Prácticamente todos los noruegos de una cierta edad saben dónde estaban cuando a Oddvar Bra se le rompió repentinamente un bastón en el sprint final de los campeonatos de esquí de 1982 y Noruega tuvo que conformarse con un empate con la Unión Soviética. Pero la recurrente pregunta de “¿Dónde estabas cuando a Bra se le rompió el bastón?” ha sido rápidamente sustituida por una más macabra — ¿Dónde estabas cuando Anders Behring Breivik estaba matando a jóvenes noruegos?

El 22 de julio, el día en que Breivik asesinó al menos a 76 personas, temblaron los cimientos de una nación pacífica. Aunque para muchos noruegos también es una muestra imborrable de un país que ha evolucionado desde la etnia única de una cultura igualitaria, para quienes una tragedia era un revés en una competición deportiva nórdica.

Hoy, sobre una población de 4,9 millones, más del 11% ha nacido en otro Estado — Pakistán, Suecia, Polonia, Somalia, Eritrea, Irak. Y el choque cultural de la diversidad, especialmente para incorporar a un número creciente de musulmanes que no son blancos, ya ha provocado que el partido moderado anti-inmigración, el Partido del Progreso, haya aumentado su peso en Noruega hasta ostentar el segundo puesto.

El consenso también promueve la estrechez de miras

Todos los jóvenes que Breivik disparó en el campamento de verano de la isla de Utoya eran noruegos, pero algunos eran hijos de inmigrantes, que quedan inmortalizados en el mayor desastre de la historia reciente del país. “Cuando te enfrentas a la inmigración multicultural, a veces ocurre”, comenta Grete Brochmann, una socióloga de la Universidad de Oslo. “Ése es el quid de la cuestión en estos momentos, y es el gran reto que afronta el modelo noruego”.

Los líderes noruegos, desde la familia real pasando por los rangos inferiores, han hecho un llamamiento a la solidaridad del país, a la democracia, la igualdad y la tolerancia, y todos abogan por que estos valores no cambien. Virtuosos, pacíficos, generosos, por consenso — está es la imagen que los noruegos tienen de sí mismos, con la ayuda de la riqueza del petróleo que sostiene uno de los sistemas de bienestar social más completos del mundo.

Con todas sus virtudes, en este caso, el énfasis sobre el consenso puede también promover la estrechez de miras, la complacencia y la corrección política. Y esto puede ser cierto en los casos en los que los recién llegados tienen diferentes nociones respecto a ciertos valores, incluyendo entre ellos el de igualdad de género y sociedad secular, incluso en un país oficialmente cristiano, a lo que los noruegos dan especial importancia.

Un país muy patriótico

“Somos una sociedad afortunada por muchos motivos, no únicamente por el petróleo”, afirma Brochmann. “Pero muchos de estos aspectos de la sociedad del consenso también tienen otra cara. También es una sociedad de conformismo”, explica ella citando al “Janteloven”, o la ley de Jante, basada en las normas de comportamiento grupal que rigen en localidades pequeñas y promueven el colectivismo y desalientan la iniciativa individual y la ambición, en un mundo en que nadie es anónimo. Además, Noruega es un país muy patriótico, no se independizó de Suecia hasta 1905, y estuvo ocupado por los nazis entre 1940 y 1945. Así que existe un fuerte sentimiento de orgullo y nacionalismo, y el modelo desarrollado a partir de la Segunda Guerra Mundial lo ha defendido férreamente.

En una entrevista, la antigua primera ministra de Noruega Gro Harlem Brundtland apuntaba que Noruega tuvo un sistema asentado en el consenso y en un programa multilateral durante casi toda la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, antes de regresar a un sistema político más normal. Aún así, insistía, “afirmar que tenemos una democracia de consenso en la que no existen debates importantes o partidos políticos no es cierto”.

Esos debates se han vuelto más intensos en temas de inmigración e integración, admitía Brundtland, especialmente con el aumento de popularidad del Partido del Progreso, ahora un grupo dentro de los partidos mayoritarios que se centra en un enfoque anti-inmigración. El Partido del Progreso, añadió con cierto desagrado, ha estado tentando los límites de lo aceptable. “Lanzar preguntas sin tener respuestas constructivas no siempre resulta útil”, aclara Brundtland.

La islamofobia ha llegado a Noruega

En 2009, el líder del Partido del Progreso, Siv Jensen, consiguió cierta notoriedad al usar en un discurso la expresión “islamización sigilosa”. Ese mismo año, el partido se convirtió en el segundo con mayor peso en el Parlamento. En mayo, Christian Tybring-Gjedde, el líder del partido en Oslo, despertó una oleada de críticas cuando sugirió que los musulmanes eran por naturaleza más agresivos que los noruegos.

El partido plantea el reto de la inmigración respecto a la uniformidad religiosa y cultural. Algunos inmigrantes musulmanes con escasa formación restringen las actividades de las mujeres, tratan de concertar matrimonios, puede que apoyen la mutilación genital y tienen un cierto grado de homofobia, y todo ello se lo atribuyen a su confesión religiosa o a los valores culturales. No obstante, dichos valores representan un claro desafío para la cultura del consenso general. En este aspecto, la islamofobia ha llegado a Noruega, junto con un resentimiento más universal hacia los inmigrantes criminales y hacia los “parásitos” de todas las religiones y colores.

Thomas Hylland Eriksen, un antropólogo cultural de la Universidad de Oslo, ha escrito ampliamente sobre el desafío que plantea la inmigración ante la cultura dominante, caracterizada por un nacionalismo silencioso. “Pero quedan por analizar otros aspectos negativos del nacionalismo noruego relacionados con el nacionalismo étnico, un sentimiento de distinción, un elemento de racismo”, manifiesta Eriksen. “A los noruegos que étnica y visualmente no lo son todavía se les considera fuera de lugar”.

Las minorías creen que “si aprenden noruego, llevan a sus hijos al colegio y paran en los semáforos son 100% noruegos”, explica. Aunque, en su opinión, esto no es totalmente cierto. Para explicarlo cita a una perfecta noruega, Dilek Ayhan, nacida allí de padres turcos, quien a pesar de dominar perfectamente la lengua a menudo le preguntan: “Verdaderamente, ¿de dónde es usted?”.