En las anteriores elecciones europeas, en 2014, solo ejerció el voto el 42,5% de los ciudadanos con derecho a votar. Desde la economía hasta las migraciones, pasando por la seguridad y el cambio climático, los asuntos europeos han entrado ahora en los debates cotidianos de la opinión pública. Sin embargo, esto quizá no sea suficiente para fomentar la participación entre los ciudadanos, si bien se podría producir un primer cambio de tendencia.

El fenómeno de la creciente abstención existe desde hace varias décadas y atañe en cierta medida a todas las elecciones. Hasta 1979, en Italia, la afluencia de los electores a las urnas superaba el 90%. Desde entonces ha empezado a bajar y nunca ha dejado de disminuir: en las últimas elecciones generales, sólo votó el 73% y, en los últimos comicios europeos, solo el 57% acudió a las urnas. Excluyendo las elecciones locales, uno de los datos más bajos fue el de las elecciones regionales en Emilia Romaña, en las que solo el 38% votó.

La decisión de no ir a votar no afecta únicamente a la persona que opta por esa medida; también tiene efectos políticos directos. Si se convierte en una decisión generalizada termina por perjudicar la legitimidad de las instituciones democráticas y de los partidos políticos, y favorece una evolución hacia modelos no siempre liberales. Además, los que se abstienen no se suelen distribuir de una manera homogénea en el espectro político: a menudo, ganan aquellos que logran la mayor movilización de sus potenciales electores, y no quienes logran captar los votos de sus adversarios.

La abstención es un fenómeno complejo. Cada elección tiene sus propias particularidades, las cuales remiten a múltiples factores: por ejemplo, la estructura demográfica del electorado, el contexto socioeconómico y la cultura democrática de la población en cuestión. Por esta razón muchos estudios científicos se esfuerzan para intentar entender a fondo las causas de la abstención, a pesar de la falta de una teoría general que explique este fenómeno.

Apatía, protestas y desconfianza

De acuerdo con Maurizio Cerruto, autor del estudio La participación electoral en Italia (Quaderni di Sociologia, 2012), las razones de fondo de la abstención son diversas. “Por una parte, se habla de un abstencionismo originado en la apatía, es decir, por la distancia entre el elector y la oferta política”, explica el profesor de la Universidad de Cagliari. “Este tipo de abstencionismo tiene sus raíces en la marginalidad de la política en la órbita psicológica de muchos electores de las modernas democracias de masas”. Por el otro lado, se habla de “un abstencionismo de protesta, como expresión activa de una escasa satisfacción del votante, que así manifiesta su desconfianza y, en muchos casos, su abierta hostilidad frente a la clase política”. Según Cerruto, los estudios empíricos demuestran que, entre los abstenidos italianos, prevalece la apatía.

Sin dudas los italianos tienen cada vez menos confianza en las instituciones políticas. Cada año, el Instituto Nacional de Estadísticas (ISTAT) analiza datos sobre este fenómeno, en su informe El bienestar ecuánime y sostenible. Como confirman las últimas estimaciones, la confianza de los italianos en su Parlamento, en los partidos, y en el sistema judicial continúa cayendo desde 2010 y esto se traduce en una extendida sensación de desafección, que tiene un impacto en la participación electoral. No obstante, el problema italiano se enmarca en un contexto europeo más general. Según el Eurobarómetro, el organismo de la Comisión Europea que mide y analiza las tendencias de la opinión pública, la confianza de los ciudadanos en las instituciones es baja en toda Europa: desde hace unos diez años, menos de la mitad de la población europea confía en las instituciones políticas de su país.

Detrás del abstencionismo, en síntesis, hay muchas explicaciones y por eso tiene poco sentido hablar del “partido del abstencionismo”. El contexto se complica incluso más  si se analizan cuáles son las franjas de la población que tienen una mayor tendencia a evitar las urnas. Según un estudio de 2016 del Instituto de encuestas SWG, titulado ‘El pueblo de la abstención’, la abstención en Italia es muy común entre los electores de 18 a 44 años, a menudo indecisos o sin una clara inclinación política. Muchos tienen títulos de estudio universitarios. Observando las últimas elecciones europeas, como han hecho los investigadores Andrè Blais y Filip Kostelka, en muchos Estados se registra una relación entre los bajos niveles de educación y los altos niveles de abstencionismo.  

El abstencionismo y las elecciones europeas

En casi todos los países, las elecciones europeas han siempre registrado una afluencia inferior a la de las elecciones políticas, probablemente a causa de la escasa conciencia del peso del Parlamento Europeo y a una vaga percepción de la distancia entre la vida diaria y las instituciones europeas. El Eurobarómetro ha registrado que solo el 48% de los electores europeos cree que su voz cuenta en la Unión Europea (aunque existen grandes diferencias entre los países; por ejemplo, en Suecia el 90% de los ciudadanos cree que su opinión tiene un peso, mientras que en Italia el 24% tiene esta convicción y, en Grecia, el 16%).

No obstante, en este caso, no es solo una cuestión de desconfianza. Tanto que el Eurobarómetro registra que los ciudadanos europeos tienden a confiar más en la Unión Europea que en el Parlamento y los gobiernos de sus países. ¿Entonces, por qué solo una minoría vota en las elecciones europeas?. “Esta paradoja remite a dos factores”, explica Alberto Alemanno, uno de los principales analistas de política europea y fundador del movimiento The Good Lobby. “En primer lugar, las elecciones europeas no son todavía una síntesis de las elecciones nacionales, ni un evento político transnacional animado por verdaderos partidos partidos políticos europeos. En segundo lugar, falta una medio común capacitado para relatar el sistema político europeo”.

Para denunciar esta presunta desconfianza de las personas en la Unión Europea, los movimientos euroescépticos a menudo ponen el acento en la progresiva disminución de la afluencia en las elecciones europeas. Es un fenómeno real, aunque es parte de un proceso más amplio que está perjudicando la democracia representativa en toda Europa. Además, como señala Jules Beley, profesor de la Universidad de Sciences Po de París, es difícil comparar las afluencias de las elecciones europeas que se han sucedido. “¿Cómo puede compararse la afluencia en 1979, cuando la Comunidad Europea estaba integrada por nueve países de Europa Occidental, con la afluencia de 2014, cuando la UE ya contaba con 28 países con culturas políticas y tradiciones democráticas distintas?”, se pregunta Beley.

Los estudios demuestran que existen quienes no votan por indolencia y quienes no votan por protesta. Sin embargo, observamos que, en las afluencias en las elecciones europeas, hay que tener en consideración que cada vez más un número mayor de ciudadanos europeos tienen dificultades para votar porque se han mudado a otros países. Por ejemplo, más del 10% de los ciudadanos rumanos, búlgaros, croatas, letones, lituanos y portugueses viven en un Estado miembro distinto del suyo. Tendrían el derecho a votar en las elecciones europeas en las ciudades en las que viven, pero en 2014 el 95% no acudió a votar a causa de una serie de obstáculos lingüísticos, burocráticos y políticos: difícil identificarse en partidos y políticos que sólo se dirigen a electores de su misma nacionalidad.

¿Cómo combatir el abstencionismo?

Para mejorar la afluencia, una medida aparentemente sencilla sería introducir el voto obligatorio. Esta obligación existe en países como Luxemburgo y Bélgica, donde los niveles de abstencionismo son bajos. También en Italia ejercer este derecho fue obligatorio hasta 1993 y todavía es considerado un deber cívico por la Constitución italiana. El problema es que es difícil hacer respetar esta obligación de manera rigurosa, salvo que se introduzcan duras sanciones.

Algunos también creen que, si los electores no tienen más confianza en la importancia de su voto, convendría ofrecerles la posibilidad de decidir directamente sobre los temas en la mesa, en lugar de delegar a representantes. Es por esto que en los últimos años en muchos países ha aumentado el interés hacia las herramientas de la democracia directa, por ejemplo, los referendos. Casos como el caso del Brexit, sin embargo, ha hecho comprender con claridad los límites de estas herramientas, que rara vez ayudan a legislar sobre cuestiones complejas.

Para tutelar la legitimidad de las instituciones europeas y mejorar la afluencia, en los pasados meses, el Parlamento Europeo ha llevado adelante un inédito esfuerzo de comunicación. La campaña #estavezvoto, puesta en marcha en todos los 28 Estados miembros de la Unión Europea, ha intentado explicar la importancia de la participación electoral a través de múltiples herramientas. Trescientas mil personas se registraron en la página web de la campaña, mientras que el vídeo informativo Choose your future obtuvo 120 millones de visualizaciones en las distintas plataformas. Los sondeos sugieren que el creciente abstencionismo en las elecciones europeas esta vez podría frenarse, y en países como Italia podría registrarse un cambio de tendencia.

Los países de la Europa Central y Oriental tienen las tasas de abstención más altas de la Unión Europea. Por esto, la campaña institucional ha sido particularmente fuerte en países como Eslovaquia, donde solo el 13% de los electores votó en las elecciones europeas de 2014. “Hemos trabajado en muchos aspectos distintos”, cuenta Soňa Mellak, encargada de prensa del Parlamento Europeo en Eslovaquia. “Hemos colaborado con varios personajes famosos, en particular youtuber e influencer, para explicar a los jóvenes porque las elecciones europeas son importantes. Hemos organizado una gira en 17 ciudades del país, realizando eventos y debates, y en 200 escuelas pusimos en pie simulaciones de las elecciones europeas. Las televisiones han seguido nuestra iniciativa y muchos presentadores explicaron que irán a votar”.

Sin embargo, para que la afluencia en las elecciones europeas realmente aumente, serían necesarios cambios legislativos. Por ejemplo, se podría facilitar el voto de los ciudadanos europeos que viven en el extranjero. Algunos políticos y observadores piensan que sería necesario que los ciudadanos eligieran directamente un presidente de la Unión Europea, el presidente de la Comisión Europea y del Consejo europeo. Otros —como los militantes del partido europeo Volt— han apostado por movilizarse desde abajo con un planteamiento transnacional, para que la campaña se centre en cuestiones europeas.

Alberto Alemanno también opina que este es el camino: “Sería necesario crear un colegio electoral único para la UE, que permita presentar listas y partidos transnacionales. De esta manera el debate políticos sobrepasaría inmediatamente los Estados nacionales y permitiría a cualquier ciudadano comprender la dimensión europea del escrutinio”. En un escenario de este tipo, “los partidos serían inducidos a formular y defender modelos de sociedades europeas y temas de interés paneuropeos, en lugar de centrarse en cuestiones nacionales”, y llegados a esto se podría lograr finalmente un compromiso más profundo de los electores.