El acontecimiento diplomático de la semana es el reconocimiento el 29 de noviembre de Palestina por Naciones Unidas, con el estatus de Estado observador no miembro. El voto de la Asamblea General de la ONU es ante todo simbólico y no constituirá por sí solo la solución a la coexistencia entre Israel y su nuevo vecino oficial. Igualmente simbólico es el hecho de que la Unión Europea no haya logrado expresarse con una sola voz.

El recuento de votos demuestra que los 27 Estados miembros de la UE se encuentran divididos en dos bloques equivalentes: 14 países han votado a favor, 12 se han abstenido. Sólo República Checa ha votado en contra, junto a otros ocho Estados (de 188 votantes), entre los cuales se encuentran Israel y Estados Unidos.

Tal y como señalaba Lluís Bassets antes de la votación de la ONU, el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), creado en 2010, sigue siendo un caparazón vacío. Los Veintisiete no sólo parecen esforzarse por ignorar a esta institución encargada de hacer que la UE sea influyente en el mundo, así a como su jefa Catherine Ashton, sino que además parecen estar satisfechos ante su incapacidad de ponerse de acuerdo entre ellos mismos sobre una cuestión tan emblemática como el reconocimiento de un Estado palestino.

Igualmente simbólico es el hecho de que esta desunión europea se manifieste una semana después del fracaso de la cumbre sobre el presupuesto de la UE, durante la cual la defensa de los intereses nacionales acabó con cualquier tentativa de definir las prioridades comunes para los próximos siete años.

La sucesión de estos acontecimientos en el calendario no es ninguna coincidencia. Es un reflejo de los tiempos que corren. Este viernes, en una entrevista concedida a cuatro diarios europeos, entre ellos el Financial Times, el primer ministro neerlandés Mark Rutte declaró que su Gobierno desea “mantener un debate a nivel de los Veintisiete para determinar si Europa no se está implicando en demasiados ámbitos que podrían tratarse a nivel nacional”. La cuestión de la subsidiariedad no es nueva y es necesario plantearla para mejorar el funcionamiento de la Unión. Pero plantearla así y además ahora, aumenta la confusión sembrada con el debate británico sobre la repatriación de los poderes a Londres.

De este modo, el mensaje político que se transmite es el de una Europa a la carta, aunque sea en detrimento del conjunto del proyecto.

Hace unos años, la Constitución europea debía ser la coronación de una etapa crucial de la construcción europea. El Tratado de Lisboa que la sustituyó fue rápidamente víctima de las condiciones de su nacimiento, ya que fue fruto de compromisos y de renuncias. Y la crisis económica se tragó el espíritu que debía infundir.

En su libro Le Passage à l’Europe (El paso a Europa, publicado en francés por Gallimard), Luuk van Middelaar describe el equilibrio que cambia sin cesar entre una “esfera externa”, la del concierto tradicional de las naciones que surgió en el siglo XIX, una “esfera interna”, la de las instituciones comunitarias, y una “esfera intermedia”, en la que los Estados reunidos en el Consejo avanzan poco a poco hacia decisiones que trascienden sus intereses nacionales pero sin descuidarlos. Hasta ahora, la historia de la UE era el paso del predominio de la esfera externa hacia una estrecha cooperación de las otras dos esferas. Este es el proceso histórico que hoy parece detenerse.

Hoy, solo la Comisión Europea insiste en proponer proyectos cuyo fin es la integración a largo plazo, como esta semana con relación a la unión económica y monetaria. Pero parece estar sola y además, parece ser incapaz de hacerse escuchar.

Este freno en la historia se produce al mismo tiempo que la UE recibe el premio Nobel de la Paz. No es ninguna casualidad, porque el Comité del Nobel quiso advertir de las consecuencias de los bloqueos entre los Veintisiete. Al anunciar esta distinción, escribimos que la UE debía mostrarse digna de este premio. Y ahora acabamos de recibir una primera respuesta, con el anuncio de que seis dirigentes europeos no asistirán a la entrega del premio el 10 de diciembre.