El artefacto es una caja cuadrada de cartón plastificado, decorada con una magnífica puesta de sol. Lo han llamado "wine kit" y sirve para fabricar vino en casa con cinco sobres de polvitos mágicos, entre otros, concentrado de uvas liofilizado, bentonita, bisulfito y sorbato potásico, agentes fijadores sin más identificación. Requiere veintiocho días de elaboración, un proceso complejo que lleva tiempo y exige un control preciso de los índices de humedad y las temperaturas. Si se cumplen todas las condiciones, obtendremos treinta botellas del néctar de Baco por cuarenta euros más gastos postales.

El paquete contiene asimismo unas "elegantes etiquetas" que certifican que los recipientes de cristal contienen "barolo”. Barolo, pero en polvo. Un producto que no tiene nada que ver con el verdadero, hasta el punto que es posible incluso "degustar" un barolo blanco. Luca Zaia, ministro de Agricultura, ha incluido este producto con gran acierto en lo que él llama "la galería de los horrores", integrada por aberraciones declaradas conforme con la normativa europea que desafían la paciencia del consumidor italiano.

La Coldiretti, poderosa federación de empresas agrícolas, ha improvisado una mini-exposición sobre estos “horrores” en un gran hotel de Bruselas: quesos sin leche, productos procedentes de la agricultura biológica contaminados por OGM, pollos apátridas, bebidas de naranja sin naranja... "Son todas cosas que acaban sin que nos demos cuenta en la cesta de la compra", argumenta Sergio Marini, presidente de la organización agrícola. "La gran distribución saca beneficios jugando con la ambigüedad de la información".

En Europa, donde cada vez son más los vecinos, parece que la tendencia actual de dar prioridad a los intereses nacionales sobre los europeos no conoce límites. ¿Vino sin vino? En Alemania y en otros países del norte, hace años que prensan manzanas, frambuesas y grosellas. En su mercado interior lo llaman "vino" y estos países han luchado para poder seguir produciéndolo e incluso para venderlo en el extranjero. Italia se ha opuesto, pero luego no le ha quedado otra que resignarse al ineludible voto mayoritario que, en muchas cuestiones agrícolas, se ha concretado en una mayoría eliminatoria de 14 (Estados de Europa del Norte y del Este) contra 13 (países mediterráneos y sus vecinos). Queda la esperanza de que los consumidores lean las etiquetas y no se dejen engañar. Coldiretti y el ministro no parecen estar muy convencidos de ello.

En el Consejo Europeo de Bruselas siempre se salen con la suya los grupos de presión más fuertes: Alemania, Francia y Escandinavia. Italia casi nunca, a pesar de que tiene una agricultura mucho mejor, tanto en calidad como en tradición y nivel de precios. Berlín defiende con uñas y dientes sus grandes ganaderías y sus inmensas tierras agrícolas. En nuestro país, los granjeros disponen de superficies limitadas y la cultura de la defensa de nuestros derechos en Europa es una ciencia todavía joven que no se ha librado aún de la maldición que llevó al gobierno en los ochenta a cerrar un mal trato respecto a las cuotas lecheras a cambio del apoyo a la siderurgia. Hemos visto el resultado.

Marini quiere que se trabaje el hostigamiento en Bruselas como protección frente a las encerronas. Frente a aquellos que, por ejemplo, se ocultan tras la abolición de los estándares y los calibres mínimos para frutas y verduras, con el riesgo de que se pongan en el mercado productos de desecho a precios incontrolables. O frente a la autorización que lleva en vigor desde enero, según la que está permitido añadir hasta un 10% de caseína en la fabricación de los quesos. Estupendo. Pero esto no debe hacernos olvidar lo que Europa ha hecho por nuestra economía verde, empezando por la protección de las denominaciones de origen controladas. El próximo uno de julio, llegará asimismo la etiqueta D.O.C para el aceite de oliva de calidad a partir de las indicaciones geográficas protegidas. Para los productores, es un triunfo. La Unión Europea, como todas las comunidades de vecinos, a veces muestra su cara buena y a veces su cara mala.