señalado a la prensa por sus posibles incumplimientos del deber de informar, por sus silencios o, de nuevo, por sus eufemismos en la descripción de un hombre público. Es evidente que debe defenderse el respeto a la vida privada; también se trata de la libertad de todos. Pero el respeto acaba donde empieza la infracción de la ley: el tabú legítimo de la vida privada no podrá ocultar crímenes o delitos. Pero desde hace años, muchos periodistas han descrito con elipsis prudentes la vida de Dominique Strauss-Kahn: ¿han incumplido una de sus misiones: el deber de alertar?

Un riesgo político inaudito

El periodista Christophe Deloire, autor del libro Sexus Politicus, piensa así y lo explica aquí en un artículo titulado "El extraño silencio impuesto de los medios de comunicación sobre el caso de DSK". En 2008, haciéndose eco de la alerta de Jean Quatremer de Libération, Mediapart planteó la pregunta política central, en la convergencia de las pasiones privadas y las virtudes públicas: ¿no era correr un riesgo político inaudito en un mundo de cultura anglosajona promocionar a un responsable conocido por esta "adicción al sexo" descrita por la madre de Tristane Banon?

2.- El segundo error es directamente político y procede de la dirección del partido socialista. "El partido ni se ha debilitado, ni se ha decapitado", resumió contra toda evidencia su número dos, Harlem Désir. Es comprensible que un partido paralizado se aferre a algunos automatismos de pensamiento cuando se abre un inmenso abismo bajo sus pies. Pero de nuevo, la estrategia de negación ante la irrupción de una nueva realidad es garantía total de fracaso.

Esta línea podría sostenerse si el primer impacto político del asunto Strauss Kahn no fuera la destrucción de las 'ciudades Potemkin' cuidadosamente edificadas por la dirección del PS desde el congreso de Reims. Desde hace tres años, se ha hecho todo teniendo en cuenta una burbuja en los sondeos y el entusiasmo de editorialistas afiliados al jefe del FMI y que presentaban como indispensable la candidatura de Dominique Strauss-Kahn. Martine Aubry se puede enorgullecer del trabajo logrado desde hace tres años: un partido en orden, un partido calmado, un programa y un procedimiento para elegir al candidato. Pero nos encontramos en una ilusión óptica hábilmente construida como se programa una película y que debía llevar a DSK al Elíseo.

El asunto Strauss-Kahn constituye la última alerta para un PS que hasta ahora no ha sabido afrontar el desafío del sarkozismo. Si no lo entienden, sus dirigentes cargarán con la pesada responsabilidad del fracaso de la izquierda y de la decadencia de Francia.