Los embusteros vuelven a la carga. En los carteles a favor de Lisboa se proclaman consignas como “Irlanda necesita a Europa” o “Di sí al trabajo, di sí a Europa”. Taoiseach Brian Cowen dice que si volviéramos a votar en contra del Tratado, los demás miembros de la UE crearían una “Europa a dos velocidades”. ‘‘Lo mejor para Irlanda es estar en el núcleo de Europa".

Él y otros hacen una crítica enconada de la desinformación que caracterizó a la campaña del “no” el año pasado en lo referente al reclutamiento, el aborto y los impuestos. Puede que aquellos mensajes fueran falaces, pero también lo han sido los de los partidarios del “sí”. ¿Qué tiene que ver el tratado con la necesidad que pueda tener Irlanda o no de pertenecer a Europa? Se supone erróneamente que si votamos en contra de nuevo, no sólo estaremos rechazando el tratado, sino también a la UE. ¿Qué tiene que ver con Lisboa lo de “Di sí al trabajo, di sí a Europa”? Vuelven a meternos miedo con la mentira de que si votamos en contra, estaremos votando contra el empleo y contra Europa.

El mito de una Europa a dos velocidades

Por lo que respecta a la amenaza de las dos velocidades, es imposible que la UE cambie las normas y opte por que un núcleo interno avance en el proceso de integración dejando a un núcleo externo en el carril lento. Eso no podrá hacerse a menos que votemos a favor de un tratado que lo apruebe. El objetivo principal del Tratado de Lisboa consistía en dinamizar la toma de decisiones, ya que Europa estaba alcanzando un tamaño que hacía que los antiguos mecanismos de decisión resultaran demasiado pesados para ser eficaces... o por lo menos, eso se pensaba.

También se tenían en cuenta las inquietudes acerca de los valores democráticos de la UE. A los parlamentos nacionales se les iba a dar un papel en la legislación comunitaria y el Parlamento Europeo iba a tener mayor competencia. Pero, tras cinco años funcionando según las viejas normas, hemos comprobado que la UE marcha perfectamente y que los temores de entonces eran injustificados. En cuanto al tema de la democracia, el problema principal sigue siendo el mismo. El Consejo de Ministros, principal órgano de decisión, no es responsable.

Entre los cambios propuestos, se preveía también poner fin al circo de la rotación en la presidencia que cada Estado miembro ocupa durante seis meses. Al haber 27 Estados miembros, cada Estado debe esperar trece años y medio para disfrutar de sus seis meses de poder. Los problemas logísticos a este respecto son evidentes y a algunos Estados se les da mejor llevar la presidencia que a otros. También se planteaba el "problema" de los Estados miembros que intentaban seguir su propia agenda cuando les tocaba hacerse cargo de la presidencia.

Los riesgos de una política extranjera común

Parecía lógico acabar con aquello y tener una sola presidencia: un único presidente del Consejo Europeo con un mandato de cinco años. Esto traía aparejada la idea de tener un solo representante de Europa en materia de asuntos exteriores. Parecía mejor una que tres personas: un comisario, el Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Comúny el ministro de Asuntos Exteriores del país que ocupara la presidencia. Pero estas ideas tan "lógicas" revisten aspectos peligrosos. La presidencia rotativa, aunque era un poco desordenada, conseguía descentralizar el poder comunitario de Bruselas. La persona que ocupara el cargo de presidente durante cinco años sería inevitablemente la elegida por las grandes potencias (Alemania y Francia) y seguiría su agenda. Si hubiéramos tenido un solo ministro de Asuntos Exteriores, un mensajero unívoco de la política exterior comunitaria, en 2003, cuando tuvo lugar la invasión de Irak, nos habríamos implicado hasta el cuello en aquella empresa criminal... no necesariamente en el plano militar, sino en el político.

Así que, ¿para qué sirve el tratado? Viene a resumirse en lo siguiente: sirve para que no molestemos a nuestros socios comunitarios en un momento en el que necesitamos su indulgencia para que el BCEsiga dándonos crédito. Pero, ¿es cierto entonces que el BCE nos negaría sus fondos como castigo por haber vuelto a votar en contra? Y, ¿no dice bien poco de las razones para votar a favor que hayan degenerado en mero chantaje?

Un tratado ininteligible

Hay motivos poderosos para votar en contra. En primer lugar, el Tratado de Lisboa es una estafa articulada a propósito para que el electorado en otros Estados miembros no tenga ni voz ni voto en lo relativo a los cambios propuestos. Se trata de una nueva redacción de la Constitución Europea que fue rechazada en Francia y en los Países Bajos, para luego ser reformulada de una manera lo bastante oscura como para permitir que los gobiernos de éstos y otros Estados miembros pudieran argumentar que no hacía falta que el electorado decidiera: sería suficiente con el visto bueno parlamentario. Ahora al electorado irlandés se le pide que vuelva a votar a favor de un tratado que es ininteligible. Sólo por eso deberíamos votar en contra.

En segundo lugar, por primera vez el tratado incorpora en la estructura institucional comunitaria a la Agencia Europea de Defensa, cuya función primordial consiste en ayudar a la industria armamentística europea a prosperar... es decir, que sirve para contribuir a perfeccionar instrumentos de muerte. Los defensores de la UE siempre nos dicen que la organización ha mantenido la paz en Europa durante cincuenta años. ¿Cómo puede justificarse entonces la incorporación de los perros de la guerra en su estructura institucional? En tercer y último lugar, el tratado busca una centralización del poder en la UE. Por eso sí que no podemos pasar.