Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (BCE), declaró el pasado 2 de junio, durante su visita a Aquisgrán (Alemania), de Estados con una política presupuestaria común. Esta visión supone un duro golpe para la soberanía nacional.

Un "súper ministerio" de Finanzas controlaría las políticas presupuestarias y la competitividad de cada uno de los países miembros y dispondría de derecho de veto en algunas decisiones en materia de gasto público. El sector financiero de la UE estaría totalmente sometido a la normativa comunitaria. Básicamente, se implantaría un control de los presupuestos nacionales, al menos en los países que hayan adoptado el euro. Según los términos de la fórmula propuesta por Jean-Claude Trichet, estos Estados serían a partir de entonces semi-independientes y quizás se hablaría de ellos únicamente como autonomías territoriales. En ningún diccionario político se define esta condición estatal.

Una Eurozona llena de trampas

Sin embargo, estas propuestas no son en absoluto una novedad. En lo relativo a la crisis griega, claramente se contempla la posibilidad de condicionar el desbloqueo de una nueva ayuda a Atenas a un control estricto de las finanzas del país por parte de la troika supranacional, constituida por expertos de la Comisión Europea, del BCE y del FMI. Es algo que jamás se había visto antes en la UE. Irlanda y Portugal han tenido que aceptar la modificación de ciertos aspectos de sus gastos públicos, aunque sin llegar al control exterior. En cambio, Grecia está perdiendo su soberanía y poniendo su política presupuestaria en manos extranjeras, por sus propios errores y por la presión, como ya lo hiciera con su política monetaria al adoptar el euro.

Jean-Claude Trichet, cuyo mandato en el BCE está llegando a su fin, puede dejar volar su imaginación. Pero su análisis no tiene nada de fantasía y muestra un razonamiento totalmente lógico, teniendo en cuenta la realidad observada: una eurozona llena de trampas por la disparidad presupuestaria entre sus países miembros. La disciplina presupuestaria de ciertos países poblados por contribuyentes honestos contrasta con otros modos de gestión caracterizados por el derroche de dinero público y por ciudadanos que odian los impuestos y que no dudan en estafar a su propio Gobierno, por ejemplo embolsándose ayudas sociales indebidamente.

La metamorfosis de la jirafa

"No puede existir un animal así", exclamaba un zoólogo al ver a la jirafa. Efectivamente, desde el punto de vista biológico, es un animal increíble. Y lo mismo ocurre con la Unión Monetaria Europea. Una creación así no debería funcionar en su forma actual. Pero a pesar de todo, sigue existiendo. Si la jirafa es un error de la naturaleza, la unión monetaria es una obra humana, producto de una serie de compromisos europeos. Para desarrollarse, o incluso para sobrevivir, debe sufrir una metamorfosis y la dirección más lógica es la que indica Trichet.

Si se adopta esta orientación, que también cuenta con el apoyo del presidente del Eurogrupo y primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker, y con el del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, no implicará necesariamente la pérdida de soberanía de los países de la Unión a favor de una entidad exterior. La cesión de soberanía se haría en beneficio de un órgano superior que habrían elegido los mismos Estados europeos. Esencialmente, la Unión Europea se convertiría de forma progresiva en soberana.

Un extremismo pasajero

Un ministerio de Finanzas y una política presupuestaria común en la eurozona constituirían un cambio crucial en la mentalidad y en la organización. Tras esto, las poblaciones europeas aceptarían con más facilidad la creación de un ministerio europeo de Energía, luego de Economía, de Defensa y finalmente la implantación de un Gobierno supranacional. El refuerzo de las estructuras de la UE está en el aire, aunque no haya consenso en las sociedades y varias formaciones políticas, algunas de las cuales asociadas al poder como ocurre en Países Bajos y Finlandia, quieran doblegarlas.

Sin embargo, tan sólo se trata de una tendencia política pasajera, relacionada con la crisis. A largo plazo, un refuerzo de la Unión únicamente aportaría beneficios a las naciones europeas. Los banqueros y los políticos ya lo han entendido y esta evidencia ganará poco a poco al conjunto de las sociedades. Los europeos saben contar y comprenden que no podrán mantener su nivel de vida frente a la competencia de las economías emergentes sin convertirse en una entidad coherente desde el punto de vista económico y político.

Sin poder ni legitimidad

Con su poder económico, unido a un mando militar central y unas políticas económicas, fiscales y exteriores uniformes, la UE se convertiría en una superpotencia en el pleno sentido de la palabra. Una superpotencia con la que ni siquiera Jean-Claude Trichet se atreve a soñar y que sin duda nunca verá la luz, ya que su advenimiento está condicionado por demasiadas contradicciones internas. Sin embargo, la transferencia de soberanía de los Estados-naciones hacia las instituciones comunes parece inevitable e incluso necesaria si se quiere rivalizar con potencias que optan por una versión dura de la soberanía.

La Unión actual es demasiado débil, no sólo porque carece de instrumentos para defender con eficacia los intereses de Europa en el mundo, sino sobre todo porque no dispone de legitimidad para hacerlo. Tarde o temprano, tendríamos que concedérsela. No es la primera vez que se alzan las voces para transformar la Unión Europea en una entidad política y económica homogénea. En cualquier caso, la crisis de la eurozona ha demostrado que con su forma actual, le resultará muy difícil sobrevivir.