Durante décadas, los españoles han sido muy transigentes con los turistas extranjeros y los océanos de alcohol que consumen en los centros turísticos de la costa cada verano. Pero esto ha llegado a su fin. La fiesta se ha acabado en una de las poblaciones más emblemáticas del turismo masivo, Lloret de Mar, en la Costa Brava. Allí, la policía disparó balas de goma a unos grupos de juerguistas borrachos cuando actuaron como enajenados por la ciudad, rompiendo escaparates de establecimientos e incendiando un coche de policía. Las dos noches de conflictos que se prolongaron hasta las siete de la mañana se saldaron con 20 heridos, nueve de ellos agentes de policías y 20 detenidos. En esta ciudad de 40.000 habitantes, con 25 discotecas, 261 bares y alrededor de un millón de turistas al año, todos los detenidos eran extranjeros.

Ya en 2004, tras unos incidentes similares, el entonces consejero catalán de Interior acuñó la expresión de "turismo de borrachera" y se hicieron promesas de hacer una limpieza. Pero ahora, el año en el que el expatriado británico de 15 años Andrew Milroy fue apuñalado a las afueras de una discoteca, las autoridades afirman que van en serio. "Hemos tocado fondo en estas cuestiones", comentaba Roma Codina, alcalde de Lloret de Mar. "Cerraremos los bares más conflictivos y prohibiremos la prostitución en público". Además, se acortarán los horarios de cierre de las discotecas y se tomarán medidas enérgicas contra el consumo de alcohol de menores. También se ha intensificado en gran medida la presencia policial.

El peligro de tirarse desde un edificio

Pero cuando las cosas acababan de tranquilizarse en Lloret de Mar, surgieron problemas en otros lugares. Las autoridades de las Islas Baleares han contemplado recientemente una nueva oleada de muertes por practicar "balconing", un juego en el que los turistas ebrios saltan de las habitaciones del hotel a las piscinas que se encuentran abajo. Este año se han producido tres muertes, de dos británicos y un italiano, todos menores de treinta años, y más de una decena de heridos por tirarse desde balcones en Ibiza y Mallorca. Los propietarios de hoteles mallorquines afirman que están colocando barandillas más altas en los balcones, así como pantallas entre las terrazas; también se ha hecho un llamamiento para que se realicen campañas educativas en los países nativos de los turistas. Lo único que se han hecho son unos panfletos en los que se explican los peligros de tirarse de cabeza de un edificio.

Y en Magaluf, hasta hace poco ni siquiera había que beber para emborracharse. El 25 de agosto, la policía confiscó en bares y en discotecas de la ciudad seis máquinas de chupitos de oxígeno u "oxy-shot", que convierten el alcohol en gas, de forma que el cuerpo lo absorbe de 10 a 15 veces más rápido que en estado líquido. Esta última moda que llegó a Mallorca ya se ha prohibido. José Cabrera, toxicólogo, explica que "los chupitos de oxígeno pueden destrozar los pulmones, porque no hay forma de eliminar las toxinas, que es lo que ocurre cuando el alcohol pasa por el hígado".

"Guetos" ingleses y alemanes

Aunque no todo el mundo se comporta mal, por supuesto. "La gran mayoría de turistas vienen para pasar unas vacaciones agradables", afirma un español cuyo nombre corresponde a las siglas MLC. Se encarga desde hace 12 años del reparto de cervezas en El Arenal y Magaluf, dos de los principales "guetos" alemanes y británicos de Mallorca, tal y como los denominan los españoles. "Pero me he dado cuenta de que los que beben más ahora son más jóvenes, quizás de 15 o 16 años. Beben más cantidad y son más violentos de lo que solían ser. No iría nunca solo a esos guetos. Da mucho miedo. Pero son sólo los británicos. Con los alemanes no hay problema: beben y se ponen a cantar".

El sábado, a la una de la noche en Benidorm, en una plaza apodada "Plaza Británica", el ambiente es cualquier cosa menos tranquilo. Lo primero que se advierte es que no se escucha ni una palabra de español, ni siquiera se ve en los miles de anuncios y carteles en inglés de pintas, pasteles y fútbol. Largas filas de jóvenes se tambalean y se abren camino entre grupos de bebedores en la parte exterior de una fila de pubs al aire libre, todos con nombres que suenan a británicos, como Piccadilly, Carnaby Street o The Red Lion.

Se ve a la gente beber, muchísimo, pero a nadie vomitando aún, y no hay conatos de ninguna pelea. Incluso algunas familias pasean con sus hijos de seis o siete años por los alrededores. Cuando surgen los problemas, los residentes británicos insisten en que suele limitarse a una zona determinada. "Es por los alrededores de la 'Plaza Británica' donde se ve a los chicos caerse y vomitando" comenta Tracy, camarera en uno de los pubs británicos más antiguos de Benidorm, el Duke of Wellington.

Guerra de precios irrisorios

Entre los europeos del norte, la demanda de vacaciones baratas repletas de alcohol (incluso por 200 euros una semana) es tal, que la región de Alicante ha perdido media docena de sus hoteles de cinco estrellas más emblemáticos en los últimos tres años. Otros han bajado su categoría a tres o cuatro estrellas. "Ahora tienen 'horas felices' que duran incluso toda la mañana", confirma MLC.

En Barcelona, el tercer destino europeo más popular entre los juerguistas británicos, prohibieron las 'horas felices' hace dos años. Pero en Benidorm y en otros centros turísticos, la guerra de los precios ha llegado a extremos ridículos. En Benidorm, la semana pasada se podían tomar dos cubatas (equivalentes a tres o cuatro medidas británicas) de vodka por 4 euros, o bien una pinta de cerveza por 1 euro "hasta que se marcara el primer gol en el partido de Liga".

Pero, tal y como se están dando cuenta los españoles, estas ofertas son un arma de doble filo. Ofrecer alcohol más barato significa más negocio, pero también implica más agresiones temerarias y gamberradas sin sentido. Y hasta que no se resuelva esta paradoja potenciada por el alcohol, son tendencias que pueden resultar difíciles de detener.