Después de que la crisis griega se haya impregnado con aires de tragedia y de que la hipótesis de impago de Atenas haya dejado de parecer imposible, se multiplican las voces que abogan por la salida de Grecia de la zona euro, aunque sea de manera temporal. “Grecia no tiene más que abandonar la Eurozona, imprimir y devaluar su ‘nuevo dracma’, pagar su deuda y todo volverá a estar en orden”: los políticos alemanes y los analistas británicos compiten en imaginación y tratan de diseñar cómo será el camino de esta amputación, dolorosa pero urgente e indispensable para mantener con vida a Europa, el paciente.

¡Si fuera así de simple! En primer lugar, hay que recordar que los tratados europeos no contemplan la renuncia de un país a la moneda única. Estos deberían revisarse y eso llevaría años, sin contar con que sería necesaria la unanimidad de los Estados miembros, incluidos los que corren el riesgo de ser expulsados. Resulta complicado imaginar que Atenas — como Roma, Madrid, Dublín o Lisboa — votaría a favor de dicho suicidio político y financiero. Sin olvidarse de, tal y como locitaba esta semana el Wall Street Journal, las grandes pérdidas que tendrían los bancos europeos con deuda griega en euros; de que a los griegos les interesaría más invertir sus ahorros en cualquier otro sitio (como sucedió en Argentina a raíz del final de la paridad dólar-peso en 2002) y de que muy pocos inversores estarían dispuestos a apostar por la estabilidad de la nueva moneda. A todo esto habría que sumarle el coste de impresión del “nuevo dracma” — como el de todas las divisas que han sido sustituidas por el euro, puesto que la moneda nacional se destruyó poco después.

En resumen, la exclusión de Grecia de la zona euro no podría realizarse de un día para otro y la solución de la crisis de la deuda pasa por contemplar otras opciones. El euro no es un autobús del que pueda echarse al pasajero enfermo o incívico en la siguiente parada, es más bien un tren de alta velocidad. En caso de problemas a bordo, bien se para en medio del campo y se prohíbe a los pasajeros que bajen; bien se espera a que se llegue a destino para solucionar el problema. Sería bueno que los partidarios de las fórmulas tan seductoras como engañosas lo tuviesen en mente y que dejasen de meter miedo — o de disfrutar — con sus deseos piadosos.