Los vagones de la única línea de metro de Varsovia están repletos de pasajeros por la mañana, como en cualquier metro del mundo. Pero a diferencia de Praga o Viena, por no mencionar París o Londres, se observa una particularidad: todos los pasajeros son polacos. Aún no invaden Varsovia ni los extranjeros ni los visitantes. Y a primera vista, no es algo sorprendente.

La característica dominante de la capital polaca sigue siendo el rascacielos del Palacio de la Cultura y la Ciencia, de inspiración estalinista. Los amplios bulevares cavados en los años cincuenta sobre las ruinas de la ciudad arrasada por la guerra no animan a pasear por ellos. Y ocultarse en los cafés, donde debería de haber una conexión a Internet decente, es casi imposible.

Aún así, esta ciudad tiene algo de atractivo. Varsovia, al igual que toda Polonia, vibra con energía y cambia de un día para otro. El horizonte está plagado de siluetas de grúas. Tras breve paseo desde el centro a lo largo del río Vístula, llegamos al poderoso anillo del nuevo estadio. Polonia se está preparando para la Eurocopa de fútbol en 2012. Sin embargo, antes de este evento le espera otra tarea diferente: desde el 1 de julio, Polonia asume la presidencia de la Unión Europea.

Pro-europea y no antirrusa

La presidencia llega en un momento en el que Polonia ha cambiado en gran medida su visión del mundo y en el que se ha convertido en la sexta mayor economía de la UE. Además, ya supera a Rusia como mayor socio comercial de Alemania. No hay duda de que la influencia de Polonia en los asuntos europeos no hará sino aumentar.

En un tranquilo callejón que da a la calle Nowy Swiat, Marcin Zaborowski, un hombre de apariencia joven, se sienta en una oficina con una impresionante biblioteca. "Actualmente, la palabra clave de este país es modernización", explica. "Nuevas autopistas, nuevas infraestructuras y una nueva política exterior". Zaborowski es el director del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales (PISM) y cree firmemente en este cambio. Vivía hasta hace poco en Gran Bretaña, como los dos millones de polacos, en su mayoría jóvenes, que salieron de Polonia para vivir en otros países de la UE. Hace un año ganó el concurso para ocupar este puesto, volvió al país con su mujer británica y decidió quedarse.

La política exterior en Polonia es una cuestión de vida o muerte. Hace cuatro años, tras la derrota electoral de los conservadores nacionales, Polonia dejó de ser un país provocador y euroescéptico para convertirse en un fervoroso defensor de la integración europea e incluso comenzó a hablar con normalidad con su eterna enemiga, Rusia.

Larga vida al gas de esquisto

Algunos polacos consideraron este cambio como una traición a los intereses nacionales. Los dos frentes se encuentran atrincherados en sus posturas: a un lado se encuentra el Gobierno liberal de Donald Tusk, que apuesta por una nueva orientación internacional y al otro, la derecha conservadora, liderada por Jaroslaw Kaczynski. Las tensiones y la aversión mutua que divide a los políticos, a los votantes y a los medios de comunicación podrían cortarse con un cuchillo.

La transformación sorprendentemente rápida de Polonia en un país pro-europeo no sólo se debe a las élites de nueva generación, sino también a otros factores. La evolución en los últimos años de los intereses estadounidenses, que se han mudado a otras partes del mundo, ha sido una gran decepción. En segundo lugar, existe una confianza económica cada vez mayor en el país, el único en Europa que ha soportado la crisis global sin sufrir la recesión: actualmente, el crecimiento se encuentra en el cuatro por ciento y lo más importante es que se han descubierto grandes reservas de gas de esquisto.

El tercer fenómeno es el cambio en la opinión pública. Mientras que en 2004 el 50% de los polacos tenía una opinión positiva de la Unión Europea, esta cifra hoy es de casi el 80%. Por lo tanto, Radoslaw Sikorski, ministro de Exteriores, puede contar con el apoyo de la gran mayoría de la población con respecto a sus políticas. ¿Qué es lo que ha hecho entonces que los polacos sean de repente los más optimistas sobre Europa en plena crisis de la UE?

Viaje para conocer a los agricultores

El principal grupo que se oponía a la entrada en la UE era el núcleo tradicional de la sociedad polaca: los agricultores. “Temían no poder estar a la altura de los mercados europeos y que los alemanes invadieran sus tierras", afirma uno de los seis consejeros del presidente Bronislaw Komorowski. Pero luego se dieron cuenta de que nadie quería sus tierras, y de que, gracias a las subvenciones de Bruselas, podría ocurrir todo lo contrario y ser ellos quienes conquistaran los mercados alemanes.

El viaje de Varsovia a las granjas polacas está lleno de dificultades. La autovía de cuatro carriles hasta Katowice, construida en los años setenta por el líder comunista Edward Gierek, sólo está abierta hasta la mitad. El Gobierno polaco ha prometido crear mil kilómetros de autovías para 2012, pero cuesta creer que esta autopista esté lista a tiempo.

Aún así, es mejor que la autovía a Poznan, que los chinos tenían que haber construido con la ayuda de empresas polacas. Pero debido a una serie de problemas de financiación, el Gobierno finalmenterescindió el contrato con China y las obras llevan semanas paradas. A largo plazo, ni siquiera es seguro que el estadio de fútbol en Varsovia se termine a tiempo. Obviamente, el auge de la construcción en Polonia está lejos de ser perfecto.

Del tejado a la decoración interior

Una vez que se gira al oeste, hacia la ciudad de Opole, el paisaje cambia y pasa a ser un área agrícola típica. Hace unos años, los pueblos y las ciudades polacas se llenaron de anuncios en los que se ofrecían ventanas de plástico y tejados de metal. Ahora, su lugar lo ocupan carteles anunciando "meble" (muebles). Parece que los polacos, tras cambiar en masa las ventanas, están reformando la decoración interior.

Muy cerca de la carretera, Paweł Pietruska (54 años) llega lentamente en un tractor, con la empacadora detrás, soltando grandes ruedas de heno. Posee 20 vacas y gestiona una granja familiar de 70 hectáreas.

"¿La Unión Europea? Tenemos que ser parte de ella, claro. ¿Dónde si no íbamos a vender nuestros cereales y nuestra leche?" Pietruska tiene las cosas muy claras y podría hablar durante horas de agricultura y política. Recibe de Bruselas unos 200 euros por hectárea al año y si está furioso con alguien, sin duda no es con la UE, sino con el Gobierno polaco.

"Con el comunismo todo era mejor"

Incluso Sebastián (35 años), un agricultor de la generación joven, que se gana la vida con 13 hectáreas, se muestra satisfecho. "Tengo diez vacas, cinco cerdos, dos ponis, una mujer y dos hijas. Con esto, y gracias a las subvenciones de Bruselas, me basta". Sin embargo, a tan sólo unos kilómetros de allí, un hombre que cultiva un campo de patatas transmite una gran tristeza con sus palabras. "La tierra no es más que arena. ¿Quién la iba a comprar? Llevamos trabajándola 40 años y lo único que hace es empeorar”, afirma Tomek (58 años).

No tiene esposa ni tractor. Su único amigo es un caballo y no llueve desde hace un mes. En cuanto a Bruselas, para él es sólo burocracia y no tiene paciencia para eso. “Con el comunismo todo era mejor", añade. Tomek no irá a votar. La política no le interesa.

Las encuestas indican que Donald Tusk tiene muchas posibilidades de mantener su puesto tras las elecciones parlamentarias de octubre de este año y se convertiría en único el primer ministro desde 1989 que repite mandato. Y dado el agrado de los polacos con respecto a Bruselas, si su presidencia de la UE es positiva, podría incluso ayudarle en la campaña electoral. Edward Lucas también lo piensa y afirma: "La presidencia polaca se encuentra en la posición correcta para convertirse en la mejor de todos los Estados post-comunistas".