Alexander Lukashenko, líder de Bielorrusia, puede que sea un rudo campesino iletrado, pero comprende la ironía y sabe hasta qué punto puede perjudicar a los poderosos. Por ello, ha decidido tomar unas medidas que le sitúan directamente en la galería de los déspotas sin pudor más destacados. El próximo domingo, 3 de julio, en las celebraciones de la fiesta de la independencia, será detenido todo aquel que se atreva a aplaudir al discurso del líder, a las tropas del desfile o peor aún, a los agentes de los servicios secretos que aquí aún llevan con orgullo las famosas siglas KGB.

"Sólo se autorizarán los aplausos cuando pasen los veteranos y los antiguos combatientes. En los demás casos, intervendremos", anuncia el jefe adjunto de la policía Igor Essiev, que se alegra por anticipado de estas nuevas redadas, mientras observa con sospecha a los paseantes de la plaza Ocktiabrskaia. Essiev y sus agentes, con las esposas y las porras bien visibles, tienen pinta de no fiarse de nadie. Paran a los jóvenes y a las señoras mayores con bolsas de la compra y les piden la documentación. Aunque no puedan admitirlo, añadirían con gusto a la prohibición de aplaudir otra que empieza a exasperar al régimen: la de sonreír.

Sonrisas y aplausos como única arma de protesta

Cabe destacar que la sonrisa y los aplausos son las únicas armas que les quedan a los bielorrusos para protestar contra el Gobierno y sus modos cada vez más autoritarios, desde la noche del 20 de diciembre, al término de unas elecciones presidenciales cuya legitimidad y legalidad no quiso avalar ningún observador internacional. Desde entonces, todos los candidatos rivales de Lukashenko y un millar de activistas se encuentran en prisión, con acusaciones de lo más extravagantes, a la espera de un proceso secreto y un veredicto decidido de antemano.

Pero ni Lukashenko ni su entorno conocen hasta qué punto está cansada la mayoría de ciudadanos de las prevaricaciones de la policía y sobre todo lo deprimidos que están por la crisis económica y financiera que ha hecho aumentar el coste de vida a niveles insostenibles [véase el cuadro a continuación]. Así, un poco como juego y un poco por ira, ha nacido la última moda en modos de protesta. La chispa surgió en Internet que, a pesar de los esfuerzos del KGB, sigue logrando escapar a los controles.

La gente se da cita ante el gigantesco palacio de la República, la plaza Ocktiabrskaia, o incluso ante el monumental edificio soviético de la avenida Engels, residencia del presidente. Por supuesto, tienen mucho cuidado para mantenerse alejados unos metros los unos de los otros y evitar así ser acusados de manifestarse. Nada de pancartas ni de eslóganes. Se contentan con aplaudir y sonreír. Unos cuantos, los más valientes, observan fijamente a los agentes y se ríen. Se tronchan de risa y aplauden. Y así, una y otra vez.

Una campaña secreta de proselitismo

Es algo que pone de los nervios a los agentes, pero hasta ahora, incluso bajo el régimen de Lukashenko, reír no es un delito. Algunos oficiales intentan ordenarles que paren, pero los jóvenes siguen riéndose y propagan el virus a otros. Cuanto más se agitan los policías, más aumentan las risas. Aparecen por las ventanas curiosos que también se ríen y también se unen los camareros ante las mesas de los cafés o las jóvenes que entran al instituto. E incluso a un agente se le escapa una risa, fulminada de inmediato con la mirada de uno de sus superiores.

"No es gran cosa, pero al menos sirve para mostrar que la gente no puede más. Y somos muchos". Andrei Dmitrie, de 27 años y miembro del movimiento por los derechos cívicos "Di la verdad", tiene que contentarse con esta campaña secreta de proselitismo. El 19 de diciembre participó en las manifestaciones. Le detuvieron y pasó cuarenta días en la celda del "Amerikanka", el cuartel del KGB. Allí vio llegar uno tras otro y esposados a los rivales de Lukashenko. Entre ellos, se encontraba incluso el poeta Vladimir Neklyavev, de 74 años, llevado hasta una celda como un paquete, envuelto en una manta.

Celdas nauseabundas, letrinas fétidas, carceleros violentos, agentes provocadores camuflados como compañeros de celda. "Pero las historias de la cárcel son todas parecidas. El mundo civilizado debería intervenir por otras cosas". Y cuenta que un juez que le interrogó le mostró un informe que contenía las transcripciones de todos sus mensajes de correo electrónico, de sus llamadas telefónicas, de sus SMS. "También habían interceptado las conversaciones que manteníamos mi mujer y yo en casa. Todo, absolutamente todo. Incluidas las cosas que nos decimos en la cama, en voz baja, con las luces apagadas".

Moscú mantiene a Lukashenko a flote

Ahora, con acusaciones vagas de corrupción, Dmitrie se encuentra a la espera de juicio, como varios cientos de ciudadanos de Minsk. Estos procesos los siguen una serie de voluntarios del Grupo de Helsinki para los Derechos Humanos que se alojan en una oficina del séptimo piso de un inmueble en el centro de la ciudad. Aparentemente libres. Su jefe se llama Garry Pogonjajlo, tiene 70 años y aspecto de haber vivido cosas peores.

"Nací en un gulag porque mis padres no estaban de acuerdo con Stalin. Sé que me dejan libre sólo porque estoy relacionado con una organización internacional. Pero las cosas están cambiando. Marx diría que se trata de una situación pre-revolucionaria. La gente está a punto de explotar. Putin lo ha entendido. De hecho, Moscú sigue manteniendo a Lukashenko a flote, le engatusa, pero mantiene las distancias, le concede préstamos y luego le amenaza con cortar el gas y la electricidad. Moscú sabe perfectamente que basta con que la crisis económica empeore para que el régimen se vaya a pique. Es verdad que si Occidente se despertara, sería mejor para todos".

Mientras, se vive como en una novela de Orwell. La otra noche, Andrei Dmitrie hizo señas a su mujer para que saliera de casa, la llevó a un parque y buscó un lugar suficientemente ruidoso para esquivar a los oídos indiscretos. Ella esperaba que le anunciara el comienzo de alguna manifestación. Pero sonriendo le dijo: "Sólo quería decirte que te quiero. En casa no me atrevo, hay demasiada gente que nos escucha".