El martes, William Hague siguió al ministro francés de Exteriores, Alain Juppé, (literalmente, ya que compartieron el mismo estrado en París) al aceptar la posibilidad de que Gadafi y su familia permanecieran en Libia, después de que los dos insistieran durante meses en que debía marcharse. Ayer, Hague volvió a anunciar después de Francia que Gran Bretaña reconocería a la oposición libia y expulsaría de Londres a los diplomáticos que representen al antiguo régimen de Gadafi.

Esta es la peor de las políticas de gestos. Lo que se pretende demostrar con ello es que, aunque Reino Unido ahora reconoce que puede que no sea capaz de deshacerse personalmente de Gadafi, sigue adelante con su intención de apoyar el cambio de régimen. En realidad es simplemente un reconocimiento de los hechos sobre el terreno.

Apoyamos a la oposición con nuestras fuerzas aéreas con el convencimiento de que cambiaría el equilibrio militar y permitiría a la oposición ganar la guerra. Pero no fue así. En lugar de ello, se llegó a un punto muerto que podría durar perfectamente todo el verano. Declarar ahora que Gadafi puede quedarse siempre que renuncie al poder es como escupir al viento. La realidad es que el líder libio no renunciará al poder mientras crea que tiene la capacidad militar para mantenerlo al menos en parte de Libia. Y parece tenerla.

Occidente no debe gritar, sino observar

A largo plazo, sólo se le podrá obligar a salir mediante presión económica y con la pérdida de ingresos por el petróleo. Pero a corto plazo, la mejor política que puede adoptar Occidente no consiste en gritar lo que puede y no puede hacer, sino en conseguir que la oposición declare un alto al fuego y que comiencen las conversaciones entre ambas partes, tanto bajo los auspicios de la ONU como de la Unión Africana.

El problema de los políticos occidentales y de todos los políticos en general es el de "la propiedad". Si se les plantea una cuestión que puede aportarles ventajas, como la Primavera Árabe, quieren reclamar parte del asunto. Si se les presenta una situación que se ha complicado, como la de Yemen o el de Bahrein, se distanciarán del ella al máximo.

Pero la Primavera Árabe no es algo que se pueda "poseer" de este modo. Sería ideal que los movimientos sociales como los levantamientos en Oriente Próximo pudieran desarrollarse pacíficamente, en un entorno de armonía y luz. Pero en última instancia se trata de una cuestión de poder condicionada por todo tipo de factores, en su mayoría locales. La intervención occidental no puede funcionar a menos que actúe de lleno e invada un país y entonces nos encontramos con todos los problemas que hemos visto en Irak y Afganistán. Por ello, la mejor política de Occidente es la observación discreta.

Un renacimiento económico del Sur

Es no significa que tengamos que sentarnos y no hacer nada. Pero las mejores armas y alicientes a nuestro alcance son de tipo económico. Reconocer al Consejo Nacional de Transición como auténtico Gobierno no servirá de mucho. Al final, serán los libios los que tengan que fraguarse por sí solos un destino político. Pero al menos podemos brindarles un futuro en el que la ayuda económica, los mercados abiertos y la libertad de movimiento les ofrezcan una mejor vida que la que han sufrido en los años de poder autocrático y de corrupción.

Las fronteras abiertas y la inmigración son por supuesto lo último que están dispuestos a aceptar los políticos europeos. Tampoco se muestran dispuestos a ofrecerles mucho en lo relativo al acceso al mercado o a ayudas económicas directas en esta época de austeridad.

Pero demos un paso atrás y reflexionemos. La Primavera Árabe podría ser lo mejor que le ha ocurrido a Europa en una generación, al plantear una oportunidad no sólo de una nueva política para todo el Mediterráneo sino también de un renacimiento económico que incluiría al sur de Europa y al norte de África. Ha llegado la hora de dar una respuesta firme y de dejar de poner objeciones sobre el futuro del coronel Gadafi, por muy desagradable que pueda resultar este hombre.