Hemos oído de todo. Que la guerra se estancaba. Que los insurgentes estaban desorganizados, sin disciplina, heridos. Que el CNT estaba dividido, desgarrado en facciones rivales y tribalizadas. Además, llegó un momento en el que las tribus fieles a Gadafi se oponían, en sus bastiones de Trípoli, con una resistencia implacable y de larga duración. Por su parte, Nicolas Sarkozy, se había embarcado en una aventura incierta, mal ideada, mientras sus propios amigos políticos sólo pensaban en salvarle.

Lo cierto es que, una vez más, se enfrentaban esos dos grandes partidos, tan conocidos como la política. Por una parte, la eterna familia, no tanto los enemigos de los pueblos ni los amigos de los tiranos, sino los paralizados por el Poder, los hechizados por la Tiranía, la eterna familia, sí, de los que no llegan a imaginar, ni siquiera a imaginar, que el orden de las dictaduras es transitorio, efímero como todos los órdenes humanos, o puede que incluso más.

Y por otro lado, el gran partido de aquellos cuya extraña pasión, esa parálisis del alma por la Gorgona o por el monstruo frío, no ha oscurecido el juicio y que son capaces de concebir, sólo de concebir, que los dictadores se mantienen únicamente por el crédito que se les concede, es decir, por el miedo que suscitan entre sus sujetos, así como por la reverencia que inspiran al resto del mundo y que, cuando el crédito se esfuma, cuando se desvanece como un mal hechizo o un espejismo, se hunden como castillos de arena o se convierten en tigres de papel. Llegado el momento, relataría en detalle lo que he presenciado en Libia y fuera de Libia, durante estos seis meses que quizás hayan cambiado el rostro de este comienzo de siglo.

La honradez del CNT

Pero de momento, quisiera homenajear a los que, tanto allí como aquí, no se han rendido tras hacer esta apuesta, tan natural, pero que a muchos parecía insensata, por la simple libertad de los hombres. Quisiera hacer justicia a esos combatientes libios que hemos osado en tachar de huidizos como conejos ante las legiones de un diablo de teatro, pero que he tenido el privilegio de frecuentar en los frentes de Brega, Ajdabiya, Gualich, Misrata, y que, de nuevo, ilustraban esa fuerza invencible que siempre he encontrado, a lo largo de mi vida, en los que hacen la guerra sin amarla.

Quisiera destacar la honradez de ese CNT que he visto nacer y luego crecer con madurez y que, con sus hombres y mujeres de diversos orígenes, demócratas de siempre o tránsfugas del gadafismo, llegados de un largo exilio u oponentes del interior, tampoco tenía experiencia en la democracia ni en asuntos militares pero que ha sabido, a pesar de todo, añadir una magnífica página a la historia mundial de las resistencias.

Quisiera aplaudir a los aviadores europeos y, en especial, a los franceses, por librar una guerra que no era en absoluto la suya, pero cuya misión fue tomarse el tiempo necesario para socorrer a las poblaciones civiles por orden de las Naciones Unidas; por exponerse si era necesario a los rayos de los impacientes que no habían sido conscientes del tiempo transcurrido durante los cuarenta y dos años de dictadura, pero que después de cien días, el tiempo les parecía interminable, desde el momento en el que se trataba de salvar a inocentes; y por ponerse a menudo en peligro antes que correr el riesgo de tocar un objetivo civil.

Libia, como Irak, quedará en los anales de la historia

Y por último, en cuanto a Nicolas Sarkozy, puede que no estemos de su parte, puede, como es mi caso, que nos opongamos al resto de su política: pero ¿cómo no reconocer que ha sido Francia bajo su presidencia la que ha tomado la iniciativa de asistir al nacimiento de la Libia libre? ¿Cómo no aclamar la tenacidad inédita que ha demostrado en cada una de las fases de esta guerra? ¿Y cómo no constatar que habrá hecho por Libia lo que un François Mitterrand se había negado a hacer, hasta el final, por la Bosnia desmembrada?

Los rebeldes, con el apoyo de Francia y sus otros aliados, han escrito una nueva página en la historia de su país. Más allá de su país, han inaugurado una era de la que es difícil pensar que no tendrá repercusión en el conjunto de la región y sobre todo en Siria. Y también quedará para siempre en los anales de la historia esa anti-guerra de Irak, esa intervención militar que llegó, no para imponer la democracia sobre la cabeza de un pueblo silencioso, sino para apoyar una insurrección que ya la reclamaba y que para ello se había dotado de una representación transitoria pero legítima.

Lo que muere es el concepto antiguo de la soberanía en la que todos los crímenes se permiten siempre y cuando se cometan dentro de las fronteras de un Estado. Lo que nace es la idea de una universalidad de los derechos que ya no será una simple ilusión, sino una ardiente obligación para todo aquel que crea realmente en la unidad de la especie humana y en la virtud del derecho de injerencia de la que es corolario. Como es natural, llegará el momento de las preguntas, de las dudas, quizás de los pasos en falso, de los ajustes de cuentas y de los primeros reveses: pero serían más que mediocres los que en este momento critiquen la alegría que debe inspirar este acontecimiento, a todas luces sobrecogedor.