Vuelve el carbón, el que teñía de negro las espesas nieblas de la revolución industrial, el de las novelas realistas de Émile Zola, el de las pesadillas de los hombres que, tanto en Valonia como en Cerdeña, descendían hasta las entrañas de la tierra. Parecía destinado al exilio. Pero el accidente de Fukushima ha vuelto a escribir la historia y a relanzar un recurso cuyo destierro exigía Europa hace tan solo un año de aquí a la década de 2050.

Todas las potencias económicas vuelven a hacer ahora sus cálculos y cambian sus planes para reducir parte de su potencial nuclear, porque la opinión pública lo demanda y, mientras esperan a que las energías renovables sean realmente rentables, vuelven a recurrir al primer oro negro que, aunque se considera una energía obsoleta, aún ilumina una de cada dos bombillas.

Así pues, parece que aún estamos lejos de la "descarbonización". Nobuo Tanaka, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) expusohace unos días en el Parlamento Europeo que el desastre japonés ha impulsado la decisión de reducir a la mitad los programas de construcción de nuevas centrales nucleares de aquí a 2035. Estas centrales, ideadas para suministrar 360 Gw, tan sólo producirán 180 Gw. Por consiguiente, en todo el planeta supone una disminución de entre el 14% y el 10% de la energía nuclear en la producción energética mundial. Se estima que deberá desviarse un tercio de la demanda, que se servirá del mercado del carbón. Esta situación entraña dos consecuencias problemáticas: el inevitable aumento del precio del mercado y de los costes de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Europa no puede levantar más centrales de carbón

La demanda mundial de lignito y de otros tipos de carbón registra un nuevo e importante crecimiento, impulsado por China e India. Los análisis prevén de aquí a 2035 un aumento de más del 50% de la producción mundial que en 2010 fue de 6.500 millones de toneladas (+8% sobre una base anual). En general, el carbón sigue siendo el origen del 41% de la energía eléctrica del planeta, de la que un 26% corresponde a Europa.

Pero estas cifras están destinadas a cambiar. Giuseppe Lorubio, analista de Eurelectric (la asociación europea de los productores y distribuidores de energía) calculó que únicamente con el cierre de los 28 reactores nucleares europeos de antigua generación, de los 143 totales, se incrementarán las necesidades del carbón entre un 8% y un 10%.

Alemania, primer consumidor europeo de antracita, ha emprendido una dolorosa vuelta y Polonia, que puede satisfacer con el fósil negro el 90% de sus necesidades energéticas, se dispone a hacer lo mismo. Los ingleses, apoyados en un buen equilibrio entre energía nuclear, carbón y gas, apuestan por la ecología y tienen pensado sustituir las '*powerstations**'* más decrépitas. En el resto de países, el panorama sigue estable: Europa ya no cuenta con más margen para la construcción de nuevas centrales de carbón. Será necesario explotar a fondo los recursos aún disponibles.

El carbón no ha cambiado, solo su extracción

Los señores del carbón aseguran que su fuente de energía es "democrática", porque es relativamente asequible y gracias a la gran demanda de mano de obra que implica, genera puestos de trabajo. Es cierto. Sin embargo, existe una trampa social evidente, ya que la Comisión Europea anunció que quería establecer un compromiso ético para este tipo de explotación, pues, sobre todo en China y Sudamérica, se recurre a menudo al trabajo infantil, como hacían los ingleses en el tiempo de Dickens.

Por otro lado, para que los países productores se comprometan a respetar el medio ambiente, los derechos para las emisiones de CO2 serán de pago a partir de 2013 y pesarán en los presupuestos de las empresas de electricidad de toda Europa. Como es evidente, es imperativo contaminar menos, porque el carbón no ha cambiado. Lo que han evolucionado son los procedimientos de extracción y el peligroso lignito, con alto contenido de humedad y que entre otras cosas libera los temidos óxidos sulfúricos, actualmente se "seca" tras las fases de extracción y elaboración.

Del mismo modo, los sistemas de captación y almacenamiento de CO2 están muy extendidos. El dióxido de carbono, canalizado y transformado en líquido, se encierra a continuación en un depósito subterráneo. Y mientras, Bruselas intenta llevar a los Veintisiete por el buen camino, entre reticencias políticas y problemas presupuestarios. Es evidente que Fukushima ha obligado a los europeos a cambiar de estrategia. Pero ¿la ha simplificado? Es algo que aún está por ver.