Por fin ha llegado la hora de la verdad para el dictador y su régimen. Tras meses de una guerra olvidada a las puertas de Europa, con la derrota de Gadafi la OTAN podrá salvar la cara. En teoría. En la práctica, no será una situación fácil de gestionar. Si Europa, enfrentada con su crisis financiera, abandona a Libia a su suerte, la victoria bien podría acabar en un fracaso. "Un éxito catastrófico", tal y como recoge la expresión cínica y pesimista que circula por Bruselas.

Los precedentes, desde los Balcanes hasta Afganistán, han demostrado los costes y los riesgos de la posguerra. En el caso de Libia, el primer riesgo es que la caída de Gadafi genere un nuevo ciclo de violencia, al dejar a los civiles expuestos y que el gran frente de los "vencedores" quede inmerso en los ajustes de cuentas (pasados y presentes).

¿Cómo podrá garantizarse la seguridad? Está más que claro que Estados Unidos, tras participar de mala gana en las operaciones militares, lo único que quiere es marcharse de allí. Barack Obama no tiene ninguna intención de facilitar hombres ni ayudas económicas para gestionar un problema que considera que forma parte de las responsabilidades europeas.

La era post-Gadafi será incierta para la UE

Por su parte, Europa, que con París y Londres como directores de la intervención militar ha expuesto el límite de sus capacidades, pasará el relevo. Su intención es apoyar una hipotética misión de ayuda técnica inicial que se está tratando en la ONU y que se confiará a contingentes árabes y sudafricanos. El resultado es que en la era post-Gadafi, cobrará mayor importancia la función de países como Turquía y las monarquías del Golfo. Formalmente, las responsabilidades en materia de seguridad recaerán en los mismos libios. Con resultados inciertos, claro está. Incluso para los intereses europeos.

En el ámbito político, el riesgo es aún más evidente. Italia, Europa y Estados Unidos apostaron por una hipótesis precisa: que el Consejo Nacional de Transición (CNT) creado en Bengasi logre garantizar un proceso de reconciliación controlando las rivalidades tribales e iniciando la creación de instituciones nacionales en un país que siempre ha carecido de ellas. Se trata de una apuesta arriesgada, que se complica aún más por la función de los rebeldes del oeste y por la de los bereberes de los montes Nafusa [al suroeste de la capital] en la ofensiva militar en Trípoli.

¿Qué porcentaje de la Libia anti-Gadafi estará dispuesto a reconocer el liderazgo de Bengasi? Los europeos ya no tendrán la misma influencia una vez que los rebeldes asuman el poder. Es hoy (por no decir ayer) cuando hay que tratar las condiciones de la era después de Gadafi, antes de que se produzca el "éxito catastrófico" del que se habla en Bruselas.

Europa ganará y perderá esta guerra

Los acuerdos económicos pueden constituir un factor de impulso. Es más que probable y legítimo que los países europeos intenten garantizar sus intereses energéticos. Por otro lado, sería absurdo que Europa, tras haberse dividido por el apoyo a los rebeldes, se divida aún más por la gestión tras la guerra: la descongelación de los activos libios en Europa se debe utilizar para lograr garantías sobre el futuro de Libia.

En los últimos meses, Europa ha librado dos guerras. Una guerra interna con otros medios sobre el destino del euro y una guerra exterior tradicional sobre el destino de un país fundamental para el frente mediterráneo. Las tensiones internas sobre la gestión económica no han favorecido en absoluto al rendimiento europeo en materia de política exterior. Resulta muy reveladora la posición del país central, Alemania: se podría decir que de economista, tanto interiormente como en el exterior, tal y como ha demostrado la postura distante de Berlín con respecto a la guerra en Libia.

Pero lo cierto es que Europa ganará o perderá estas dos guerras al mismo tiempo. Si la eurozona se dividía según una línea Norte-Sur, la fractura económica y monetaria de la UE se convertiría en uno de los factores de inestabilidad geopolítica del Mediterráneo. Una posibilidad catastrófica para un país como Italia, pero que sin duda no se limitaría a los confines de la Europa del Rin.

Para los que razonan exponiendo los intereses políticos del Viejo Continente, la necesidad de detener el desplome de las Bolsas y gestionar el del régimen de Gadafi, estas tareas solo son aparentemente diferentes entre sí. La seguridad europea depende tanto de uno como de otro. Y también depende de nosotros: con el fin de la guerra en Libia, se acaba la época de la tutela estadounidense.