Da igual el número de elaborados discursos que los líderes europeos den sobre democracia, las acciones de la UE siempre los van a contradecir. La votación de ayer en el Parlamento Europeo, con la que se reeligió a José Manuel Barroso para ocupar otros cinco años más el cargo de presidente de la Comisión Europea es un buen ejemplo de esto.

Hemos asistido a la reelección de un hombre en quien nadie parece confiar para que lleve a cabo la labor de máximo representante de la UE posiblemente en el momento más determinante para Europa, que todavía está padeciendo la recesión y que tiene que enfrentarse a importantes desafíos como el cambio climático, la seguridad energética y las relaciones internacionales.

No hay otros candidatos dignos de este nombre

Que conste que no pretendemos insultar a Barroso, el ex primer ministro de Portugal ha hecho lo que ha podido para hacerse camino entre la maraña de políticas derivadas de la nueva “Constitución” y su rechazo por parte de los irlandeses, franceses y holandeses. Pero la realidad es que la primera vez que fue elegido hace cinco años como presidente de la Comisión fue porque las autoridades europeas no se pusieron de acuerdo sobre ninguna de las otras alternativas. Esta vez los líderes le han reelegido por la misma razón (aunque Sarkozy insistió bastante a favor de un francés) y porque los partidos de centro izquierda no han dado con un candidato propio que tuviese posibilidades.

Pero no toda la culpa la tiene Europa. Basta sólo considerar la importancia que tienen en el Reino Unido las “QUANGO” (organizaciones no gubernamentales cuasi-autónomas) para darse cuenta de que siempre que se requiera un consenso, para cualquier trabajo terminará eligiéndose a la persona menos problemática, no a la mejor. El aquelarre de 27 líderes que consideran que la UE es el lugar ideal para patrocinar candidatos nacionales no va a inclinarse a favor de una figura destacada que acabará rebatiendo las cosas.

Un absurdo democrático

Pero la UE se ha convertido, consciente o inconscientemente, en la asociación más eficaz y lógica en la que desarrollar políticas comunes sobre recuperación económica, objetivos medioambientales e iniciativas de política exterior y, a fin de cuentas, defensa y seguridad. Sería una locura, llegados a este punto, renovar la confianza a un Presidente que no pueda hacer avanzar a la institución, al menos en lo que se refiere a la aplicación de las políticas acordadas sobre estos temas. Aunque también podría decirse que sería una locura aún mayor seguir insistiendo, como están haciendo los líderes europeos, en la aprobación de un Tratado que los irlandeses han rechazado tajantemente en un referéndum y que, según todas las encuestas, no genera gran entusiasmo en el conjunto de la población europea. Si lo que se quiere es impulsar a Europa hacia el futuro de una forma coordinada, sería mejor que los irlandeses volviesen a rechazar el Tratado. Esto por lo menos obligaría a los líderes europeos a organizarse. Si no, volveremos a hacer las cosas tan mal como antes, llegando a acuerdos por la puerta de atrás, ratificando políticas suavizadas y sufriendo de burocracia sin sentido.

Es posible que con la reelección de Barroso los dirigentes de la UE se salgan con la suya frente a los irlandeses, pero es una jugada desalentadora que no va a ayudar a saldar el déficit democrático del que tanto adolece el proyecto europeo y que será recibida, en Londres entre otros lugares, no como una forma de reanimar a Europa, sino como un modo de sacarla del orden del día.