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“Los pacientes no están a salvo porque existen fallos endémicos que han ocasionado el peor escándalo en la historia del NHS [National Health Service, servicio de sanidad pública británico]”, así comienza The Times en portada el artículo sobre la publicación de un informe sobre el tratamiento de pacientes en un hospital público, el Stafford Hospital, en el que murieron 1.200 pacientes entre 2005 y 2008 por la escasa atención prestada por el personal médico. La investigación recoge casos en los que los pacientes estaban tan sedientos que bebieron de los floreros, y en el que eran recepcionistas más que enfermeras quienes decidían la prioridad de los pacientes que tenían que ser tratados. Cuando se tuvo noticia del informe, se ordenó realizar investigaciones urgentes en otros cinco hospitales por la alta tasa de mortalidad que presentaban.

El medico y presentador Phil Hammond, según recoge The Times, manifestó que ya era hora de acabar con la “connivencia del anonimato” en la que el personal medico se ampara para eludir responsabilidades por maltrato, y pidió que los cargos sean considerados responsables. También criticó al autor del informe, el abogado Robert Francis, por no señalar directamente sobre quiénes debería recaer la culpa.

En 2006, cuando el sistema sanitario británico incurrió en un déficit de 600 millones de libras en medio año, su jefe ejecutivo, Nigel Crisp, dimitió. Pero cuando 1.200 personas mueren innecesariamente en un único hospital, ningún gestor dimite. David Nicholson, el responsable ejecutivo del servicio de sanidad pública británico, era en 2005 el responsable de la Autoridad Sanitaria Estratégica de West Midlands, el organismo que supuestamente se encarga de supervisar los estándares del Stafford Hospital. Debería dejar el cargo.