Puede que las cifras del 16 de agosto sobre la economía alemana, que es la que marca el ritmo, hayan contribuido a que Berlín comprenda que, en la eurozona, todos estamos en el mismo barco. La reunión en París entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel anuncia importantes novedades que, como suele ser lo habitual últimamente en Europa, habrían sido de gran utilidad mucho antes y habrían evitado problemas y muchos sacrificios. Esperemos que ahora que se han anunciado, sean suficientes. Un gobierno económico para la eurozona: precisamente lo que habría sido necesario desde hace tanto tiempo. Si se hubiera instaurado con normas y procedimientos precisos, Italia se habría ahorrado la humillación de la semana pasada [la carta en la que el BCE detallaba al Gobierno italiano las medidas de austeridad que debía adoptar urgentemente].

El encuentro en París fue una buena ocasión para empezar a corregir los errores que el dúo franco-alemán cometió desde esa fatídica cumbre de Deauville en octubre de 2010 y para subsanar las insuficiencias y ambigüedades de la del 21 de julio. Por desgracia, algunas de las consecuencias negativas de estos errores ya no se podrán evitar, pero otras sí. La designación de un presidente político de la eurozona es un avance tímido frente a soluciones más completas y democráticamente más legítimas y que odian sobre todo los países más fuertes. Demuestra el fracaso del "método intergubernamental" (la Europa regida ante todo mediante relaciones directas entre Gobiernos y no a través de las instituciones centrales).

Hay que infringir el pacto de estabilidad

No saldremos de las dificultades actuales del euro sin un mecanismo más eficaz que impida a los Estados infringir el pacto de estabilidad. Las sanciones "casi automáticas" que exigió en su momento el Banco Central Europeo (BCE), y planteadas ayer de nuevo por el primer ministro holandés, habrían sido la mejor forma de reducir la incertidumbre de los mercados financieros. Pero precisamente en Deauville, Nicolas Sarkozy logró convencer a Angela Merkel de que renunciara a sus sanciones "casi automáticas" porque temía que se impusieran a Francia.

Es poco probable que la instauración de un "señor euro" político así como una "regla de oro" constitucional de equilibrio presupuestario en cada Estado miembro pueda tener el mismo efecto. Tender en los próximos años hacia presupuestos equilibrados era la norma clave de la primera versión del pacto de estabilidad del euro. Pero la suspendieron de común acuerdo Alemania y Francia en 2003. Si logra funcionar el nuevo mecanismo de gobierno económico común, ligeramente reforzado, podría abrir la vía a las emisiones de títulos de deuda común para la eurozona, lo que se conoce como "eurobonds". Pero no sucedería antes. Y aquí son los alemanes los que tienen razón, porque primero es necesario regular el riesgo de que algunos Estados se dejen llevar por comportamientos irresponsables.

No hay tanta diferencia entre las "dos velocidades"

La sorpresa es la aparición de un impuesto sobre las transacciones financieras, similar al que defendieron en su momento los movimientos alternativos y que se denominaba impuesto Tobin. Sería excelente si se lograra aplicarlo, ya que cuanto más sean los países que no lo implanten (y Reino Unido no tiene ninguna intención de hacerlo) más perjudicará a los que lo hayan adoptado, pues verán cómo se debilitan sus negocios. El hecho de que Nicolas Sarkozy y Angela Merkel hayan considerado necesario volver a sacarlo a colación revela otro error colosal cometido en Deauville y repetido el pasado 21 de julio.

La "responsabilidad del sector privado" en las crisis de la deuda, reclamada por Alemania con el objetivo de hacer pagar a los bancos parte de la factura, y adoptada únicamente por Grecia, ha hundido a los países débiles, como había previsto el BCE, sin que se desdibuje la sonrisa de los banqueros.

Durante este tiempo, el crecimiento se ralentiza, también en Alemania. Y entonces se cae en la cuenta de que no hay tanta diferencia entre las "dos velocidades" con las que se temía que Europa se desarrollase. Pero lo más impresionante es la revisión a la baja de las cifras del PIB: ni siquiera Alemania ha vuelto a los niveles de antes de la crisis. Aún así, debemos mantener la calma: la economía alemana sigue siendo sólida, aunque también sufra la ralentización actual en el mundo. No se excluye en absoluto la posibilidad de que, tal y como esperaban los demás países europeos, no sea la exportación sino la demanda interior la que mantenga a la economía alemana en los próximos meses.