La otra noche alrededor de 100.000 manifestantes se congregaron en torno al edificio de la Ópera, los palacios gubernamentales y en las avenidas más elegantes de Budapest. Su objetivo era protestar contra la nueva Constitución apadrinada por el primer ministro Viktor Orbán y a cuyo favor votó únicamente el centro derecha.

Eran muchos, más que nunca, representaban a esta sociedad civil tocada por la crisis económica, pero que, como los chicos de la calle Paul [de la conocida novela de Ferenc Molnár, publicada en 1906] lidera un combate que se sabe perdido. En el teatro de la Ópera, bajo el ornamento dorado y las lámparas de araña, el Gobierno festejaba la instauración de un nuevo Estado a pesar de la reprobación de la comunidad internacional.

Según la nueva Constitución, el Banco Central estará sometido de ahora en adelante al poder político (una gran idea, en estos tiempos de turbulencias financieras), como también lo estarán el Tribunal Constitucional y los medios de comunicación (numerosos periodistas ya han sido despedidos en virtud de la nueva ley de prensa), mientras que los líderes del actual Partido Socialista pueden ser perseguidos retroactivamente por los “crímenes comunistas” que se remonten a fechas anteriores a 1989.

A todo esto hay que sumarle las numerosas medidas legislativas que van desde el estatus de los húngaros en el extranjero hasta el matrimonio heterosexual. A partir de ahora, Hungría es un país más autoritario, antimoderno, que inquieta a la Unión Europea y a los Estados Unidos de Barack Obama, al igual que al Fondo Monetario Internacional, que ha congelado las negociaciones respecto a un cuantioso préstamo destinado a mantener a flote un florín desangrado.

Viktor Orbán, que es de raíces liberales pero que se ha impregnado rápidamente de la corriente populista, y el partido Jobbik, de extrema derecha, han reanimado un espíritu reaccionario que ha pillado a contrapié a Occidente. A quienes hayan leído las novelas de Sándor Márai (1900-1989) o de Gyula Krúdy (1978-1933) les será difícil reconocer en la realidad de hoy en día a esa Hungría que queda retratada en sus obras. Pero es precisamente ese hiato el que permite comprender los desvaríos fascistas de la nueva Hungría.

Miedos y orgullo

Márai, al igual que muchos otros escritores que nacieron en la primera mitad del siglo pasado, recoge, especialmente en su obra maestra Confesiones de un burgués [Salamandra, 2004], el ambiente espléndido y señorial del gran Budapest imperial y monárquico: una vida intelectual brillante, la tolerancia y los buenos modales eran la marca distintiva de esta civilización observada por Elías, cuyo amor por su patria se veía compensado por un cosmopolitismo natural e ilustrado. No podía ser de otra manera para quienes habían nacido en casas repletas de libros en las que se hablaban de manera habitual tres o cuatro lenguas distintas. En todas partes, la burguesía había sido el motor de la Europa moderna, incluida Hungría. Pero había un problema. A lo largo del Danubio, la burguesía, tras siglos de guerra y de dominación extranjera, se había creado con retraso y, a pesar del esplendor de la Belle époque, era extremadamente frágil.

Cuando Márai lo escribió, ya no existía ese mundo burgués, sepultado bajos los escombros de la Primera Guerra Mundial. Aterrorizada por una revolución bolchevique breve y sanguinaria, después apaciguada por el fascismo del almirante Horthy (1920-1944) del que amaba los símbolos y las consignas nacionalistas y feudales. A partir de 1948, cuarenta años de democracia popular prosiguieron con la eutanasia de esta burguesía.

Introducida de la noche a la mañana en 1989, la economía de mercado ha dado un respiro a las clases medias. Aunque no ha sido suficiente. Quienes soñaban con bienestar, renacimiento o con la prosperidad a lo Occidental se han desencantado rápidamente por la situación del débil florín. Así se han liberado los miedos y el orgullo en los que Hungría ha vivido durante siglos, atrapada entre Occidente y Oriente.

El sueño de una Gran Hungría

Los valores de la democracia, del pluralismo, del diálogo o de la diversidad parecen superfluos, cuando en la vida diaria no hay dinero para hacer la compra o pagar las facturas. Nace por eso la tentación del repliegue sobre sí mismos, soñando con una Gran Hungría, aderezada con una sospecha de victimización por las heridas de la Historia — de las guerras contra los turcos a la invasión soviética, pasando por el tratado de Trianon, en el que al final de la Primera Guerra Mundial Francia despojó a Hungría de dos tercios de su territorio.

En los momentos difíciles, esa vieja enfermedad hace que Hungría tienda a sacar orgullosa esa alteridad suicida, corroborada por esa dulce lengua altaica que nadie entiende en Europa. Al desafiar a la comunidad internacional con su nueva Constitución — "Nadie puede meterse con lo que hacemos", declaró — Orbán también se ha expresado en ese mismo sentido.

Las reformas, la modernidad o el mercado pueden esperar. Más vale confiar en mitos menos definidos como el de la pureza, la sacralidad de la tierra (ésa misma que los extranjeros globales pueden comprar por un puñado de florines) o el de los hombres fuertes al mando.

Una vez más, la complejidad del Estado y la inflación han destruido a la clase media. Una vez más, la tentación no es vencer a los adversarios políticos, sino eliminarlos, juzgarlos y condenarlos al silencio, se reafirma. Pero para que los primos húngaros no se distancien una vez más de la familia europea, hay que tratar de comprender cuáles son las causas de su enfermedad.