La pertinencia de una guerra que se termina no se juzga únicamente por los objetivos militares y políticos que se han cumplido, o no. En las trincheras, en medio del fragor de la batalla y del ruido de los cañones, la guerra sirve también para poner a prueba el equilibrio de fuerzas entre las potencias, revela a los ejércitos sus puntos fuertes y sus debilidades e influye sobre las relaciones diplomáticas de los países que toman parte en ella. Bajo este punto de vista, la campaña de Libia proporciona unas enseñanzas particularmente jugosas.

Primera lección: los objetivos, más bien ambiciosos, de la intervención se han conseguido con medios relativamente modestos, es decir, sin haber enviado fuerzas terrestres, a parte de las fuerzas especiales y de los asesores militares sobre el terreno. “Una operación militar limitada a dos batidas, una aérea y otra marítima, puede tener el impacto suficiente para influir sobre el equilibrio de las fuerzas estratégicas sobre el terreno”, apunta una fuente de la OTAN.

Desde el principio, ésta fue la apuesta de Nicolas Sarkozy. “El final de la guerra corrobora que las decisiones militares y diplomáticas de París eran totalmente válidas. Simplemente, una campaña aérea como ésa, gestionada sin el apoyo masivo de los Estados Unidos, a la fuerza debía enmarcarse en un plazo más largo”, comenta Arnaud Danjean, que preside la sub-comisión de defensa del Parlamento Europeo.

Segunda enseñanza: al contrario de lo que temía inicialmente Francia, la entrada de la OTAN, organización militar dominada por los Estados Unidos, fue aceptada políticamente por los Estados de la región, algunos de los cuales incluso han colaborado: Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Jordania.

La Europa de la defensa no ha tenido éxito

Respecto al aspecto diplomático, la intervención en Libia ha confirmado una tendencia que se viene diseñando desde hace tiempo desde el otro lado del Atlántico: la disolución progresiva del interés norteamericano con respecto a Europa. Manteniendo su influencia sobre la cadena de mando, poniendo a disposición de los aliados sus aviones de abastecimiento, sus aviones no tripulados y sus medios de vigilancia y sus servicios secretos, los estadounidenses han puesto rápidamente fin a la participación de sus aviones de combate.

“Los Estados Unidos no quieren y tampoco pueden hacerse cargo de todo los problemas de seguridad del mundo. Sus intereses estratégicos, sin embargo, se han volcado hacia el Este. Y este fenómeno no ha hecho más que empezar. Los estadounidenses quieren socios sólidos capaces de tomar por su parte iniciativas en Europa”, prosigue Arnaud Danjean.

La campaña libia ha mostrado justamente que Europa, gestionada por dos países líderes, era capaz de dirigir una operación militar de envergadura. Esta demostración anticipa lo que en el futuro podrían ser las operaciones de la Unión Europea. Francia y Gran Bretaña, que hace un año acercaron sus estructuras defensivas, han reforzado su alianza en el cielo libio, confirmando así que son los mejores aliados militares. “La coordinación con Londres ha sido perfecta de principio a fin”, confirma un responsable de la OTAN.

También revela sus carencias: si Europa hubiese querido renunciar al apoyo estadounidense, no hubiese podido hacerlo a menos que dispusiese de un centro de mando de operaciones. Si se saca una rápida lección de la operación libia, París y Varsovia han tratado de resucitar la idea del famoso cuartel general europeo. Pero esta tentativa se enfrenta a un nuevo rechazo, muy claro, por parte de los británicos. Frenada por las reticencias de Londres y discapacitada por el bloqueo de Berlín, la Europa de la defensa, bajo este punto de vista, verdaderamente no ha tenido éxito a la hora de levantar el vuelo sobre Libia.

Carencias del ejército francés

Desde un punto de vista estrictamente militar, la campaña aérea en Libia ha estado marcada por la actuación del cazador polivalente Rafale (construido por el grupo Dassault, propietario de Le Figaro) y de los helicópteros de ataque. Todo ello impecablemente, o casi. Gracias “a unas reglas de compromiso muy estrictas, un procedimiento de validación de los objetivos riguroso y a la importante movilización de los recursos de los servicios secretos”, explican desde la OTAN.

La campaña libia proporciona también lecciones sobre la capacidad del ejército francés. Ha mostrado la carencia en los medios de abastecimiento en vuelo, respecto a los aviones no tripulados y a los misiles antirradar, que será necesario subsanar para un día poder actuar, si llega el caso, sin ayuda de los estadounidenses. ¿Ayudarán las lecciones extraídas de la guerra a ganar la paz?

El eurodiputado Arnaud Danjean así lo espera: “El juego diplomático fortalece a Francia, la experiencia que se ha acumulado pacientemente durante la campaña aérea son una baza importante que deberá permitir que Francia juegue un papel para que la transición tenga éxito”.