Son las 10 y media de la mañana. Luis Pérez Portilla está desmoldando los quesos que preparó el día anterior. Ya tiene la nueva cubeta con la leche que ha ordeñado por la mañana. Mientras tanto, una especie de lavavajillas industrial ya se ha encargado de esterilizar, por tandas, el resto de los moldes. Procede a girar un tapón sobre la leche. Dos vueltas a la perfección. “Verás después qué pasa cuando esté para enmoldar”, cuenta con una sonrisa como quien prepara una sorpresa o, más bien, quien sabe mucho lo que está haciendo.
Tiene 35 años y, junto a su hermano Andrés, dirige la Granja Quesería El Pendo, en Escobedo, Cantabria. Después de estudiar una carrera y vivir en Madrid trabajando en la industria cárnica, decidió que el campo no solo iba a formar parte de sus recuerdos y retomó la explotación de sus abuelos. Fue entonces cuando se interesó en diversificar la actividad y emprender con la quesería.
Se formó en Francia y en el norte de España en las mejores escuelas hasta dar con el sabor que más le gustaba. Ahora cuenta con una variedad de tres quesos. Uno de ellos premiado con la medalla de oro en los World Cheese Awards.

A la misma hora que Luis está desmoldando, pero a unos 20 kilómetros de distancia, en Torrelavega, Gonzalo Vázquez, de 36 años, pasa la revisión rutinaria en su explotación de vacas lecheras. Ha comprobado que los valores de la leche que pasarán a recoger desde la industria para la que trabaja son aptos, y se ha asegurado de que las vacas tengan alimento para el resto de la jornada.
Además, hay una de ellas que posiblemente dará a luz esa misma mañana, así que hoy le toca estar más pendiente. “A mí esto me encanta desde siempre”, dice con la mirada iluminada. Recuerda ese 2009 en que tomó el relevo de su padre para dedicarse junto a su hermana a la extracción de leche.

Ambos pertenecen a ese 12 % de jóvenes menores de 40 años que se dedican al sector primario en Europa. Un sector donde la media de edad asciende a 57 años. Precisamente, en los últimos años, la Comisión Europea ha hecho especial hincapié en el relevo generacional, defendiendo que es “fundamental para la seguridad alimentaria, la sostenibilidad, la competitividad y la vitalidad rural de Europa”.
Tanto el Ministerio de Agricultura en España como la Unión Europea coinciden en que la falta de relevo generacional representa uno de los principales desafíos para el futuro del sector agroalimentario.
Por ejemplo, en octubre de 2025, la Comisión propuso la puesta en marcha de una estrategia para asegurar que de aquí a 2040 se duplicara el número de agricultores jóvenes, entre otras medidas como asegurar la profesionalización del sector o crear un sistema de sucesión y jubilación efectivo. Sin embargo, el presente del campo europeo está lejos de ese horizonte.
La primera piedra
“El acceso a la tierra es una de las primeras barreras, pero no la única”, confirma Luis. Él es también portavoz de Jóvenes Ganaderos y reivindica que sin acceso no puede existir un relevo. Si bien sus padres no se habían dedicado al campo, ambos hermanos pudieron dedicarse a la Granja El Pendo como proyecto gracias a las tierras y cabezas de ganado de sus abuelos.
De hecho, la quesería era un pequeño almacén donde guardar forraje. Ahora el aroma a queso y las lecheras te dan la bienvenida para su proceso de cuajado. “La presión turística y urbanística también afecta a nuestra actividad, desplazando a los que ya se están dedicando e impidiendo la entrada de otros”, explica.
Una realidad que Gonzalo conoce de cerca: “Aunque quisiera aumentar mi explotación, no podría comprar las tierras que tengo alrededor porque o están bajo propiedad o se han revalorizado”. Lo que tiene es heredado de su padre.
Actualmente, España no cuenta con un programa de sucesión de tierras que tienda un puente entre los que entran y los que se jubilan. El incremento sostenido de los precios, la competencia por los usos del suelo y las dificultades para acceder a financiación limitan aún más la disponibilidad de tierras productivas.
Al otro lado de Europa, en Grecia, sucede lo mismo. “Si no heredas tierra, un pozo y un tractor, no hay forma de convertirse en agricultor”, expone Kostas Kafes, vicepresidente de la Asociación Agrícola de Tebas en Grecia. Para él, no solo supone un problema para los que quieren entrar, sino para aquellos que ni siquiera lo piensan como una salida laboral factible precisamente por estas barreras. Menciona además la dificultad en el acceso a un crédito o financiación más allá de las ayudas estatales o europeas.
Durante los últimos años, los jóvenes agricultores helenos han reclamado políticas públicas que les permitan acceder y permanecer en el sector. Denuncian que las medidas actuales son insuficientes para garantizar, además, la viabilidad de sus explotaciones. Una situación que resulta especialmente preocupante en este país, donde solo el 7,2 % de los responsables de explotaciones agrícolas tiene menos de 40 años.
Si bien garantizar un acceso equitativo a la tierra se ha convertido en una prioridad para las políticas agrarias de la Unión Europea, aún supone un primer obstáculo para beneficiar a aquellos que entrasen de primeras a esta. Las asociaciones nacionales de jóvenes agricultores y ganaderos reivindican que sin acceso “no se puede propiciar un relevo generacional”.
Mientras, la vecina Italia trata de salvar este problema mediante subvenciones con préstamos bonificados para facilitar la creación de empresas agrarias. Entre ellas, destacan las ayudas del ISMEA (Instituto de Servicios para el Mercado Agrícola y Alimentario Italiano) para la compra de tierras. Sin embargo, su alcance es limitado, ya que cada año solo se aprueba una parte de las solicitudes por falta de presupuesto y por los requisitos de acceso.

“La escasez de manos que se quieran dedicar a esto, la dificultad en el acceso a la tierra y las condiciones de crédito son las principales barreras aquí en Bulgaria”, resume Petar Petrov a Mediapool. Petrov es el propietario de Bozhenski Chiflik, un pequeño complejo rural de ecoturismo que cuenta con una granja de vacas lecheras, ovejas de carne, caballos y hasta una planta lechera autorizada. También es presidente de la Asociación de Jóvenes Agricultores de Bulgaria. En el caso de Bulgaria la situación es más extrema. Explica Petrov que, en la agricultura, la mano de obra es más difícil de encontrar. Según fuentes oficiales, algunas explotaciones se ven incluso obligadas a contratar trabajadores procedentes de Asia, contando con trabajadores de Uzbekistán, Nepal, India o Kirguistán. Por lo que no solo es un problema de acceso como propietario sino que no existe un relevo dispuesto a trabajar tampoco en el campo.
Un sector sometido a precios “volátiles”
“Como joven agricultor, la cantidad máxima que pueden concederme para un préstamo de capital circulante es de apenas 40 000 euros, una cifra insuficiente para empezar o realizar inversiones importantes una vez ya en tu explotación”, explica Petrov, recordando que, incluso después de superar las barreras de entrada, las dificultades para consolidar una explotación agraria persisten.
Estas dificultades contrastan con el peso que sigue teniendo el sector en la economía europea. Según Eurostat, en 2025, la agricultura generó un valor añadido bruto estimado de 251 800 millones de euros y aportó el 1,3 % del PIB de la Unión Europea. Pese a esta relevancia económica y estratégica, la agricultura y la ganadería siguen enfrentándose a una realidad que va más allá de la cantidad recolectada en una explotación.
“Es un sector muy cambiante, los precios son volátiles y no puedes ni preverlo, ni controlarlo”, confiesa Luis. Pone de ejemplo la situación a la que les ha llevado la realidad del Mercosur o la Guerra en Irán.
Factores imprevisibles como plagas, infecciones o hasta las condiciones extremas de temperatura también afectan. “El estrés de mis vacas por calor también influye en mi producción”, explica Gonzalo.
Pero como productores deben seguir trabajando independientemente de la rentabilidad. “Cada cultivo necesita al menos mil euros por hectárea; y es lo más barato”, explica Kostas Kafes, haciendo hincapié en que el dinero invertido no asegura una recuperación inmediata. Para los helenos el campo supone una inversión continuada que en muchas ocasiones no se traduce en “cubrir gastos, sino más bien en perder dinero”.
Para ellos no solo se trata de ayudas públicas, sino de la creación de un sistema que permita un mantenimiento a la larga de la actividad económica. “Habría que apuntalar y blindar al sector primario nacional y europeo para evitar los efectos de las crisis”, explica Luis y recalca que “los de pequeña y mediana escala” son los más afectados.
Los jóvenes, sinónimo de innovación
“Recuerdo que, al principio, muchos compañeros más mayores y hasta mi propio padre me preguntaban por la maquinaria de extracción y si me salía rentable”, confiesa. Abre una aplicación de móvil y al momento puede saber qué cantidad de leche ha salido de cada vaca y hasta de qué ubre procede. Con unos sensores y una plataforma de almacenamiento de datos, puede acceder a los parámetros que la industria le pide de una forma más precisa que cuando se extraía a mano.
Cuenta con dos máquinas de extracción vinculadas a la información de los chips que cuelgan de las vacas y que en el momento en el que se acercan, detectan si pueden volver a pasar o no. Cada vaca tiene un límite de extracciones y son ellas mismas las que acuden a la maquinaria. Además, cuenta con dos robots de limpieza para mantener el entorno de descanso y comida limpios para sus vacas.
“La escasez de manos que se quieran dedicar a esto, la dificultad en el acceso a la tierra y las condiciones de crédito son las principales barreras” – Petar Petrov
“En parte también lo hago con una pretensión muy común en nuestra generación: la conciliación”, declara Gonzalo. Asegura que algo que les diferencia de las anteriores generaciones es el querer tener tiempo libre para ellos mismos o dedicarlo a poder construir una familia.
Del mismo modo, defiende que la tecnificación no solo busca un mejor rendimiento sino también una mejor calidad de vida a la larga para los que trabajan en el campo. Aun así, no hay día que pase que no esté resolviendo cualquier cuestión relacionada con la explotación.
La diversificación como seguro
Luis vuelve a lanzar el tapón para hacerlo rodar sobre la cubeta donde vertió la leche por la mañana. Ya se acerca la hora de la comida. Esta vez, el tapón no gira. “¿Recuerdas cómo rodaba antes?”, dice guiñando un ojo. En lo que ha terminado de limpiar y ordenar la quesería, la leche ha tomado una textura cremosa casi sólida.
Enmolda el premiado “Nos veremos”, apodado así en honor a una de las minas en las que trabajó su padre. Y ahora pasa a los más grandes. El giro lo tiene automatizado. Molde. Gasa. Verter. Repartir. ¿Cantidad? A ojo. Pero todos acaban siendo iguales. “En la tradicionalidad está la esencia”, recalca el quesero.
Una esencia que traslada a todo lo que hace, porque no solo se queda en el queso. “Hay que diversificar. Nuestro objetivo en el sector es no solo cubrir o empatar sino poder vivir de esto”, expone. Él ha vendido también leche a la industria, elaborado quesos de oveja, vendido ganado a la cárnica, ha hecho turrones en la época de Navidad y hasta recibe y coordina visitas de escolares y particulares en su granja.
Pero no es un modelo único. En Italia, más concretamente en la provincia de Arezzo –Toscana–, Jacopo Trasolini, de 32 años, es el propietario del agroturismo Victor & Rose. Además de gestionar la finca familiar creó Wilongevity, una línea de cosmética antiedad elaborada a partir de kiwis de kilómetro cero cultivados en la propia explotación.

“Un día estás sembrando, al siguiente gestionando las redes sociales y al siguiente recibiendo a los huéspedes. Ya no es solo agricultura”, explica. Para él, el agricultor y los ganaderos de la nueva generación “han pasado de ser trabajadores en el campo a emprendedores”.
La baja rentabilidad del sector agrario italiano sigue siendo una de las principales razones por las que resulta menos atractivo para los jóvenes. Como respuesta, entre el 30 % y el 35 % de las explotaciones gestionadas por jóvenes complementan su actividad con el agroturismo.
“Tampoco queda otra, porque la diversificación llega como respuesta a una crisis”, explica Jacopo, quien agradece la experiencia de su padre en el campo para asegurar los conocimientos que le han permitido pensar en otros frentes de negocio. De hecho, su próxima mira pasa por la digitalización de su granja: “Estamos desarrollando un proyecto en el que la gente planta virtualmente un huerto, mientras nosotros lo cultivamos físicamente”.
Tras estar quejándose del sector durante unas cuantas horas, cuando le preguntan a Luis por qué sigue, los ojos se llenan de emoción, agacha la cabeza y agarra el palo de la fregona con más fuerza. No responde y el silencio se rellena con el sonido de la cámara frigorífica. “Este sentimiento por el campo es algo que simplemente se tiene”, confiesa.
👉 Artículo original en El Confidencial
🤝 Este artículo forma parte del proyecto colaborativo PULSE. Silvia Martelli (Il Sole 24 Ore, Italia), Mike Konstantopoulos (Efsyn, Grecia) y Dragomir Nikolov (Mediapool, Bulgaria) han contribuido.
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