Israel ha anunciado su intención de “congelar” las relaciones con la Unión Europea y bloquear la entrada de trabajadores humanitarios de la UE en los distritos controlados por el Estado hebreo de los territorios palestinos, en represalia a la decisión europea de suspender la financiación de las instituciones israelíes ubicadas en territorios ocupados, informa The Guardian.

“Desde hace varios días no se expiden permisos para que trabajadores humanitarios de la UE entren en Gaza”, explica el diario, citando a un responsable israelí, según el que Estado judío “congela las relaciones [con la UE] en todos los ámbitos”.

El anuncio de la UE y por el boicot de dos cadenas de supermercados danesas a productos israelíes provenientes de territorios palestinos ocupados desencadenaron la cólera de Israel.

En su editorial, Le Soir responde airado contra esta reacción israelí:

Israel dirige a Europa un mensaje bien simple: ‘Pagad, y callaos después’. Esto es claramente inaceptable. Y hay que reconocer el mérito a la Unión Europea y a su Ejecutivo de Bruselas, a menudo criticado por su pusilanimidad diplomática, de haber finalmente actuado según lo que proclama. Israel, por su parte, entra en un juego muy peligroso. Con tales reacciones, el Estado hebreo facilita una nueva prueba del desdén con el que trata la legalidad cuando no le beneficia. Al hacerlo, ahonda obstinadamente su propio aislamiento. Desgraciadamente, este aislamiento lo exaltan los elementos más extremistas de Israel. Los mismos que periódicamente lanzan la acusación de ser antisemitas contra quienes, en nombre de la ley o de la compasión, no quieren contribuir más a una ocupación que hay que condenar.