Llega el verano y con él, los jóvenes de los años 80 del siglo pasado que dejaron nuestro país al comienzo de la transición. Tarde o temprano, alguno de ellos se pone en contacto con usted. Normalmente, suena teléfono y se escucha una voz femenina y aguda: "Anita ha vuelto de Iowa y quiere que nos veamos sin falta. Ah, ¿no te acuerdas? Ana, la que en primaria me estampó un pastel sobre el uniforme escolar".

Y aunque se haya olvidado de ese drama de hace 40 años, intente hacer que el rostro de Anita aflore de las profundidades de su memoria, que duda entre varias niñas con trenzas para perderse en la cohorte de jóvenes llenas de acné y con blusas azules ceñidas.

Pero la pequeña Ana en cuestión no se da por vencida fácilmente: llama con insistencia a toda la cadena perdida de compañeros del colegio, de conocidos del barrio y de la facultad y otras personas sombrías con las que se cruzó en una fiesta bañada en alcohol hace 25 años. Usted ya los ha borrado de la memoria. Pero la pequeña Ana, no. Ella ha pensado en todos estos tipos improbables durante sus largas noches de invierno en Chicago. Con paciencia los rescató de su memoria en Iowa, donde al final encontró un trabajo en el negocio del maíz.

Como Ana, llega toda una legión: Ana, Mitko, Micho, Gosho del bloque de abajo, Katia, Silvia ("¿no te acuerdas? se pilló una buena en un fiesta en segundo curso"), Kiro de Pennsylvania, Roumi de Canadá, etcétera… Con el verano, somos objeto de una auténtica campaña de terror por parte de estos emigrantes que vuelven al país. Cada semana, nos llaman para quedar y vernos; en julio y agosto es prácticamente imposible poder encajar todas las citas en nuestra agenda.

La campaña de terror del emigrante

Pertenecen a la generación de 40 y 50 años y tienen en común que son los primeros que se largaron de Bulgaria, al principio de los años noventa, cuando empezó el gran caos de la transición. Hoy, han perdido pelo y han ganado unos cuantos kilos; se sienten desilusionados, viejos y cansados, aunque algunos hayan mejorado su situación financiera. Han esperado con paciencia sus vacaciones anuales para volver a Bulgaria y ver al máximo de personas posible, pues son su único vínculo con este país. Una Bulgaria que desprecian, pero a la que echan terriblemente de menos.

El problema es que nosotros también hemos envejecido. Nosotros, los que nos hemos quedado en el país, hemos sobrevivido más o menos a la transición para sufrir los golpes de la crisis económica mundial, una crisis de la que Bulgaria nunca salió.

También hemos engordado, nos hemos quedado calvos; de paso, nuestras esperanzas y nuestros sueños también se han marchitado. ¡Y encima no estamos de vacaciones! Mientras que los emigrantes con ganas de juerga tienen todo el tiempo del mundo. Sí, quieren divertirse, pero también quieren que les escuchen y les comprendan. Y ahí es donde nos piden demasiado.

Porque esa escucha y esa comprensión nos convierten en una cosa a medio camino entre un pariente cercano y un psiquiatra. Esta posición implica que escuchemos con paciencia por enésima vez los motivos que les impulsaron a dejar el país, que les digamos que no, no se equivocaron con la elección; que les repitamos también cuánto les queremos, que siempre han permanecido en nuestros corazones y lo mucho que admiramos su valentía y su éxito.

Su majestad el emigrante

"¿Tú sabes lo que es trabajar en el sector de la seguridad en Austria?", me pregunta una conocida. Una mujer que hoy claramente tiene un problema con el alcohol y emana frustración a decenas de metros. Luego me explica que después del Banco Central Europeo, se trata sin duda del puesto más importante en la Unión Europea. Lo único que uno puede hacer es asentir en silencio, porque sabe que tiene a otros emigrantes abandonados con los que encontrarse esta semana y no está seguro de poder soportar sus tonterías con el mismo grado de paciencia.

El problema con estos veraneantes llegados de lejos es que intentan revivir las sensaciones y el entusiasmo de su juventud. Aunque se trate de cosas irremediablemente pasadas. Pero el emigrante lo ignora y hasta cierto punto no quiere saberlo. Por nuestra parte, nosotros tampoco queremos decepcionarle, aunque en cada ocasión nos planteemos la misma pregunta cargante. ¿Qué le podemos decir?

A decir verdad, esta pregunta no le interesa al emigrante. Porque éste último, una vez que ha regresado a su país, habla solo y por los codos. Y con ello compensa los meses, o incluso los años, de silencio o de conversaciones mantenidas con sus compañeros en el extranjero.

La emigración es una ausencia casi permanente de una realidad determinada y el hecho de reencontrarse con ella una semana o dos no es precisamente un placer ni para el anfitrión ni para el invitado. Pero el regreso estival del emigrante sigue siendo un ritual en el que está llamado a participar. Como si fuera una obra de teatro en la que le han asignado un papel secundario pero importante para la revelación plena y entera del héroe principal: su majestad el emigrante.