Noticias Tren París-Bruselas

Lobby a alta velocidad

Lobistas, eurócratas, parlamentarios, abogados: todos se encuentran en la primera clase del tren de alta velocidad que une París con la capital europea. Un concentrado de los pasillos de Bruselas, donde resulta tan fácil transmitir mensajes como ser víctima de los oídos indiscretos.

Publicado en 25 octubre 2013 a las 11:10
nate2b  | En un vagón de primera clase del Thalys.

El trabajo de los lobbys tiene sus reglas. Cuando un nuevo recluta desembarca en Bruselas, Pierre le enseña dos métodos infalibles para encontrarse con algún funcionario europeo sin cita, de improviso. Después de pasar casi diez años en la capital de los Veintiocho representando los intereses de un gran grupo industrial, este sonriente quincuagenario conoce todos los trucos del oficio.
Para encontrarse con un eurócrata existe un método muy asequible: dar vueltas alrededor de la rotonda Schuman, el punto neurálgico del barrio europeo, en el cruce de la sede de la Comisión y el Consejo, a la hora del almuerzo, cuando todos buscan un sándwich o un restaurante para comer. Y luego está el método más costoso: comprar un billete de primera clase en el Thalys entre la capital belga y París, en uno de esos trenes con los que se puede llegar a tiempo a la primera reunión de la mañana.
Bruselas es un mundo muy pequeño y el Thalys es un concentrado del mismo. Quizás el ojo inexperto no verá nada destacado. Porque de hecho, no llevan colgada al cuello una de esas acreditaciones con las que pueden acceder sin obstáculos al Parlamento Europeo, a la Comisión o a la horrible sede del Consejo. Pero coinciden con tanta frecuencia, que una mirada en el andén, un pequeño gesto desde los cómodos asientos de primera les basta para reconocerse entre ellos. Son funcionarios, parlamentarios, abogados, directores o lobistas del mundo económico, y cada uno participan de un modo u otro en la gran máquina que fabrica las directivas comunitarias.

A la caza del eurócrata

Todas las élites europeas francófonas de Bruselas y París suben en un momento u otro a este tren de alta velocidad que conecta las dos capitales en apenas una hora y veinte minutos, al menos cuando no se retrasa. A veces nos podemos cruzar con José Manuel Durao Barroso. Como ese 26 de noviembre de 2010, cuando el presidente de la Comisión Europea, de regreso de París, se mantuvo pegado al móvil en todo el trayecto.
Inclinado contra la mesita de su asiento, la mano delante del teléfono, el dirigente portugués intentaba entonces finalizar discretamente los contornos del plan de rescate de Irlanda, en plena tormenta financiera. Al otro lado de la línea, Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y Jean-Claude Trichet, principalmente. Si los vecinos del Thalys lo hubieran sabido… En cualquier caso, esos susurros forzados desembocaron al cabo de dos días en un plan definitivo para Dublín.
[[Encerrado durante una hora y veinte minutos en un espacio reducido, así habla este pequeño mundo]]. A veces tan sólo se necesita un minuto. Un pequeño guiño, una frase susurrada por encima del asiento o en una de esas plataformas del tren. La cuestión es transmitir un mensaje y destacar, un punto importante en un ámbito saturado de información.

En el decenio anterior, una directiva sobre el sector del transporte se revisó tras un viaje en el Thalys de Jacques Barrot. Por entonces era el comisario europeo del sector y se encontró con un lobista de un gran grupo europeo. La conversación se desvió rápidamente hacia la famosa legislación en preparación, uno de cuyos puntos planteaba un problema a esta empresa. Casualidad o coincidencia, este punto espinoso finalmente se dejó a un lado tras esta breve conversación en el tren de alta velocidad, que estuvo seguida de un intenso intercambio de correos electrónicos…
Está claro que para conseguir buenos encuentros, no hay que equivocarse de tren. A las once de la mañana, las probabilidades de encontrarse con un pez gordo europeo no son nulas. Pero a esa hora del día, hay más posibilidades de encontrarse junto a un exiliado fiscal, heredero de una gran familia industrial francesa, gritando al teléfono para que le oiga todo el vagón que «hay que ir pensando en la caza de la perdiz y el Château Latour», ante la cacería del fin de semana. Su vecino del tren se divertirá.
Pero si lo que se intenta es cazar al eurócrata, entonces es mejor recorrer el Thalys de Bruselas-París del viernes a las cinco de la tarde, cuando muchos franceses de la Comisión regresan a casa. Y ocurre el mismo fenómeno el domingo por la tarde, pero en el otro sentido. Aunque lo ideal es coger un tren a primera hora entre semana. «El de las 7 h 13 o el de las 7 h 37 entre Bruselas y París, son con diferencia los más concurridos», señala un asiduo.

Sudoku y diligencia

Por lo tanto, ver reunidos en un perímetro tan pequeño a un concentrado de Bruselas tiene sus ventajas. Pero también implica ciertos peligros. Si un bandolero asalta el vagón como las diligencias de antaño, saldrá con los bolsillos cargados con todos los secretos económicos del continente. «Siempre mantengo mis cosas prudentemente guardadas», asegura un abogado. «Yo el trayecto del Thalys lo paso haciendo sudokus y crucigramas, por si alguien me espía», afirma un lobista. José Manuel Barroso reserva casi sistemáticamente la pequeña sala privada al final del vagón para poder preparar discretamente sus reuniones parisinas, excepto cuando se trata de salvar visiblemente a Irlanda.
No faltan las razones objetivas para preocuparse por las orejas o los ojos indiscretos. Hace unos años, a un funcionario europeo no se le ocurrió otra cosa mejor que trabajar en el Thalys sobre un gran caso de competencia tratado por la Comisión. Le hubiera bastado con darse la vuelta para constatar que un periodista estaba sentado justo detrás de él. Al día siguiente, cuando sus jefes vieron cómo una agencia de prensa anglosajona recogía en sus titulares las quejas de Bruselas sobre este asunto de competencia, el desdichado eurócrata casi pierde su puesto.
«Desconozco si existen reglas concretas de nuestra dirección sobre la seguridad en los viajes en Thalys», confiesa un funcionario europeo. Es la prueba de que la segunda opción de Pierre, el lobista del grupo industrial, si bien es más cara que la primera, aporta mucho más: pues jamás se ha visto a un eurócrata afamado divulgando sus secretos mientras busca un sándwich.

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