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“Incomprensible,” “bastante inútil”, “deliberadamente críptico”: las editoriales de The Economist nunca han sido demasiado espléndidas en elogios hacia el Tratado de Lisboa. Sin embargo, la editorial de hoy señala un nuevo enfoque con respecto al conflictivo documento aprobado la pasada semana en Irlanda. Según expone, el contenido del Tratado de Lisboa no es “del todo negativo”. The Economist identifica una serie de tareas urgentes tras la ratificación y se refiere en primer lugar al “deficiente rendimiento económico de Europa”, exponiendo la necesidad de reformas de liberalización y de reducción del poder del Estado para poder hacer frente a China y América y también para conservar el mercado único, “el mayor logro de Europa”. Sin embargo, el proyecto europeo “ha pasado muchos de sus primeros 50 años mirándose hacia dentro”. Para que funcione el periodo "post-Lisboa", debe ser fiel a su “política exterior de mayor éxito hasta el momento: su propia ampliación” y elegir “a personas de peso” para el puesto de presidente de la UE y para el Alto Representante de Asuntos Exteriores. Para la presidencia, la editorial expone que la Unión necesita una figura con influencia y no “los 'europigmeos' habituales”. En caso de no respaldar a una figura como Tony Blair, sería una señal al mundo de que “ha vuelto a despreocuparse y a dormirse”.