Piedras contra gente tranquila, contra europeos. Esta es la escena que se pudo contemplar en Split durante la manifestación violenta de 10.000 homófobos contra 400 participantes en la primera marcha del orgullo gay, celebrada el 11 de junio en la segunda mayor ciudad de Croacia. Así que no cantemos victoria antes de tiempo por el fin de las negociaciones sobre la adhesión [a la UE].Con los acontecimientos de Split todavía tenemos más motivos para creer que la europeización no es una necesidad inmanente de nuestra sociedad, sino un proceso impuesto por la actual relación de fuerzas en Europa. E incluso desde un punto de vista meramente formal, todavía no hay nada decidido: los dos años que nos separan del acceso pleno a la UE parecen una eternidad.

No estamos preparados para olvidar fácilmente los precedentes a los que se ha enfrentado el país en el largo camino hacia Europa: en diciembre de 1995, a causa de los crímenes cometidos durante la Operación Tormenta [contra los serbios de la región croata de Krajina], fuimos el primer país al que se le negó la entrada en el Consejo de Europa. En esa época, la actual primera ministra, Jadranka Kosor, era vicepresidenta del Parlamento e Ivo Sanader [su predecesor, que en la actualidad cumple condena en una prisión de Graz, Austria, por corrupción] era ministro de Asuntos Exteriores.

Diez años más tarde, el inicio de las negociaciones para la adhesión se aplazó debido a la detención fallida del general Ante Gotovina [al mando de las tropas croatas durante la Operación Tormenta], mientras que Sanader era primer ministro y Kosor su colaboradora más cercana. Con este dúo en el poder, nos convertimos en el país con las negociaciones más largas: seis interminables años. En 2000 se nos prometió que entraríamos en 2006. Sanader izó la bandera azul con estrellas amarillas en el centro de Zagreb, como un maratoniano que empieza a celebrar su victoria en el kilómetro 30 de su recorrido.

La Croacia europea de finales de los 80

La última etapa del maratón corre el riesgo de convertirse en la más difícil, ya que en los últimos kilómetros tenemos que combatir nuestras propias debilidades. Además, es necesario organizar un referéndum sobre la adhesión. Sorprende la sordera con la que el Gobierno se niega a escuchar los miedos ante un posible fracaso en este plebiscito: si el Gobierno tiene miedo del referéndum, no sabe cómo invertir la tendencia; si está convencido de que predominará el "sí", debe de creer que ya no queda nada más que hacer.

Paradójicamente, Croacia fue más europea a finales de los años 80 y al inicio de los 90, en un periodo intermedio entre la caída del socialismo y la instauración de la "democratura" del líder nacionalista Franjo Tudjman. En esa época, la europeización venía de abajo, mientras que ahora la imponen desde arriba. Entre tanto, la sociedad ha adoptado el espíritu antieuropeo heredado de Tudjman y sobre el cual el HDZ [la Unión Democrática Croata, el partido en el poder], ha fundado el Estado.

¡Pensemos en la vergüenza que nos hizo pasar la multitud de homófobos en Split! ¿Quién se va a creer a estas alturas que nuestra sociedad no es aislacionista, cerrada, xenófoba e insular? Así que no nos alegremos demasiado pronto: habrá que presionar al Gobierno para que no pierda fuelle en los últimos metros de la carrera. Además, ¿hay alguna razón para alegrarse del hecho de que entremos en la UE seis años más tarde que Bulgaria y Rumanía?