"A noi Schettino, a voi Auschwitz", se podía leer hace poco en la portada de Il Giornale. "Nosotros tenemos a Schettino, vosotros, Auschwitz". Así es cómo reaccionaba el diario italiano ante una diatriba también sutil del Spiegel-Online acerca del cobarde capitán del Costa Concordia, al que calificaba de típico italiano. El mensaje que quería transmitir Il Giornale era el siguiente: vosotros, alemanes, cerrad el pico, no os olvidéis que sois los responsables del Holocausto.

Es cierto que podríamos decir que Il Giornale es un diario populista de derecha, que además pertenece a la familia Berlusconi y que por lo tanto no hay que tomarlo demasiado en serio. También podríamos tranquilizarnos pensando que es verdad que de vez en cuando comparamos a Alemania con los nazis. El problema es que actualmente estos ataques se están recrudeciendo.

Hace poco, durante una lectura organizada en Portugal, al escritor de Alemania del Este Ingo Schulze, un hombre sensible, le preguntaron sin los alemanes iban a lograr con el euro lo que no habían conseguido con sus panzers, es decir, dominar Europa. Se trata de un discurso que se oye a diario en Grecia, a veces formulado de un modo aún más agresivo.

En otros lugares, los reproches se realizan con más elegancia, por ejemplo, cuando la política de austeridad de Alemania se compara con la del canciller del Reich Heinrich Brüning, predecesor de Adolf Hitler. También oímos hablar a menudo del "Sonderweg" [la excepción alemana], por ejemplo, cuando el Gobierno de Merkel se niega a hacer funcionar la plancha de billetes, tal y como desearían algunos. Ahora bien, ¿cuál fue el desenlace histórico de la excepción alemana tan citada? Auschwitz, por supuesto. Así se cierra el círculo.

No debemos dejar que nos intimiden

No hace falta devanarse los sesos para comprender el aumento actual de las comparaciones con el régimen nazi: por primera vez desde 1945, Alemania se muestra omnipotente, no porque lo haya querido, sino porque la crisis de la deuda europea la ha convertido en el país más poderoso de Europa, tanto en el ámbito económico como político. Alemania influye en gran medida en los asuntos internos de otros países.

Poco a poco, el país asume en Europa la función que desempeñó durante mucho tiempo Estados Unidos en el mundo: el de una potencia que utilizó su fuerza, y a veces abusó de ella, que sirvió de chivo expiatorio, que tuvo que salvar al mundo, pero cuyos métodos para lograrlo hemos criticado.

Sin embargo, existe una cosa que jamás hemos podido reprocharle: haber enviado a 6 millones de judíos a la muerte y haber arrastrado a la mitad del mundo a la guerra. Las protestas suscitadas por las potencias dominantes, sean cuales sean, son comprensibles desde un punto de vista humano y a veces están justificadas. Pero en el caso de Alemania, a menudo adoptan otra dimensión que corta de raíz cualquier esfuerzo de discusión.

¿Cómo deben abordar los alemanes esta situación? Ingo Schulze se indignó y se enfadó, antes de escribir que lamentaba haber reaccionado así. En primer lugar, el simple hecho de que el público esperara precisamente este tipo de reacción demuestra que no era la correcta. En segundo lugar, por supuesto que es necesario abstenerse de cualquier arrebato de arrogancia alemana, algo que no hizo Volker Kauder, presidente del grupo CDU en el Bundestag, cuando proclamó que Europa "habla alemán". No dijo "vuelve a hablar", pero casi.

En tercer lugar, no tenemos derecho a dejarnos intimidar por los paralelismos con el régimen nazi. La noción de la "excepción alemana" no debe llevar al Gobierno alemán ni a ceder ni a actuar con la insistencia del "ahora más que nunca" para hacer lo que quiera.

Sobre todo, cuando sabemos que Auschwitz sirve de medio de presión moral en los conflictos políticos. No dejarse impresionar, rechazarlo amablemente, sin ofuscarse, son también reacciones razonables. Y continuar con la discusión sobre las cuestiones de fondo, las finanzas o las intervenciones militares.

La paradoja histórica alemana

La nueva función de Alemania promete una intensificación de las comparaciones con el régimen nazi y probablemente dure un tiempo. Hay que saber encajarlo de un modo u otro y esperar a que se pase esta racha. Pero este estoicismo seguramente acarreará un problema grave, relacionado a una paradoja histórica de Alemania que podríamos formular del siguiente modo: la historia no se repetirá probablemente mientras los alemanes estén seguros de que no se repetirá.

¿Qué hacer entonces? Pedir a los demás que dejen de establecer estos paralelismos estúpidos con el régimen nazi, pero que se acepta cualquier otra forma de insultos posibles e imaginables. Sí, sería una solución. Los alemanes también podrían admitir que buscan la aceptación de los demás, más que los franceses o los británicos, que ya se quieren mucho a sí mismos. De todos modos, esta necesidad de amor no debe llevar a los alemanes a renegar de sí mismos, sobre todo porque esto tan sólo les aportaría más desprecio.

Por último, se trata de asociar una cierta relajación con respecto al extranjero a una sensibilidad histórica especialmente aguda dentro de nuestras fronteras. El antisemitismo, el terror neonazi, la ocultación del pasado, los arrebatos de arrogancia: estos son los auténticos peligros y las desviaciones que nos acechan.

Los alemanes tienen que dar muestras hoy de una gran valentía y de una gran sensibilidad.