Bruselas. Veintisiete Estados miembros para 785 diputados elegidos cada cinco años que trabajan con constancia en cuestiones cuyo impacto sobre la vida de los habitantes de la Unión Europea es inmediato. El derecho a expresarse en su propia lengua es uno de los derechos inalienables de los parlamentarios europeos. Las lenguas oficiales son veintitrés. Una verdadera Babel, si no fuera por el pequeño ejército, discreto y eficaz, de intérpretes que traducen en sus cabinas de cristal los discursos de los oradores a medida que los oyen en sus auriculares.

Olga Cosmidou es directora general de los servicios de interpretación. Con su equipo, se encarga, entre otras cosas, de reclutar a buenos intérpretes en los distintos países: "Mi equipo y yo garantizamos que se respete el derecho de cada diputado a expresarse en su lengua, y que el servicio de traducción pueda disponer de todos los documentos en cada una de las lenguas de la Unión. En comparación, el servicio de traducción de las Naciones Unidas, que cuenta con seis lenguas oficiales, es una broma. Además aquí utilizamos sistemas transversales: el intérprete estonio, por ejemplo, traduce al inglés el discurso del diputado de su país y otros traducen del inglés hacia las demás lenguas. La calidad tiene una gran importancia, ya que la interpretación es una cadena cuya fuerza depende de su eslabón más débil. Las semanas de sesión plenaria en Estrasburgo son tan intensas que, entre funcionarios y free-lance, tenemos que recurrir a casi mil intérpretes."

La selección es muy dura, y los estándares son los más elevados del mundo. "Un intérprete debe dominar todos los temas sin ser experto en ninguno", afirma sonriendo Rita Silva, responsable de la Unidad de programación central del equipo de intérpretes portugueses desde 1986. "Tenemos que mantenernos constantemente informados sobre los temas más variados que puedan tratarse en el Parlamento. Al final adquirimos una extraña cultura enciclopédica. En el fondo, la curiosidad intelectual es la que motiva a alguien a emprender una carrera de este tipo. Pero también se requiere una gran humildad. Hay que estar dispuesto a admitir sus errores, ya que siempre cabe la posibilidad de que uno se equivoque o haya entendido mal. En ese caso, uno se disculpa, pide al diputado que repita, y prosigue".

Cada vez que un nuevo país se dispone a entrar en el Parlamento Europeo, se recurre a las universidades, a las facultades de interpretación y a los profesores de lenguas para encontrar nuevos intérpretes que estén a la altura. Anna Grzybowska es la jefa de la "Cabina polaca" y también es responsable de las misiones en el extranjero del grupo de intérpretes que llegó en el momento de la ampliación a diez países en el año 2003. "La entrada de Polonia y otros nueve países (la República Checa, Estonia, Letonia, Chipre, Lituania, Hungría, Malta, Eslovenia y Eslovaquia) supuso una suerte de paso a la adolescencia para este organismo vivo que es el Parlamento Europeo. Y ya se sabe que, para los padres, esa no es una etapa fácil. Lamento que algunas personas hayan podido sentirse decepcionadas, pero quizá había demasiadas expectativas. Muchas cosas no son competencia del Parlamento Europeo, sino que dependen únicamente de los Estados miembros".

Elisabetta Palmieri empezó como freelance y al cabo de veinte años ha logrado entrar a formar parte del cuerpo de cuatro cientos intérpretes funcionarios. "Nuestro trabajo no consiste únicamente en traducir en tiempo real lo que dice la persona, sino también en transmitir el acto de comunicación en su conjunto que, además de palabras, incluye, a menudo, ideas implícitas, una dimensión física y el contexto en el que el orador pronuncia su discurso. Es un trabajo estresante, sobre todo en las sesiones plenarias, donde los diputados tienen un ‘tiempo de uso de la palabra’ que va de uno a cinco minutos. Y tratan de explotarlo al máximo. A menudo, los discursos se leen a una velocidad de elocución que, para nosotros, es un verdadero desafío". A veces, se producen incidentes embarazosos, como el día en que Berlusconi llamó "capo" a Martin Schultz. Susanne Altenberg, de la Escuela de Intérpretes de Colonia, estaba presente ese día en cabina. "Vi que mi colega se ponía pálida al tener que traducir el insulto a Schultz. Pero son cosas que suceden. La política enciende las pasiones y a veces los ánimos se caldean".