En Francia y en el Reino Unido, dos victorias por defecto para la izquierda

Aunque la izquierda haya salido de las urnas en primera posición en Francia y en el Reino Unido, la victoria sigue siendo amarga. Los vencedores se han podido aprovechar de un profundo rechazo a los gobiernos vigentes y de una enorme inquietud ante el fuerte ascenso de la extrema derecha. Aún queda lo más difícil.

Publicado en 11 julio 2024

Una se veía venir desde hace tiempo. La segunda, al otro lado del Canal de la Mancha, fue inesperada. En el espacio de unos pocos días, dos de las principales democracias europeas han presenciado la victoria de las izquierdas en las elecciones. 

En el Reino Unido, el Partido Laboralista de Keir Starmer ha vuelto al gobierno con una enorme mayoría en la Cámara de los Comunes (411 escaños, de 650) después de haber pasado 14 años en la oposición. En Francia, al final de la segunda vuelta de las legislativas, el Nuevo Frente Popular (NFP) cuyo abanico cubre desde Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon (izquierda) a los socialistas pasando por los Verdes y los Comunistas, se ha impuesto como primer grupo en la nueva Asamblea Nacional con 182 escaños (de 577). 

Sobre el papel, estos resultados parecen ser una buena noticia para la Unión Europea. Keir Starmer, que había votado por la permanencia del Reino Unido dentro de la UE en 2016, ha indicado inmediatamente que buscará la forma de entablar un diálogo con Bruselas para suavizar las relaciones después del Brexit.

Además, ha puesto fin inmediatamente al “Plan Ruanda” para la expulsión de los solicitantes de asilo que, de alguna manera, había servido de inspiración a la presidenta del Consejo italiano Giorgia Meloni, quien ahora intenta abrir centros de acogida y de retención en Albania y que la UE parece estar en disposición de respaldar como instrumento de gestión del fenómeno migratorio.

Del lado francés, el éxito del NFP se debe a la formación de un frente republicano que, gracias a la retirada de los centristas, la derecha y la izquierda en la segunda vuelta de las elecciones, impidió a la extrema derecha de Marine Le Pen y Jordan Bardella conseguir la mayoría en el Parlamento (sólo 143 diputados a pesar de haber conseguido un 33 % de los votos en la primera vuelta) y acceder al poder. El programa de la Agrupación Nacional, que preveía, entre otras cosas, la primacía del derecho nacional sobre el derecho europeo y el cuestionamiento de la contribución francesa al presupuesto europeo, habría planteado el riesgo de un “Frexit” encubierto. Por no hablar del debilitamiento del apoyo francés y europeo a Ucrania.

Lo cierto es que la victoria de la izquierda en Londres y París no parece que vaya a dar un impulso real al proyecto europeo. Aunque una clara mayoría de británicos considera ahora que el Brexit ha sido un fracaso, el nuevo inquilino de Downing Street no parece dispuesto a reabrir la cuestión del regreso a la familia comunitaria. Keir Starmer tampoco contempla participar en el mercado único o en la unión aduanera, que supondría cumplir las políticas comerciales de la UE.


Lo cierto es que la victoria de la izquierda en Londres y París no parece que vaya a dar un impulso real al proyecto europeo


En cuanto al NFP, su programa político prevé unos gastos públicos sustanciales y el aumento de las prestaciones sociales (especialmente como consecuencia de la reimplantación de la edad de acceso a la jubilación a partir de los 60 años), algo que perjudicaría las cuentas públicas, al menos al principio.

Y esto, mientras que la Comisión Europea ya había anunciado a mediados de junio la apertura de un procedimiento sancionador por déficit excesivo contra París. El NFP no ha ocultado su intención de liberarse de las reglas del Pacto Europeo de Estabilidad y Crecimiento.

Pero lo que parece más preocupante en este escenario postelectoral es que, más allá de las relaciones a corto y medio plazo que los partidos ganadores de las dos votaciones podrán mantener con Bruselas, esto constituye un espejismo para las izquierdas europeas. Y retrasa una urgente concienciación sobre el necesario fortalecimiento de la unidad en Europa y un salto hacia el federalismo.

En el Reino Unido, las cifras son claras: el Partido Laborista ha ganado las elecciones pero con sólo el 34 % de los votos, debido principalmente al rechazo y desgaste de su oponente conservador.

En cuanto al Nuevo Frente Popular, sólo logró una mayoría muy relativa (que representa menos de un tercio de los votantes franceses), obtenida gracias al rechazo que produce la extrema derecha.

En resumen, la izquierda gana las elecciones cuando sus adversarios están desacreditados o infunden temor por sus posiciones extremistas. Estas son victorias por defecto más que por adhesión.

En ningún momento la izquierda se ha planteado la cuestión de las profundas razones subyacentes al avance de los populistas y de la extrema derecha (en el Reino Unido, el partido Reform UK de Nigel Farage obtuvo el 14 %), a saber, la exigencia de poder público y de capacidad de los gobernantes para defender los valores e intereses de la ciudadanía. Esto es aún más evidente en países como el Reino Unido y Francia, que a lo largo de la historia han tenido mucha influencia en la escena política mundial.

Sin embargo, una buena parte de las izquierdas europeas siguen manteniendo la ilusión de que aún sería posible llevar a cabo políticas incisivas dentro de un marco nacional, por más que los planes masivos de inversión y la fiscalidad de la producción de riqueza (la mayoría de las grandes empresas recurren a la optimización fiscal) hoy en día sólo se puedan considerar a nivel europeo.

Puesto que se trata de una condición ineludible para la defensa del Estado de bienestar, la cuestión de la fiscalidad debería ser tanto más importante para la izquierda. Sin impuestos sobre la riqueza, es imposible llevar a cabo una política de redistribución social, de defensa de los servicios públicos y de lucha contra las desigualdades. Es la razón de ser de la izquierda, que está así condicionada a la constitución de una Europa política y federal. A menos que queramos conformarnos, como en Francia y el Reino Unido, con victorias provisionales y por defecto.

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