Actualmente, están en tela de juicio la supervivencia de la moneda común de la Unión Europea, la libre circulación entre fronteras nacionales y la seguridad colectiva transatlántica. Los líderes europeos están paralizados o bien no aceptan la realidad. ¿Cómo es posible que permitan que corran peligro los pilares del bienestar del continente? El problema es que no existen líderes europeos, sino una canciller alemana, un presidente francés, un primer ministro italiano y otros que expresan una visión continental, pero que nunca miran más allá de sus intereses políticos locales.

La vuelta al orden en Europa también plantea un problema para los estadounidenses. La fractura del euro podría arrastrar a toda la economía global. Una crisis en la OTAN implicaría que Estados Unidos tendría que soportar una carga aún mayor en lo relativo a la seguridad. Tras más de un año inmersos en la crisis de la deuda, los principales líderes europeos aún no han logrado tomar las duras y necesarias decisiones. La solución constructiva sería reestructurar la deuda excesiva, recapitalizar los bancos afectados y relajar la austeridad lo suficiente para que los países deudores, sobre todo los más expuestos al riesgo como Grecia, Irlanda y Portugal, puedan volver a crecer y a ser solventes. Ningún país podría asumir la financiación de una solución así de forma individual, pero Europa en conjunto sí podría.

Un auténtico liderazgo europeo

En un gesto de aceptación de la realidad, el presidente francés Nicolas Sarkozy, anunció que los bancos franceses ahora están preparados para ampliar “voluntariamente” el vencimiento de parte de la deuda griega. Es una medida que podría ayudar, pero sólo si toda Europa sigue el ejemplo de Francia, ya que los bancos alemanes aún no se han pronunciado, y luego se rebajara la presión sobre Atenas para que aplique más medidas de austeridad. Para vender esta idea a los votantes europeos, los políticos tendrán que decir la verdad. La alternativa es dejar que la eurozona se desmorone y que el comercio sufra en todo el continente.

La apertura de la mayoría de fronteras internas europeas en las últimas dos décadas ha supuesto una gran ventaja económica. Pero ahora en casi todos los países se ha registrado un ascenso alarmante de los partidos políticos en contra de la inmigración. La crisis económica y la llegada de decenas de miles de refugiados tunecinos y libios han llevado esta xenofobia a nuevos niveles. Francia, Italia y Dinamarca han tratado de desvincularse selectivamente del histórico acuerdo de Schengen, con sus fronteras sin pasaporte. El problema de los refugiados también es demasiado grande para que lo gestione un solo país. Es un aspecto que también requiere un auténtico liderazgo europeo.

La incapacidad de la OTAN en Libia

La respuesta inicial de Europa ante la brutalidad de Muamar el Gadafi en Libia era prometedora. Francia insistió en la acción internacional y los aliados de la OTAN acordaron asumir el liderazgo tras una serie de ataques aéreos estadounidenses. Pero pronto quedó patente el coste de años de inversiones insuficientes en defensa en la mayoría de miembros europeos y fue necesario recurrir a Washington para el suministro de bombas y otras ayudas básicas. La defensa colectiva siempre asumió que Estados Unidos correría al auxilio de Europa contra una superpotencia como la Unión Soviética. Pero la incapacidad de la OTAN europea de manejar un reto menor como Libia debería hacer temblar a cualquier ministro de Defensa europeo.

Los estadounidenses están cansados de la guerra y el temor a una OTAN debilitada ya no disuade a los políticos, tal y como ha demostrado la pelea sobre la campaña en Libia. No sabemos cuánto tiempo seguirán apoyando los votantes de aquí una alianza en la que Estados Unidos asume el 75 por ciento del gasto militar y un porcentaje aún mayor en la lucha.

Los líderes europeos deben apresurarse y encontrar una visión propia más amplia. De lo contrario, los europeos y sus aliados estadounidenses podrían pagar un precio muy alto.