¿Es necesario boicotear los partidos de fútbol de la Eurocopa2012 que tendrán lugar en Ucrania (que organiza la competición junto a Polonia) mientras el régimen de Kiev mantenga detenida a su opositora Yulia Timoshenko? Una decena de dirigentes europeos, entre ellos el presidente alemán Joachim Gauck y el presidente de la Comisión Europea José Manuel Durao Barroso, ya lo han decidido: no van a ir a Ucrania. Sin pronunciarse sobre la culpabilidad de la líder emblemática de la Revolución Naranja de 2004, condenada en octubre a siete años de prisión por abuso de poder, los partidarios del boicot quieren protestar contra el maltrato que supuestamente habría sufrido en la cárcel y la represión a la que se somete a la oposición en el país.

El caso de Yulia Timoshenko es una muestra del carácter autoritario del régimen de Viktor Yanukovich y de la degradación de las relaciones con la UE: desde su elección en 2010, el líder del Partido de las Regiones no ha dejado de reforzar la influencia de sus fieles, es decir, los rusófonos del este del país, en el Estado y de poner trabas a la oposición. Ni tampoco ha dejado de dar una de cal y otra de arena a sus dos vecinos ineludibles, Rusia y la Unión Europea.

El primero de estos vecinos, con el que mantiene similitudes culturales, desea mantener a Ucrania en su esfera de influencia y convertirla en una especie de Bielorrusia del Sur, pero con condiciones. Con el segundo, acaba de firmar un acuerdo de asociación cuando está proyectando otro de unión aduanera, una especie de “adhesión light” a la UE. En este caso también se trata de vincular a Ucrania a su entorno histórico y cultural, ya que el oeste de Ucrania formó parte (junto a las actuales Polonia, Lituania y Bielorrusia) de la República de las Dos Naciones en los siglos XVI y XVIII, en virtud de la atracción que supuestamente ejerce en su entorno el soft power de la Unión.

Los que se oponen al boicot temen que éste haga que Kiev corra hacia los brazos de Moscú. La tentación existe, pero iría en contra de los intereses económicos de Ucrania y socavaría una independencia con tanto orgullo conquistada. Pero la mayoría de ucranianos ven su futuro, tarde o temprano, en la UE y ésta no debe traicionar sus expectativas.

Por ello, un boicot por parte de los políticos, no de los equipos, es oportuno. Será aún más eficaz si se complementa con medidas de presión económica (aplicación de leyes contra el blanqueamiento de capitales ucranianos depositados en la UE) y aduaneros (denegación de visados para las figuras destacadas del régimen responsables de abusos y visados más fáciles para estudiantes, investigadores, empresarios y turistas), así como con un esfuerzo pedagógico para explicar a los ucranianos los motivos del boicot. Por último, cuando se celebren las elecciones legislativas del próximo octubre, la UE y la OSCE deberían inundar el país con observadores para garantizar que se desarrollan del modo más irreprochable posible.