Sigamos el camino de Salomão (Salomón), el personaje central de la última novela de José Saramago A viagem do elefante (El viaje del elefante, Alfaguara, 2008). Una mañana de junio, en la Praça de Londres, en Lisboa, junto a la casa del escritor portugués ganador del premio Nobel de Literatura, 14 personas suben a un minibús estacionado en la sombra. Los últimos en subir son José Saramago y Pilar del Río, su esposa y presidenta de la fundación Saramago, organizadora del proyecto.

Apenas pronuncia Pilar sus primeras palabras ante el grupo, al arrancar el vehículo y enfilar hacia Belém, punto de origen oficial del viaje, comprendemos que acabamos de embarcarnos en una aventura inédita. Del mismo modo que existen el camino de Santiago y el camino de don Quijote, nuestro desafío consiste en “ser pioneros en el camino de Salomão. No sabemos con qué vamos a encontrarnos,” advierte Pilar, antes de que su marido sentencie: “Les aseguro que vamos a encontrar maravillas.” No queda ningún registro del viaje de origen, y el escritor optó en su novela por no identificar las etapas del periplo portugués del elefante Salomão, creando así un aura de misterio totalmente deliberada en sus páginas. La obra no precisa más que dos lugares, el punto de partida y el de llegada.

Un buen día Salomão dejó Belem y se encaminó hacia Viena

Ofrecido por Catalina de Castilla, esposa del rey Juan III de Portugal, como regalo de bodas a su primo Maximiliano de Austria (en el siglo XVI), Salomão tuvo que abandonar el cercado donde vivía en Belém para ponerse en ruta hacia Viena: salió de Portugal por Figueira de Castelo Rodrigo, en la frontera española. “Al elefante le gustó lo que vio [...], aunque en ningún punto el itinerario que elegimos coincidiera con el que su memoria de elefante celosamente guardaba”: así empieza el texto publicado por Saramago en su blog “O Caderno de Saramago” [El cuaderno de Saramago]. El texto concluye con la “lección del viaje”: “Debemos tener presente que nuestros pueblos históricos están muy vivos.” Pilar del Río nos explica que la tarea que se propone la fundación José Saramago es enlazarlos en un itinerario, en una ruta, para favorecer de este modo su renacimiento, y añade que han realizado ya contactos con el Ministerio de Cultura y que pronto deberían llegar incluso hasta el Primer Ministro portugués.

Ante el monasterio de los jerónimos, en Belém, Saramago nos había pedido que hiciéramos un “esfuerzo de imaginación” para representarnos cómo debía ser aquel lugar en el siglo XVI: probablemente una especie de barrizal invadido por las moscas donde el elefante debía vivir sin ninguna duda en un cercado, en compañía de su cuidador, no lejos del agua (del Tajo). Por el contrario, la escena que nos describe Pilar cuando llegamos a Constância por el puente sobre el Zêzere parece desarrollarse ante nuestros mismos ojos: “Sin duda Salomão se habrá bañado aquí, habrá jugado y resoplado en el agua... A los elefantes les encanta el agua.” Constância es nuestra primera etapa. Apenas se abre la puerta del minibús, una ráfaga de aire caliente nos provoca un deseo inmediato de seguir los pasos del elefante y echarnos al agua del Zêzere o del Tajo. Dos ríos que, como escribirá más tarde Saramago en su blog, se unen aquí en un “abrazo” que Camões debió contemplar miles de veces desde la ventana de su casa.

Le cortaron las patas para hacer percheros

Durante la ceremonia organizada en su honor en el ayuntamiento, Saramago explica que lo que lo impulsó a escribir la verdadera historia de este elefante fue el trato irrespetuoso que sufrió tras su muerte (acaecida unos dos años después de su llegada a Viena, al no resistir los rigores del invierno austriaco): “A su muerte le cortaron las patas para hacerlas servir como percheros. Es algo indigno para un elefante que había recorrido todo el camino a pie, un elefante que había atravesado los Alpes...” El público está emocionado, igual que lo estuvo al escuchar una de las lecturas, realizada por el propio autor: un extracto de su Viagem a Portugal [Pérégrinations portugaises (Seuil, 2003)], traído por uno de los directores de la Casa de Camões y que Pilar pasó a su marido.

Después de Constancia se inicia una nueva etapa: “Castelo Novo es uno de los recuerdos más emotivos del viajero” escribió Saramago en aquel lugar. A pesar de ser una localidad pequeña, genera cierta confusión que comienza a irritar al escritor: al llegar a una gran plaza dotada de una fuente donde los caminantes van a apagar su sed, Saramago jura por todos sus dioses que no es aquella la Praça dos Paços do Concelho que tantas ganas tenía de mostrarnos, con su picota manuelina y su fuente construida por el rey Juan V. “¿Creen ustedes que habría escrito tanto si se hubiera tratado de esta plaza?”, se exalta, en referencia a sus Pérégrinations de hace treinta años. Cuando finalmente encontramos la picota, el premio Nobel nos lee otro extracto de esas líneas que escribió hace tanto tiempo.

El teatro escogido por el escritor para despedir a Salomão, antes de que entre en territorio español y prosiga su ruta hacia Valladolid, son las últimas horas del día, en Figueira de Castelo Rodrigo, al pie del castillo Rodrigo. Extraña coincidencia: igual que Salomão, Saramago seguirá adelante hasta Valladolid para dar una conferencia. El escritor parte satisfecho, tras declarar que el elefante parece haber adquirido una existencia propia y haberse convertido en el eslabón de una cadena, de un itinerario que enlaza los pueblos y las ciudades históricos de Portugal.

“Los seres humanos no somos una causa totalmente perdida. Tal vez incluso podríamos ser una causa reencontrada.” ¿Es acaso una acción puramente poética todo este viaje? En parte sí, pero no únicamente.