"Desconocido", "ectoplasmático", "poco carismático"… La prensa europea no se deshace precisamente en elogios con el primer presidente permanente del Consejo de la Unión Europea, Herman Van Rompuy. En efecto, en comparación con un Tony Blair, el primer ministro belga es considerado un hombre de consenso que no corre el riesgo de hacer sombra a los "auténticos" líderes europeos, como Nicolas Sarkozy o Angela Merkel.

Y si estos calificativos nada halagüeños se debían simplemente a que Van Rompuy procede de un país miembro “pequeño”, de esos en los que ni medios ni gobiernos ajenos apenas reparan, centrándose como se centran en los “grandes” —Reino Unido, Francia, Alemania, etc.—, al luxemburgués Jean-Claude Juncker y al neerlandés Jan Peter Balkenende, procedentes, asimismo, de países “pequeños”, también se les ha reprochado su falta de carisma. Como si las dimensiones geográficas de un Estado influyeran en la idiosincrasia de quien lo representa. Por su parte, la prensa se ha apresurado a ironizar sobre el supuesto aura inexistente de esta o aquella personalidad “de segundo plano” y que, sin embargo, figuraba también entre los favoritos al puesto.

Y mientras que los belgas ven en Van Rompuy al hombre que ha conseguido conservar una apariencia de unidad en el país, Balkenende y Juncker han sabido mantenerse en el poder desde hace mucho tiempo y gozan, a día de hoy, de unos índices de popularidad envidiables, mientras que los de sus "grandes" socios no dejan de mermar. ¿El secreto de su éxito? Dominar el arte del compromiso y del consenso. Ése es precisamente el modus operandi por el que siempre se ha decantado la Unión Europea para hacer frente a los vetos nacionales y que le ha permitido avanzar hasta el día de hoy. J.S.