"En Oriente, no es necesario esforzarse para tenerlo todo. Con un poco de paciencia, todo llega". Estas palabras del escritor Ahmet Hamdi Tanpinar (1901-1962) describen a la perfección la esencia del pensamiento turco. Turquía, candidata a la UE desde 1963, tiene que explicar con regularidad a sus 72 millones de habitantes por qué no se abren para ellos las puertas de la Vieja Europa.

Recientemente se reunieron en Turquía una serie de periodistas europeos invitados a un coloquio sobre turismo y medio ambiente. Llegaron con una serie de ideas preconcebidas, como que es un país cerrado, incluso peligroso, demasiado tradicionalista, pero descubrieron que no tiene necesidad de entrar en Europa, porque Europa ya se encuentra presente en él: en las costumbres, en las calles, en el multilingüismo de sus habitantes, en las ruinas de 2.000 años de antigüedad (Perge, Aspendos, Side) que reúnen más historia europea que lo que dejan pensar las salamandras y las cabras que se pasean por su territorio. También se observa en la facilidad con la que los conductores de autobuses aceptan euros y devuelven el cambio en libras turcas, una divisa casi tan fuerte como el euro. O en la preocupación real de conservar el medio ambiente.

¿Por qué sigue siendo Turquía la eterna prometida en un matrimonio postergado indefinidamente? ¿Acaso la UE encuentra demasiados defectos en la prometida? ¿Es Turquía demasiado remilgada? La culpa en este caso es compartida. Porque, si bien la UE no tiene ningún escrúpulo para mantener cerrada la puerta, los turcos no quieren formar parte de un grupo tan pretencioso: "Si Europa nos dijera ahora mismo que podíamos formar parte de la UE, no estoy tan seguro de que aceptásemos", afirma un joven periodista. Eso explica la ausencia de la bandera europea, aunque ésta sea omnipresente en Moldavia, que también sigue llamando a la puerta de la UE, pero sin estatus oficial de candidata.

Según una reciente encuesta, sólo el 40 % de los turcos sigue deseando entrar en la UE, en contraposición al 60 % de hace tres años. Y la mayoría de los jóvenes con titulación universitaria en el país estiman que la UE tan sólo traería lo más negativo del capitalismo occidental: costumbres relajadas, alcohol, una cierta levedad del ser. Es tanto como decir que si se obliga a amar a alguien que encuentra demasiados defectos en el otro, se acaba por decir que se puede encontrar la felicidad en otra parte. Excepto si uno de los dos decide, de una manera o de otra, decir cuatro verdades.

Iulia Badea-Guéritée