Los europeos andaban ocupados en resolver las dificultades de última hora antes de la votación en la ONU sobre Palestina [prevista para el 23 de septiembre]. En primer lugar, intentaban encontrar una posición común entre los mismos países europeos; en segundo lugar, querían evitar el bochorno ante los estadounidenses si finalmente no votan como ellos contra la integración de los palestinos en la ONU; en tercer lugar, también pretendían evitar la vergüenza ante los palestinos si no votan a su favor, conforme a su promesa de apoyar la independencia de un Estado palestino “en el momento oportuno”.

Europa se ha querido mantener en una posición intermedia. Sus grandes ideas se resquebrajaron con una propuesta de compromiso, un compromiso que Catherine Ashton [la alta representante de Política Exterior de la UE] intentó vender a la tríada estadounidense-israelí-palestina y que perjudicaba a los palestinos. Se trataba de instarles a que dieran preferencia a un voto en la Asamblea General y que renunciaran al voto en el Consejo de Seguridad, para no poner en un aprieto a sus miembros.

De igual modo, querían que aceptaran la propuesta de Nicolas Sarkozy de asumir un estatus similar al del Vaticano, con una serie de competencias complementarias, como la adhesión a la Unesco, etc. Como contrapartida, habrían logrado de los estadounidenses la promesa de no votar en contra en la Asamblea General y la de los veintitrés países europeos de votar a favor, lo que habría aportado al estatus de observador de los palestinos un peso político adicional.

"No, gracias" a la propuesta de la UE

Sin embargo, los palestinos tendrían que comprometerse a dos cosas: en primer lugar, el regreso a la mesa de negociaciones según el marco trazado por Barack Obama, es decir, que las fronteras de 1967 deben servir de base en las negociaciones, con la posibilidad del intercambio de territorios [la mayoría de las colonias judías en Cisjordania serían parte de Israel]; en segundo lugar, la promesa de no llevar a Israel ante el Tribunal Penal Internacional (TPI) de La Haya.

El primer punto no es ninguna novedad. El mismo presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, había declarado que después de la votación en la ONU, las negociaciones iban a ser el siguiente paso. Sin embargo, sí es nueva la idea de privar a los palestinos del derecho a recurrir al TPI. Esto equivalía a privar a los palestinos del arma que les habría permitido reequilibrar las relaciones de fuerza en las negociaciones. Si los palestinos pudieran llevar ante este tribunal los asuntos de la ocupación, la colonización, los asesinatos y el castigo colectivo que constituye, por ejemplo, el asedio de Gaza, podrían acorralar a Israel y salir del punto muerto en las negociaciones.

De este modo, con su propuesta “intermedia”, Europa se sitúa como una alternativa a los estadounidenses para proteger los intereses de Tel-Aviv. Se sigue mostrando generosa con los palestinos y les ha hecho en varias ocasiones bonitas promesas. Hoy espera quedarse en un punto intermedio, hipotecando el futuro de las generaciones palestinas. La propuesta que yo les hago a los palestinos es la siguiente: que contesten al compromiso elaborado por los europeos con un “No, gracias”.