Llagas abiertas, huesos en carne viva, dedos que faltan. Un horror a juzgar por cómo describían en los años noventa los periodistas un lugar que oficialmente ni siquiera existía: la leprosería de Tichileşti, en el departamento de Tulcea (al este de Rumanía). En los últimos veinte años, la situación ha cambiado. Un hombre ha puesto en práctica sus conocimientos médicos y a gracias a sus competencias comunicativas ha transformado de abominable a idílica la imagen de un hospicio dedicado a personas que padecen una enfermedad que se consideraba incurable: la lepra.

Cuando llegó a Tichileşti en 1991, Răzvan Vasiliu únicamente había visto leprosos en los libros. Allí se encontró con 61. Hoy quedan 19, y a sus 53 años, es el único especialista rumano en tratar la lepra.

Al principio, Tichileşti fue un monasterio que proporcionaba cuidados a los leprosos, dentro de un marco no institucionalizado. "La leprosería fundada oficialmente en 1900 fue desmantelada por los búlgaros que ocuparon la región de Dobrogea. En 1924, el gran periodista rumano Brunea Fox publicó un reportaje que fue una bomba; "Cinco días entre leprosos" llegó a sensibilizar al Estado y a la sociedad civil. Una noche de agosto de 1928, se llevaron a los supervivientes en carros. Había 180", cuenta Răzvan Vasiliu.

"Hasta 1990, no existe registro alguno en que conste la leprosería, pero a sus pacientes no les faltaba de nada", recuerda el médico. "Lo que se decía al respecto es que ya estaban muertos, solo que no lo sabían todavía. Pero yo traté a los pacientes como a seres humanos. Se pelean entre ellos y hay que apaciguarlos. La última vez, la disputa era si veían la telenovela o un partido. Me trataron de convencer tanto por ambas partes que acabé dejándoles mi tele", se divierte contándolo.

Perder algún cachito de sí mismo...

El médico ocupa una casa dentro del conjunto "residencial" levantado hace más de 60 años. Por 2.600 lei al mes (650 euros), vive allí de lunes a viernes. Es uno de los escasos médicos que no tiene ingresos por sobornos. Una persona con lepra recibe 80 bani al día (20 céntimos de euro). El doctor es el jefe, pero un "alcalde" representa a los leprosos.

Hasta hace bien poco, se detenía a los leprosos por motivos estéticos o por ignorancia. Hoy, todos los pacientes del hospital de Tichileşti pueden moverse a su antojo si cuentan con un permiso. La mayoría son ancianos, sin familia y no pueden valerse por sí mismos. Sin contar con que, de vez en cuando, pierden algún cachito de sí mismos…

Hima Dumitru es la estrella de la "reserva", el miembro más antiguo de la comunidad, una ucraniana que recibió el bautismo hace 83 años, oriunda de Chilia Veche. Era joven cuando le diagnosticaron la lepra. Desde hace 65 años vive en la misma casita sobre una loma con vistas al valle. "Tras la guerra, el señor de la estatua [en el patio del hospital hay un busto del doctor Alexandru Filipeanu, que trabajó allí entre 1938 y 1959] me dio pastillas. Durante tres años, me trataron así. Estaba cubierta de lepromas rojos y dolorosos, que desaparecieron. Después habría podido irme, pero me hice cargo de una joven huérfana. Me casé con su padre". A continuación, justo antes de ponerse a leer la Biblia, concluye: "La lepra es una gran dama".

Asociado con el Consejo Departamental de Tulcea, el doctor Vasiliu creó una residencia para personas mayores en el recinto del hospital para leprosos. "Ahora es la más moderna de la región y tenemos a nuestro cargo a 30 personas. Querríamos que el aislamiento termine. Puede que Tichileşti se convierta en un hospital geriátrico o de cuidados paliativos...", sueña con los ojos abierto el simpático médico.