El presidente rumano Traian Băsescu recientemente ha recordado en varias ocasiones la necesidad de crear los Estados Unidos de Europa. Pero sólo sería posible si los países que formaran parte de ellos aceptaran "ceder una parte de su soberanía", obligados ante las necesidades económicas y financieras evidentes en estos años de crisis. Se trataría por lo tanto de un mal necesario, de una táctica de supervivencia en esta parte del mundo enfrentada a grandes problemas, desequilibrios y provocaciones.

No creo que esa posibilidad sea realista ni deseable, si se toma como modelo una federación como la de los Estados Unidos de América, tal y como se deduce de la expresión de Traian Băsescu. Es más, creo que no hay ningún sistema federal de los que existen actualmente en el mundo que pueda servir de modelo para una Europa unida. Para que Europa pueda funcionar unida (como ya lo hace en cierto modo) necesita otras bases, específicas de nuestro Viejo Continente, y no sólo la de la pura supervivencia económica.

En primer lugar, los Estados europeos no son rectángulos dibujados de forma arbitraria sobre una superficie de terreno. Poseen una historia milenaria. Tienen su propio idioma, sus propias tradiciones, su propia psicología, su propio etos, su propio subconsciente colectivo compuesto por un conjunto de recuerdos, de fantasmas, de heridas aún abiertas y de frustraciones acumuladas en una historia común. Ese pasado que supura de cada piedra, que alimenta el nacionalismo subsidiario de los pueblos europeos, sus complejos de superioridad y de inferioridad.

La tendencia a la división continúa

Nada es sencillo en Europa: ni las fronteras, ni las leyes, que difieren en gran medida entre un Estado y otro. Incluso el sistema de pesos y medidas es distinto, al igual que la circulación a la derecha o a la izquierda de las calles. Todo esto, hechos insignificantes o generales, constituyen una fuerza de rechazo imposible de ignorar entre los Estados de nuestro continente.

Esa conciencia nacional, creada durante el periodo romántico y que degeneró en forma de nacionalismos chovinistas, agresivos y creadores de estereotipos, brotó con sus flores envenenadas el siglo pasado. El ideal heroico se transformó en una pesadilla de totalitarismos y de guerras mundiales. Decenas de millones de ciudadanos europeos fueron masacrados en nombre del patriotismo y del nacionalismo exacerbado. La Guerra Fría y el Telón de Acero entre el Oeste y el Este del continente también contribuyeron a la mutilación de la conciencia europea, al menos de lo que quedaba aún tras el anterior infierno histórico.

La tendencia a la división basada en principios étnicos continúa hoy, desde Bélgica hasta la exYugoslavia. A esto se añade la división religiosa del continente según otras fronteras distintas a las nacionales, lo que produce la famosa falla de Huntington, que atraviesa también Rumanía. ¿Qué fuerzas centrípetas podrían oponerse a la terrible fuerza centrífuga del nacionalismo?

El sentimiento de pertenecer a una civilización

Por suerte, dichas fuerzas existen y no se relacionan con la centralización y la estandarización legislativa de Bruselas. Se trata del espíritu europeo. De la extraordinaria alianza cultural y artística del continente que, a fin de cuentas, generó nuestra civilización, edificada sobre las espaldas de Homero, Sócrates, Dante, Leonardo da Vinci, Shakespeare, Newton, Vermeer, Goethe, Kant, Beethoven, Proust, Einstein, los primeros que se me vienen a la cabeza entre las grandes figuras que pensaron y crearon en otros tiempos.

Europa es en primer lugar y ante todo un concepto cultural, un estado de ánimo, el sentimiento de pertenecer a una civilización. Es el continente de los museos, de las salas de conciertos, de las catedrales. Es el espíritu intelectual dubitativo, lento pero profundo, encarnado por un Hamlet pensativo (el arquetipo del europeo), en contraposición al hombre de acción. Es la Grecia del presente, para la que Estados Unidos es como si fuera Roma. No hay ningún motivo por el que Atenas desee convertirse en una Roma.

La Europa unida nunca lo estará en el sentido de la federación de los Estados americanos. Su oportunidad reside en la búsqueda y en el descubrimiento de un punto de equilibrio entre el nacionalismo de los Estados que colaboran y el espíritu europeo, del libre pensamiento y la creatividad. Pero si el espíritu europeo lleva como lastre una burocracia centralizada en exceso y una estandarización que no tiene en cuenta las condiciones locales, como sucede actualmente, la unidad tendrá pocas posibilidades de sobrevivir. Muy pocos serán los Gobiernos que estén dispuestos a ceder más soberanía de los Estados que representan a un monolito que parece tender a un tipo de socialismo económico ultra-planificado.

Porque en Europa no se cede únicamente la soberanía, sino historia viva, profundamente arraigada en el pasado. Para renunciar a esta última, hay que tener la esperanza de algo mucho mejor.