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“Indigno”, proclama Libération tras la confesión de Jérôme Cahuzac. El 2 de abril, tras varios meses de negativas, incluso en la Asamblea Nacional, el antiguo ministro francés de Presupuesto reconoció poseer una cuenta en el extranjero con fondos por 600.000 euros. Ahora está imputado por "blanqueo de fraude fiscal".

Jérôme Cahuzac presentó su dimisión el 19 de marzo tras la apertura de una investigación por la justicia. Desde el pasado mes de diciembre, Mediapart afirmaba que había poseído una cuenta en Suiza. Ahora, el sitio web de información se pregunta : “Una confesión ¿y después?*”. Porque quedan todavía diversas cuestiones en suspenso:

¿Cuánto dinero ha pasado realmente por las cuentas ocultas del antiguo ministro? ¿De dónde venían los fondos [...] Otra cuestión, políticamente explosiva: ¿qué sabían con exactitud la presidencia de la República y Matignon [sede del Gobierno] tras las primeras revelaciones de Mediapart?

Para Libération, este asunto

es más que una vergüenza, es una ignominia. Con su disimulo y sus mentiras, Jérôme Cahuzac ha hecho mucho más que ensuciar su honor. Ha hecho oprobio de su acción, desacreditado el compromiso político y levantado dudas sobre la autoridad del jefe del Estado [...] Jérôme Cahuzac sin duda ha propinado un fatal golpe a la “República irreprochable” que prometía François Hollande.

En la derecha, incluso aunque el presidente Hollande condene “una falta moral imperdonable”,  Le Figaro anticipa los “efectos devastadores” que este asunto tendrá sobre él:

Una proporción notable de franceses ya juzga que se tomó demasiadas libertades con la verdad durante su campaña. Y los sondeos en la actualidad indican que ya no le escuchan cuando evoca sus objetivos para 2013. ¿Se invertirá la curva de desempleo antes de finales de año? ¿Quién puede creerlo, se lo cree él mismo? A este ritmo, llegará el día en el que algunos le acusarán de mentir sistemáticamente a los franceses[...]

Para Le Monde, las confesiones de Jérôme Cahuzac habría incluso abierto “una crisis democrática":

A la crisis económica y social en la que está hundida Francia y al clima político enrarecido desde hace poco,

se añade ahora una profunda crisis democrática, pues el más elemental contrato de confianza entre el pueblo y sus gobernantes se ha roto. La responsabilidad del presidente de la República está ahora en dar respuesta a ello.